«Siempre fui luchadora. Los débiles se quedan en el camino» Caterine Ibargüen

Una guerrera a toda prueba.

Atleta.

Han pasado quince años desde que Catherine Ibargüen salió de Apartadó para ir en búsqueda de sus sueños. Las derrotas, los duros entrenamientos y la presión por mejorar nunca fueron más fuertes que su deseo de convertirse en la mejor del mundo. Sonrisa de triunfadora.

Si Catherine tuviera que escoger, no podría decir exactamente qué la hizo convertirse en la mujer perseverante que es hoy. Tal vez sea su infancia en el Barrio Obrero en Apartadó, el cariño desmesurado de su abuela —la persona que la crió—, los juegos infantiles en aquellas calles todavía despavimentadas, el pescado, el banano (la riqueza de su región) o un coraje a toda prueba: «Siempre fui luchadora, los débiles se quedan en el camino», afirma la atleta.

Quizás venga de la mezcla de todas esas cosas juntas y también de las carencias, que le enseñaron a no sentirse derrotada sino a mirar hacia adelante con la convicción de ganarle al destino, de retar a la suerte para que la vida jugara a su favor.

En Apartadó comenzó jugando voleibol, y «en ese entonces ya era la mejor del equipo», cuenta Diana Gaviria, su mejor amiga. Les tocaba enfrentarse a Turbo, su eterno rival, «pero entre sus planes nunca estaba la derrota», y dice que cuando tenían partido, el estadio se llenaba de gente que quería verla jugar y que las demás jugadoras le temían: «Era una talentosa nata, saltaba muchísimo», remata la amiga.

Han pasado más de quince años desde que Catherine salió de allí para buscar su destino como atleta profesional. En 1996, su entonces entrenador, le propuso irse a Medellín. El primer precio que tuvo que pagar por perseguir sus sueños fue la separación familiar y el hecho de llegar a vivir sola a una ciudad desconocida para entregarle todas sus horas al deporte. Ese momento fue difícil pero sabía que necesitaba fuerza para afrontar todos los retos que se venían: «Desde siempre tuvo claro que tenía que irse para salir adelante», cuenta Diana. Tres años después ganó su primera medalla en una competencia internacional y a partir de ahí vinieron participaciones importantes en la categoría Junior pero los triunfos seguían esquivos.

En 2006 su carrera casi se viene abajo por cuenta del fracaso en la clasificación a los Juegos Olímpicos de Pekin: «Ese fue el momento más difícil para mí», confiesa. Pero otra vez su garra y su perseverancia le ayudaron a dar el giro que necesitaba. En 2008 se fue a Puerto Rico con una beca de estudios que le permitía estudiar y al tiempo seguir entrenando y compitiendo. Allí se encontró con Ubaldo Duany, el entrenador que la fue llevando al Salto Triple, la especialidad en la que ganó una medalla de plata en los Olímpicos de Londres y en la que este año quedó campeona mundial.

Aunque en un principio se llenó de dudas, siempre prevaleció su deseo de buscar su futuro, de salir adelante. A veces, un poco sorprendida, le dice a su amiga: «¿Te acordás cuando jugábamos voleibol en Apartadó?», «Es como si todavía no creyera adónde la ha llevado la vida», reflexiona su amiga y ex compañera del equipo.

Y a pesar de que tuvo momentos duros, de frustraciones, Catherine no se rindió. Está acostumbrada a no echarse a la pena y a llenarse de optimismo porque el triunfo es una manera de pensar. «Nunca la he visto aburrida. Siempre supe que era la mejor. A ella la esperaban cosas grandes» y de paso llenar de alegrías a su país.

 

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