La historia de Noé, el último abuelo Ocaina

Es el último de los indígenas que habla la lengua ancestral del pueblo Ivo’tsa, que habita cerca de La Chorrera en el Amazonas. Tiene 86 años y ocho hijos, pero solo uno de ellos se ha internado meses enteros con el cacique en su maloka para intentar salvar el legado de su padre.
El último abuelo Ocaina

 

 

Carlos Felipe Montoya
Por: Carlos Felipe Montoya
Documentalista

 

Fotos: Emanuel Rojas

 

 

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La historia de un hombre que podría ser el último sobreviviente de un pueblo milenario es una versión contemporánea del fin de los tiempos. Con él podría morir una lengua ancestral y con esa muerte se apagaría el mundo. El cacique Noé Siake, el último abuelo ocaina de La Chorrera, Amazonas, vive en una maloka a orillas del río Igará Paraná. Tiene ochenta y seis años y ya casi a nadie con quién hablar. Para llegar hasta él hay que atravesar medio país, sobrevolando la selva. Para escuchar los últimos destellos de su milenaria sabiduría, hay que perderse en las curvas interminables de un río mágico que atraviesa un extenso territorio, alguna vez mal conocido como «El paraíso del diablo».

Una avioneta operada por Satena, que ya ni siquiera lleva los distintivos de la aerolínea, despega de Bogotá cada sábado, dejando atrás una ciudad cada vez más expandida y gris. Vuela al sur y hace una primera escala en San Vicente del Caguán. La primera visión que se tiene al bajar de la avioneta es la de un país en guerra que no se ve desde las ciudades. En el intenso calor que dilata el aire de la pista, cientos de soldados fuertemente armados, se preparan para abordar un gigantesco Hércules de la Fuerza Aérea Colombiana. Conducidos a una sala de espera, los pasajeros debemos aguardar a que el avión esté listo nuevamente. Tras una intensa requisa, en la que uno no puede dejar de pensar en las historias que encierra la antigua zona de despeje, nos llaman de nuevo a bordo. Aquí comienza realmente el vuelo sobre la inmensa selva que es Colombia…

Antes, cuando el avión era un Dornier con el logo de Satena, el vuelo hacía una segunda escala en Araracuara, aterrizando en una pista rodeada por un impresionante cañón rocoso que enmarca el paso del río Caquetá. Hoy en día, esa escala se ha eliminado, lo cual habla de las difíciles condiciones de movilidad y del aislamiento que padecen los habitantes de estas regiones olvidadas. Es el signo de una Colombia que sigue siendo gobernada por un modelo de desarrollo urbano cada vez más insostenible. Hoy, el itinerario de vuelo lleva directamente de San Vicente a La Chorrera, aterrizando en una pista en medio de la selva. Allí, numerosos habitantes se congregan a ver llegar la avioneta en un evento casi ritual que se repite cada ocho días. Estamos en el mítico epicentro indígena, donde a comienzos del siglo XX se dio uno de los exterminios humanos más crueles y violentos de la historia.

 

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El cacique Noé Siake, en su maloka, masculla unas pocas palabras en español. En cambio, se expresa completamente en su lengua originaria, la lengua del pueblo Ivo’tsa, que está a punto de desaparecer.

 

Pocas personas son conscientes de que el desarrollo del automóvil estuvo cimentado directamente sobre la sangre de miles de indígenas amazónicos. Después de que John Dunlop inventara los neumáticos en 1887 y de que Henry Ford popularizara el automóvil en 1908, el caucho o siringa se convirtió en el oro blanco de la selva. En La Chorrera estaba ubicada la tenebrosa Casa Arana, un centro de acopio del caucho donde fueron esclavizados los indígenas de los pueblos Uitoto, Muinane, Bora, y Ocaina. Los relatos de la Casa Arana, hoy convertida por los propios indígenas en el colegio «Casa del conocimiento», son escalofriantes. Los nativos eran obligados a recolectar el caucho que los ingleses y peruanos de entonces explotaban comercialmente. Si no cumplían con un determinado peso semanal, familias y clanes enteros eran cazados en la selva, esclavizados y exterminados. Algunas fuentes afirman que en menos de diez años fueron asesinados sistemáticamente cerca de setenta mil indígenas. 

Don Isaac Siake, hijo del cacique Noé y tal vez el único hombre que comprende algo de las palabras de su padre en lengua ocaina, cuenta la historia: «Antes de llegar las caucherías, el pueblo de nosotros estaba bien organizado y bien unido. Había buen gobierno, éramos tres clanes divididos en unos veinte o veinticinco tótems. Cada tótem tenía su jefe y cada clan también. Los jefes eran elegidos según sus méritos y el beneficio real que prestaban a la comunidad. Cuando llegaron los peruanos a colonizar con las caucherías, ese orden empezó a caer… Los caucheros cambiaron esa forma de gobierno y obligaron a elegir como jefes a los que mejor les servían a ellos, matando a los jefes naturales que estaban antes».

«Entre esos jefes que sufrieron con la conquista de los caucheros había gentes poderosas, descendientes de los sabios antiguos de nuestro pueblo. Uno de esos abuelos predijo la llegada de los caucheros mucho antes de que ocurriera, cincuenta años antes… Lo que él dijo se cumplió, él comentaba a la gente que iban a ser esclavizados por el caos del caucho. Él tuvo mucha fama y por eso lo recordamos. Su nombre era /Cutsuvema/ y ese nombre para que no se pierda yo lo adopté, ése nombre yo llevo, aunque yo no soy sabio…», cuenta Don Isaac y sonríe mientras sus ojos brillan en la oscuridad.

«Los caucheros descompusieron las cosas. Los capataces ofrecían cambio de niños por hachas. Como aquí no había hachas, los caucheros se llevaban a los niños para esclavizarlos y dejaban las hachas… Algunos se revelaban contra eso y los mataban. Así, algunos de nuestros abuelos se organizaron y combatían, atacando a los caucheros. Uno de los abuelos se reveló y lo capturaron. Pero él era como muy misterioso y muy mágico. Lo metieron al calabozo y ni se sabe cómo hizo para salir tres veces de ese calabozo. Según dicen, él se regaba como agua, se convertía en agua y por debajo de esa rendijita de la cárcel se salía. Se convertía en líquido, pasaba por agua y después se convertía en persona. Era demasiado fregado».

Isaac es el segundo de ocho hermanos, los hijos del cacique Noé. Su palabra es suave y pausada. Al escucharlo, uno siente que el mundo nace con cada frase pronunciada y que la imagen se va completando paso a paso con la maestría del narrador. La noche se hace espesa y profunda y el rostro de Isaac se llena de sombras en la penumbra, destacando apenas algunos rasgos por el fuego tenue del mambeadero, el lugar sagrado de la maloka donde los indígenas se reúnen cada noche bajo la guía de la coca y el tabaco. Su palabra no compite con el silencio. Afuera vibra la selva y millares de vidas de diferentes especies forman un continuo indivisible pero absolutamente múltiple y heterogéneo. Tras un viaje de alrededor de cinco horas por el río, desde la cabecera de La Chorrera hasta la maloka de Ocaina, entrando la media noche, uno siente que está comenzando a decirse la palabra esencial.

Siempre he tenido una misteriosa sensación con los indígenas de los pueblos que habitan este río. Cuando uno se los encuentra a la luz del día, vestidos con camisas, pantalones y ropa de “blancos”, sus formas se camuflan en una humildad corriente. Sus caras se confunden con cualquiera y se hacen indiferentes al ojo no aguzado. Parece que fueran tan sencillos, tan normales, que pocos se detienen a escucharlos. Nuestra sociedad nos ha enseñado a despreciar su fisionomía y sus rasgos. Sin embargo, cuando llega la noche y ellos se congregan en el interior de las malokas, sus rostros se iluminan en el fuego del mambeadero. Entonces, uno entiende para qué son esos rasgos afilados, esas mejillas llenas de surcos profundos y esos ojos pequeños y vibrantes. Ellos han salido de la tierra y sus rostros son rostros de árbol. En la maloka de Noé, frente al cacique y a sus hijos, sentí por un momento estar rodeado de árboles que hablaban…

«Dicen que cuando el creador hizo firme ese pedacito de nada del que salió la tierra y lo acercó, ahí había unas golondrinas y cuando él puso el pie se asustaron y se fueron volando. Desde ese momento él se convirtió en el dueño, creó la palabra de adueñarse. Y estando él encima de la tierra, todo se volvió grandísimo. Pero no había nada, pura arena, era un peladero. Y él pensó en el hombre que iba a crear, pensó qué iba a comer ese hombre nuevo si no había nada. Así, él se arrancó un pedazo del pulgar, que era largo. Se arrancó la mitad y la sembró. De ahí salió la yuca. Y luego él escupió a la tierra y de su saliva creció el tabaco. Así, él comenzó a crear todo. Ese asiento, en el que él estaba sentado, lo entregó a nuestros abuelos para manejar la gente con esa palabra…»

 

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Esa palabra es la que ahora espero sea dicha por el cacique Noé. En mis sucesivas visitas a su maloka, espero con emoción que llegue la noche para escuchar sus relatos. Don Noé masculla unas pocas palabras en español. En cambio, se expresa completamente en su lengua originaria, la lengua del pueblo Ivo’tsa. Y es que los ocaina, como muchos pueblos nativos amazónicos, portan un nombre que no es su nombre originario. Ocaina es un nombre que les han puesto desde el exterior y su auto denominación original es Ivo’tsa. Este pueblo, que se confunde fácilmente entre los uitoto o murui, tiene una lengua y una mitología diferenciada. En Colombia, la nación que una vez floreció se reduce hoy a la maloka del cacique Noé. El canasto de su sabiduría, al borde de la extinción, depende directamente de sus hijos, especialmente de los mayores Alfredo e Isaac, que luchan contra el tiempo para mantener viva una lengua y un mundo propios.

Los pueblos del río tienen relaciones fascinantes con la palabra. En mi impresión, una de las más maravillosas es la de los Ivo’tsa. Es una relación de la que nuestro país tendría mucho que aprender. Isaac me traduce el relato que don Noé hace de una de las caras de su Dios, Fañárema: «Fañá quiere decir algodón que es como blanco... La palabra que él trajo es una palabra de blancura, de limpieza. El algodón es una cosa que no pesa. Cuando uno dieta la palabra, la palabra de uno es suave, es limpia, es pura. Cuando la palabra es así limpia, pues nada le penetra. Nada puede entrar, ni el mal, ni las enfermedades, nada, ni un problema. Y uno puede evitar tranquilamente problemas, aunque haya, uno los arregla con mucha facilidad. Entonces, ese es un símbolo de algodón, nada más, es una palabra para curar. Si uno fuera necio uno puede decir que el Dios que llegó a los ocaina es un Dios de algodón, pero no, es la palabra nuestra la que es así como algodón. Y el nombre de él es /Fañarema/, es un Dios algodón, no sé cómo se puede traducir en castellano, difícil. Pero es la palabra la que tiene esa forma o es una palabra de algodón. Nosotros así lo creemos y así lo llamamos».

 

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Alfredo Siake, el mayor de los ocho hijos del cacique Noé, en la maloka donde los indígenas se reúnen cada noche bajo la guía de la coca y el tabaco.

 

Concebir la palabra como una forma de curar es algo que nace en los mitos Ivo’tsa y llega hasta su cotidianidad, en donde han tenido que enfrentar desde el genocidio perpetrado por los caucheros hasta los recientes ataques de la guerrilla. Pero ellos son portadores de un pacifismo ancestral, una forma de lucha sin confrontación para evitar la violencia.

«Cuando los caucheros empezaron a esclavizar más fuertemente, el grupo de nosotros los Ivo’tsa prefirió evitar las peleas para evitar la venganza de los colonizadores. Los otros grupos atacaban a los caucheros con sus mismas armas pero nuestro grupo solamente utilizamos el tabaco y la coca, la palabra para desarmar. Nuestro jefe prohibía agredir, él decía que así nos libramos de esas matanzas. Él prefería evitar y así enseñó a nuestra gente. Un día los caucheros enviaron a un capataz y atacaron la maloka. Dispararon una bala que hizo un hueco enorme, era como una lluvia de candela y gasolina. Todo quedó en cenizas. Esa bala hizo un hueco y ahí viene otro problema. De ese hueco salieron miles de chigüiros que comenzaron a devorar todas las cosechas que tenía el capataz… Como loco, él salía por las noches a disparar para todos lados para matar a los chigüiros. No se sabe qué le pasó pero le cayó un mal y le salió una llaga en la pierna, se le empezó a podrir esa pierna. Él se llamaba Luis, dicen que era inglés. Entonces lo cambiaron y se lo llevaron…»

«Enviaron otro capataz, que le decían Cuba. Él trataba mejor a la gente. Pero en ese momento estalló el conflicto colombo peruano. Ellos tuvieron que salir de ahí. Había llegado una lancha grandísima que comenzó a llevar indígenas hacia el Perú, por eso la mayoría de nosotros quedaron allá. Pero mi abuelo no estaba de acuerdo con esa deportación. Él se llamaba Oliverio, ese es el nombre en castellano. Pero el nombre de él era /Komanyo/, que quiere decir la estrella matutina, la estrella que sale de madrugada. Él siempre vivía pensando en su tierra. Hasta que un día hizo una canoa y muy en altas horas de la noche se voló con su familia y ahí iba él, mi abuelita, un tío mío y mi papá que era recién nacidito. Ése era el viejito Noé, estaba bebé y ellos por monte así lo trajeron en medio de ese zancudero… Así sufría ese niño en el viaje, dicen. Y así se vinieron hasta acá hasta la tierra, desde Arica, a una quebrada que se llama Moreno que hay por ahí. Por ahí dejaron botadas las canoas y se vinieron».  

«Pero dicen que los caucheros habían dejado un capataz armado, de la familia de los Átama, con la orden de que toda persona que regresara tenía que ser tiroteada. Entonces de ése miedo mi abuelo vivía escondido con su gente, por ahí está todavía el rastrojo de ellos… Cuando firmaron el tratado de fin de la guerra, pasó una lancha grandísima llamada Pichincha, un remolcador que traía de vuelta la gente que se había ido para el Perú. Pero de la gente de nosotros los Ivo’tsa no regresó nadie. Regresaron puros uitoto, pero muchos se enfermaron, porque las muchachas se relacionaron con esos soldados y comenzaron a tener enfermedades. El capitán de ese remolcador les explicó a los capataces que quedaron armados que no debían disparar a los que regresaban, que ellos tenían derecho a vivir en su tierra y no en un país extranjero».

 

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El cacique Noé Siake en el mambeadero con su hijo isaac, un hombre sabio  y dedicado a salvar su lengua ancestral. es el único que se puede comunicar con su padre.

 

 

«Entonces pararon la matanza y así mi abuelo pudo trabajar otra vez en su tierra y sembrar. Consiguió la semilla de yuca, de piña, de plátano… Pasaron por la chagra de los bora y ahí consiguieron la semilla del tabaco para hacer su ambíl… Ahí ya formaron su chagra, su maloka y empezaron otra vez, como antes… Y así pues fue creciendo ya mi papá, ya fue siendo joven. Cuando ya era hombre consiguió a mi mamá y se fueron para abajo a trabajar en su tierra… De ahí ya venimos nosotros, cuatro hombres y cuatro mujeres… En ésa época llegaron los curas y formaron el internado. Cuando éramos niños allá nos metieron porque así mandaban ellos. Entonces tuvimos muchas dificultades con el idioma porque nos prohibían hablar nuestra lengua y nos mandaban a hablar castellano… Más tarde, yo regresé a donde mi papá y quise recuperar algunas cosas. Para poder recuperar algo yo estuve seis años sentado en el mambeadero con mi papá…»

Isaac ha hecho esfuerzos por preservar el legado de su padre. Pero es un mundo que parece escurrirse como agua entre sus dedos. Sin embargo, la historia ha demostrado que las culturas indígenas tienen la capacidad de regenerarse de sus propias cenizas. Como un milagro, ellos tienen la capacidad de resurgir. Las caucherías fueron una dura prueba que apenas hasta hoy comienzan a superar. Pero si el mundo llegara a sacudirse por algún embate a nivel planetario, nuestra civilización podría desplomarse. Ellos, que viven de la tierra y pertenecen a ella, serían tal vez los únicos capaces de regenerar la humanidad.

La selva amazónica es el hogar de miles de culturas que se resisten a ser borradas por la cultura dominante, ciega e inconsciente. Alguna vez, viajando por Suramérica, comprendí que la Amazonía constituye por sí misma un gran país con más unidad e identidad que las naciones que la han usurpado y fragmentado en pedazos desiguales para imponerle un desarrollo que no le queda bien y al cual se resiste con la furiosa calma de sus enormes caudales. Estando en la cima de Machu Picchu pude sentir la imponencia de ese gran país que se abría ante mis ojos en la cima del imperio Inca. Por algo se dice que los Incas mantuvieron un fluido intercambio con los pueblos del gran río y sus afluentes…

Se sabe que eran comunes las ofrendas o tributos que los amazónicos llevaban hasta la cima del gran imperio. Se sabe que los Incas establecieron comunidades en la selva de donde podrían derivarse los actuales Inganos del Putumayo. Numerosos pueblos, como los Shipibo del Perú, relatan que fueron los Incas quienes les enseñaron el arte de los textiles, misteriosamente parecidos a los de los emberá colombianos y a los de los kuna del Abya Yala (que es la forma como los kuna se refieren al continente americano y que significa tierra en plena madurez. Por este motivo, desluce mucho el reciente nombre de América para nombrar un supuesto “nuevo mundo”). Probablemente, del intercambio entre el saber Inca y el saber amazónico, surgieron las combinaciones de plantas necesarias para desatar las visiones y los secretos del yagé…

 

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A la luz del día y vestidos con ropas de blancos, los indígenas se camuflan en una humildad corriente. Pero en la noche, al interior de sus malokas, y frente al fuego del mambeadero, los hombres tienen rostro de árbol. 
 

Estando ahí arriba, en la punta del cerro Wayna Picchu, tuve la visión de atravesar la selva y de llegar hasta Colombia. Era apenas un presentimiento de la selva lo que allí se abría. Pero me absorbió por completo y dejé atrás todo interés por seguir la ruta convencional. Podía haber regresado al Cuzco, como hacían tantos viajeros, cruzar el desierto por carreteras pavimentadas, llegar a Lima y de ahí continuar por la autopista hacia el Ecuador, con la posibilidad de entrar a Colombia por Nariño. Pero ese presentimiento verde y su increíble poder de atracción habían torcido mi camino.

Pasé días averiguando si había una ruta por la selva que me pudiera llevar hasta Colombia. A todos cuantos pregunté les parecía absurdo. Hablé con locales y extranjeros, turistas y nativos, todos me decían lo mismo: imposible, no hay camino por ahí. Era el año 2005, Google maps no existía y Wikipedia no era ni sombra. Yo seguía mirando el mapa de papel y me parecía que el camino más corto entre Machu Picchu y Colombia era una línea recta hacia el norte, en vez de dar la vuelta por Lima y luego entrar a Ecuador. Nunca hubiera imaginado la forma que estaba a punto de tomar ese viaje, la forma que habría de tomar esa supuesta línea recta, ahora tan íntimamente ligada a mis visitas posteriores a La Chorrera y a la maloka del cacique Noé…

Un día decidí subir al cerro Putucusi, una elevación contigua a Machu Picchu desde la que se puede ver de frente la sorprendente ciudad Inca y su forma de cóndor. Precisamente, allí arriba encontré un indio. Era un muchacho joven y silencioso. Intercambiamos algunas palabras y le conté de mi búsqueda. Le mostré el mapa que llevaba, le señalé la cola de Leticia y le mostré a dónde quería llegar. Sus ojos brillaron, miró a las ruinas de Machu Picchu que teníamos al frente y que contemplábamos desde la altura privilegiada. Se quedó pensando y me dijo: «creo que sí se puede». Me señaló un pequeño río que serpenteaba con violencia en el estrecho valle. El caudal se estrellaba con fuerza una y otra vez contra las rocas. «¿Ves? Es el río Urubamba. Por ahí te puedes ir a Colombia», me dijo.

Era como si este joven me hubiera señalado un portal mágico: el río. Cuando pensaba en un camino pensaba en la tierra y en su superficie impenetrable. Pero el secreto de moverse a través de la selva estaba en el agua…

 

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Las manos de don Isaac Siake en el cultivo de coca, planta sagrada que cultiva con fines espirituales.

 

El joven me dio la clave pero no me dijo cómo hacerlo, pues era algo que él había oído que era posible pero no lo había hecho por sí mismo. Sin embargo, su mirada india fue la primera en la que brilló la esperanza del camino. Tal vez fue esa pequeña luz la que me evitó desfallecer en una empresa que parecía imposible. Contrario a todos los demás, a este joven indígena no le pareció descabellado mi propósito. Incluso, más allá de si sabía o tan solo había oído de él, sentí que para su mirada nativa no era absurdo que existiera un camino que unía el continente a través de rutas tan sencillas como el misterio del agua.

Empecé a recolectar pistas para dar con el lugar en donde esa quebrada pedregosa que es el Urubamba, a la altura de Machu Picchu, pudiera volverse navegable y llevarme hasta Colombia. Sin internet ni los recursos que hay hoy en día, tuve que hacer una y otra vez mis propios mapas, basado en los fragmentos del camino que lograba recomponer preguntando a la gente gracias a las primeras pistas del nativo. Dibujaba en un cuaderno, una y otra vez, mapas imprecisos, parciales, llenos de distancias imposibles, con certeza irreales, mapas imaginarios. Describían un pedazo del camino y luego, tras recorrerlo, la incertidumbre otra vez. Me embarcaba paso a paso, sin saber dónde iba a terminar la noche y dónde iba a comenzar el día siguiente. Entonces, descubrí otra propiedad de la selva: para recorrerla sin perderse, hay que imaginarla una y otra vez. Solo así es posible dar con uno de sus muchos caminos.

Sin embargo, siempre se corre el peligro de inventar en vez de imaginar. Imaginar es crearse una imagen a partir de la vida, dejar que una imagen nazca en uno y lo guíe. Como me dijo alguien una vez respecto del dibujo: «No invente nada, solo vea. Esa es la clave». Inventar tiene siempre el riesgo de caer en el exotismo de una mirada extranjera, achacándole a la selva cosas que no le corresponden. Hay una larga tradición de ficciones que ha hecho daño inventando sobre la selva cuando lo mejor que uno puede hacer aquí consiste en escuchar y esperar que ella misma diga sus verdades, más mágicas y más sorprendentes que cualquier invención. El viaje hasta Colombia duró tres meses, siempre navegando, siempre sobre el río, encontrando un camino que es el mismo, un camino que no ha terminado y que ahora me trae a la puerta de la maloka Ivo’tsa.

 

Por eso, cuando decidí volver a la selva y encontrar a Noé Siake, el último abuelo de los ocaina, fue para escuchar la historia de su gente en la forma de un documental que se titula Kome Urue, los niños de la selva. El trabajo ha durado tres años y ojalá pueda estrenarlo en el 2015. Es una película sencilla y hecha desde adentro de la comunidad, que no pretende otra cosa sino escuchar y aprender de los pueblos del río. En vez de inventarlos, la selva necesita con urgencia que nos encontremos con sus pueblos verdaderos para que nos digan el auténtico sentido de su forma de vida, de su habitar que puede preservar el mundo, antes de que desparezcan ellos o antes de que desaparezcamos nosotros…

 

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El viaje desde Machu Picchu hasta la selva amazónica dura tres meses, navegando el río Urubamba, atravesando la selva en una línea recta imaginaria.