Camilo Prieto, el ambientalista de La Guajira

Este médico les enseña a las comunidades de La Guajira que en el medio ambiente está la clave para asegurar la supervivencia de los recursos

Categoría: Sosteniobilidad ambiental.

 

Nos advirtieron que debíamos ir y regresar en compañía de la luz del día. Teníamos que viajar preferiblemente en camioneta cuatro por cuatro y llevar agua –nunca se sabe cuánta es necesaria–. Por lo demás, estaríamos bien. El Cabo de la Vela queda a unas tres horas de Riohacha, pero para llegar a la ranchería Murujui hay que manejar una hora más. Se conduce en línea recta por una carretera de dos carriles. Durante varios kilómetros no se ven casas, solo cactus, trupillos –debajo de los cuales pastan los chivos– y unos cuantos ranchos regados en medio de la arena. Luego se acaba la carretera pavimentada y empieza el zangoloteo por un camino destapado: el desierto se ve por un lado y el mar por el otro. De vez en cuando, un montón de niños wayuu sale corriendo con la mano estirada. Otros pasan una cuerdita para cobrar peaje. Uno no entiende cómo el conductor encuentra la ranchería porque no hay una sola señal en todo el camino. 

 


En Murujui nos recibe el médico Camilo Prieto. “Bienvenidos al aula ambiental”, dice. Allí, muchas personas de la comunidad se encuentran reunidas, principalmente mujeres y niños. Sobresale una mujer con postura de matrona y labios pintados: Rosa López. Nos saluda en wayuunaiki y se presenta como la autoridad de la ranchería y la traductora de Camilo. Gracias a ella, Camilo entró a la comunidad. Durante los últimos dos años, él les ha llevado alimentos, medicinas y educación ambiental, especialmente educación ambiental. Uno alcanza a preguntarse por qué un médico promueve el cuidado del medio ambiente en un lugar donde la gente muere de hambre, pero muy pronto él resuelve la duda: sin un ecosistema sano no habrá comida para nadie. 

 


En Bogotá, Camilo crea alianzas con amigos y empresas para recoger medicinas, libros y alimentos en bultos –como maíz, arroz y fríjol–. Luego, viaja a la ranchería con el equipo del Movimiento Ambientalista Colombiano. Allí se reúnen en el aula ambiental para entregar las ayudas, hacer jornadas de vacunación y desparasitar a los niños. El aula funciona como una granja modelo, en donde la comunidad aprende sobre los secretos de las plantas tradicionales de la región, que pueden usarse para aliviar todo tipo de malestares. “Se trata de volver a lo natural”, explica Camilo. Por cientos de años, los wayuu han sobrevivido en el desierto, pero cada vez es más difícil: ellos son más y los recursos son menos. El cambio climático se siente con rudeza en La Guajira.

 

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“Por años los wayuu han sobrevivido en el desierto, pero cada vez es más difícil: ellos son más y los recursos son menos. El cambio climático se siente con rudeza en La Guajira”.

 


Es común encontrar caparazones de tortugas abandonados en el desierto. Los wayuu cazan las tortugas Carey, Caná y Caguama por cuatro motivos: por hambre; para satisfacer el gusto excéntrico de aquellos que pagan mucho dinero por su carne; porque existe la creencia de que otorgan poderes sobrenaturales, y por ignorancia. No saben que el mar dejará de darles comida si continúan diezmando esta especie. Ya hemos acabado con tres cuartas partes de los recursos marinos y las cosas pueden empeorar, ya que, en un efecto dominó, cuando falta una especie las demás van muriendo. Si esto sucede, el hambre en La Guajira será aún más preocupante. 

 


Tan comunes como los caparazones son los bosques de plástico. No existe un sistema de recolección de basuras y el plástico no hace parte de las prácticas de su su cultura. “Traen ayudas humanitarias en latas o bolsas que se quedan en el ecosistema o terminan en el mar”, cuenta Camilo, por eso promueve la entrega de alimentos en bolsas tejidas.

 


Camilo sentirá que su trabajo vale la pena cuando los niños a los que hoy enseña dejen de cazar tortugas; cuando sus madres se nieguen a recibir alimentos empacados, y cuando el aula ambiental se replique en la zona. Los resultados tardan en verse, ya que se requieren años de educación para lograr transformaciones. Por fortuna, Camilo ya empezó la tarea.

 

 

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Fotos: David Schwarz y Cortesía Tv.