El juego, una forma de fortalecer la relación con tus hijos

¿Quieres tener una comunicación más fluida con tus hijos? ¡Juega con ellos!
El juego, una forma de fortalecer la relación con tus hijos

Todos los que son padres hemos vivido fugaces instantes como una mirada, un abrazo, una caminata en silencio o el cálido momento en que le contamos una historia a nuestro hijo antes de dormirlo. Sabemos que esos instantes fugaces de conexión auténtica y sentida con nuestros hijos, son las recompensas más grandes de la paternidad, si no de la vida misma.

 Sabemos lo esquiva que es esa conexión, lo mucho que terminan distanciándose nuestros mundos y los de nuestros hijos sin siquiera darnos cuenta. Cuando menos pensamos, terminamos metidos en batallas incomprensibles, muros de piedra, frustración, sentimientos de impotencia, resentimiento y castigo: mientras el bebé llora incontrolable; mientras el niño hace su pataleta inmisericorde; mientras el adolescente se sumerge en un mutismo que nos desgarra el corazón.

Tanto ellos como nosotros necesitamos profundamente reconectarnos cuando nos hemos distanciado, porque la necesidad de conexión está en lo más profundo del código de nuestra alma. Pero difícilmente sabemos cómo hacerlo y nuestros intentos son infructuosos, cuando no contraproducentes. ¿Qué hacer entonces?

 

La paternidad lúdica

Si usted me preguntara si existe alguna capacidad o actitud capaz de salvar la distancia entre los mundos, yo le respondería que sí hay una: el juego. El psicoterapeuta Lawrence Cohen propone el ejercicio de una paternidad lúdica. Y dice, aludiendo a ésta, que es «el puente que nos devuelve al profundo vínculo emocional entre padres e hijos». Solo el juego nos permite entrar al mundo del niño en sus propios términos y fortalecer la proximidad, la confianza y la conexión.

El juego no siempre es fácil para los adultos. Especialmente cuando nuestras heridas infantiles se interponen entre nosotros y ellos. Por eso nos escondemos detrás del trabajo, la seriedad o las responsabilidades; para no aceptar nuestra tara emocional, nuestra imposibilidad de abrir el corazón y conectarnos con alguien que no se traga tan fácil las mentiras que nos protegen en el mundo de la adultez. Empecemos por entender la paternidad lúdica como un prometedor reto, como un paso más allá de nuestros condicionamientos y automatismos. Puede verse como un trabajo que promete muchas delicias e interminables recompensas.

Pero volvamos a los niños. Ellos, sin excepción, necesitan jugar. El indicador infalible de la salud mental de un niño no es qué tan obediente o poco problemático es, sino su capacidad de jugar. Si un niño sabe jugar, está haciendo su verdadero trabajo. Pero el juego es, además, su forma de aprender, de comunicarse, de experimentar, de contactarse. Sofisticados experimentos de la psicología han demostrado claramente que cuanto más inteligente es un animal, más juega. Así que el juego no es solo el juego; es una puerta que nos abre a dimensiones inimaginables de sentido.

Por ejemplo el juego es la verdadera forma en que se asumen los roles y las habilidades de la vida. Pero también es la forma de vincularse, de conectarse y administrar las emociones: el juego las manifiesta. En el juego, y solo ahí, los niños pueden expresar su frustración ante el intimidante mundo de los adultos: sus miedos, rabias y deseos.

Una de las principales funciones de la paternidad lúdica es acercar. Si observamos con atención el juego de miradas que se da entre los bebés y sus padres, podemos comprender que desde el principio usamos el juego para conectarnos. El juego está implícitamente definido por un rasgo invariable: hagamos lo que hagamos, vamos a cooperar, vamos a acercarnos; eso es jugar. Es importante entender que cuando un niño está aislado o deprimido, o cuando se comporta de forma hiperactiva, no necesita solamente atención, sino algo más que eso: conexión. Lo que se necesita es abrir la puerta y traer al niño de vuelta al campo de juego, para que haya encuentro donde él solo percibe distancia.

 

Confía en quien juega

Pero el juego es también escenario donde se construye la confianza. Los niños practican jugando, se aproximan a lo desconocido jugando. Poder decidir y elegir con seguridad es parte de la magia del juego. Por el contrario, los niños que no pueden usar el juego para conquistar el mundo, terminan invariablemente segregados en un mar de inseguridades e impotencias. Por eso el juego debe ser siempre un puente para que los niños desarrollen la confianza en sí mismos, en su capacidad de pensar, de escoger, de sentir y de actuar en el mundo.

Nunca deja de asombrarme la ignorancia de los padres que cuando ven un signo preocupante en la conducta de los hijos, bajan de su torre de piedra y, con seriedad solemne, les preguntan: «¿cuéntame qué es lo que te pasa?». Y una y otra vez la respuesta es un silencio, un hundirse en la silla y una visible ansiedad. ¿No quieres decirme?, pregunta el padre o la madre. Pero los niños no dicen «tuve un pésimo día en el colegio, ¿puedo hablar contigo sobre eso?». Es más probable que digan: «¿Jugamos?». Y solo si accedemos a ese llamado, ellos van a exteriorizar y elaborar en el juego todo lo que necesitan.

Sin embargo, si vamos a jugar, debemos entender la importancia de sentarnos en el piso y ensuciarnos. Lo digo de forma literal y metafórica. Esto implica encontrarse con ellos en su territorio y hacer lo que a ellos les gusta. Significa estar en el mismo nivel de los niños más pequeños; salir a su bosque, a su cancha preferida, o incluso sentarse en el cojín de la PlayStation.  Significa que vamos a meternos en el juego y participar  con toda la entrega, la estupidez, la ridiculez y el infantilismo que esto requiera. Significa no entrar moralizando, sino con la humildad de quien está dispuesto a aprender y a disfrutarlo.

Foto: Flickr

 

últimas noticias

Beneficios de la vela de soya

El arte de desmaquillar

Mochilas hechas a mano

Trece instrucciones para volar en parapente