
Alberto Osorio, el abrazo de los rechazados
Al principio no quería dejarse entrevistar. No por vanidoso o tímido. Alberto Osorio fundó y dirige dos hogares para personas con sida. Uno para niños y otro para adultos y adolescentes embarazadas portadores del virus. Son personas que le temen más al rechazo que a la propia muerte. Él se negaba a ser entrevistado porque sabía que la presencia de una cámara de televisión en uno de estos hogares generaría angustia y malestar a la gente que él cuida y protege. Osorio lleva 27 años viviendo con sida y ya no le da miedo que lo señalen, que eviten tocarlo y hasta mirarlo a los ojos. Pero las más de 200 personas que en sus hogares reciben alojamiento, comida y medicina, aún no están listas para contar su verdad.
Le prometimos no mostrar ningún rostro ni revelar nombres. Le aseguramos que inicialmente entraríamos sin la cámara para explicar quiénes éramos y a qué íbamos, y le reiteramos nuestro compromiso de mantener el anonimato de los residentes de los dos hogares. Osorio finalmente accedió a recibirnos, pero cuando llegamos a los hogares en Neiva, no había un alma. «¿Se fija? Los espantaron a todos». Con esa frase, Alberto nos recibió en la puerta del hogar Güipería Ramón Darío Molina Jaramillo. Inicialmente cuidaban niños, y a los niños en el Huila les dicen güipas. Por eso la palabra «güipería». Ahora a los niños los tienen en un segundo hogar, llamado Nuestra Señora de Fátima. En efecto, los habíamos espantado a todos. La casa de dos pisos estaba desoladoramente vacía. Todavía se podía percibir el afán y la angustia con que sus residentes la abandonaron. Sobre los sillones quedaron los frascos de medicina, las camas quedaron a medio tender y había zapatos y juguetes abandonados en el piso.
Le pregunté a nuestro director de fotografía, Alfonso Parra, qué íbamos a mostrar. No teníamos más que a nuestro titán y una enorme casa vacía. Me contestó: «Pues eso, una casa vacía». Las imágenes lograron reflejar la tristeza que se respiraba en el lugar. Por los pasillos blancos las sombras parecían moverse. La sensación era de ausencia, pero también de una vergüenza que no se alcanza a esconder del todo. Cada objeto contaba una historia. Unos zapatos rojos, otros de tacón dorados y unas zapatillas negras serian en otro escenario la prueba de que allí vivían jovencitas despreocupadas y alegres… pero en medio de las habitaciones desocupadas de este hogar, se convertían en tristes recordatorios de niñas que dejaron aquí sus zapatos, pero se llevaron con ellas su angustia y su soledad. El único que se movía por la Güipería Ramón Darío Molina Jaramillo era Alberto Osorio. Y lo hacía despacio, como si le pesara el alma. Este no era el recibimiento que esperaba para nosotros. Él sabía que nuestra presencia sería incómoda, pero nunca imaginó que incluso quienes estaban enfermos y frágiles, prefirieran la calle antes que sentirse delatados.
Ese día trabajamos en silencio. Solo se escuchó la voz de Osorio durante la entrevista. Si bien trató de ser un buen anfitrión, no le fluían las palabras. Fue más poderoso el silencio que dejaron atrás quienes, por temor y vergüenza, se fueron. Ese día el vacío lo llenó todo, incluso los corazones de quienes llegamos con respeto a reflejar la labor de este titán y nos encontramos con que su realidad era aún más penosa de lo que él mismo intentó explicar por teléfono.

