Apología de los polvos a largo plazo

Entusiasmado por varios amigos, resolví hace poco cambiar de aparato y adentrarme en los terrenos del señor Steve Jobs.
Apología de los polvos a largo plazo

Entusiasmado por varios amigos, resolví hace poco cambiar de aparato y adentrarme en los terrenos del señor Steve Jobs. Luego de una década entregado a los dominios de la personal computer, me he convertido en un usuario más del amado Mac Book. La experiencia es, sin duda, refinada, pero debo admitir que siguen pasando las semanas y aún no entiendo nada: no encuentro las carpetas que creé, las ventanas se me desaparecen, el messenger que utilizaba para hablar con mis conocidos fue remplazado por una versión extrañísima donde nunca me entero cuándo me están hablando y el bendito mouse incorporado me sigue adormeciendo el dedo pulgar cuando quiero darle click derecho.

En fin, tanto novedad de un solo golpe y tanta conciencia de torpeza no me dejan más opción que hablar esta vez sobre la homologable y trágica situación de encontrarme frente a frente -desde cero y sin manual- con un nuevo cuerpo femenino. ¡Y que no arranquen las señoras políticamente sensibles! De entrada lo aclaro: no es del interés de este columnista compararlas a un electrodoméstico ¡ni más faltaba! Sin embargo, la analogía se hace necesaria para ilustrar mis debilidades y simplezas a la hora de afrontar las complejidades operativas de las mujeres: ora su hardware, ora su software.

Y aquí va mi sencilla reflexión: si pasar de PC a Mac es un lío, problemas mayores enfrentamos los hombres al pasar de una chica A a una chica B. Y todo por un agravante: en lo que respecta a las máquinas, uno siempre se encontrará con ciertos elementos comunes que sirven para lo mismo. Vaya uno y haga el ejercicio con las mujeres: al primer vistazo, el mismo principio aplicaría, pero en realidad, en lo que respecta al reino femenino, lo que a una le sirve para algo, a la otra le funciona al contrario: fulana adoraba que le llenara el cuello de besos; sutana, en cambio, no lo resistía, casi lo repudiaba; mengana, esa sí, administraba aquella zona con un celo inigualable: un beso y sólo en el momento indicado.

Ahora, cada vez que veo un cuello desnudo quedo paralizado, y así mismo con el resto de esquinas. Una mujer, a diferencia del Mac o el PC, es un aparato de ediciones únicas. Y sus gadgets parecen diseñados por encargo, para satisfacer las necesidades de cada una. ¿Y uno qué? Emproblemado, condenado a la vergüenza, la imprudencia y el fracaso...

Puede que esta sea nuestra más alta excusa (la de muchos, sí señor, no me echaré la soga al cuello solo) para justificar lo mal que nos va en nuestro primer polvo. A mí, sin embargo, me gusta pensar que no: que en realidad el sexo sí es una cosa de profundidades. Que la máquina femenina es cosa seria y que no hay nada mejor que el sexo repetido, a largo plazo, del que permite aprendizajes sobre la marcha.

Pero como primeros polvos ha habido y seguirá habiendo. Y como igual son sabrosos y los seguiremos buscando. Qué tal si vamos afrotando una única verdad: nadie nace experto en cuerpos ajenos. Es hora de perder la timidez. ¿Quieren que la primera noche deje de ser una decepción? ¡A guiar!

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