¿Cómo es vivir en un barco?

En Hong Kong, uno de los sitios más poblados del planeta, vivir en un barco no sólo puede ser una opción más económica, sino un estilo de vida en sí mismo.
¿Cómo es vivir en un barco?

Michele Cameron, de origen británico, vive desde 2005 con su esposo y sus dos hijas en un navío anclado en el puerto deportivo de Discovery Bay, en la mayor isla de Hong Kong, Lantau.

Este puerto exclusivo, "uno de los cinco o seis en todo Hong Kong en los que se vive a bordo, es el mayor de la ex colonia británica y uno de los mayores del mundo", en cuanto a muelles para casas flotantes se refiere, con un total de 214, detalla a Efe Cameron, empresaria y agente de navíos.

"Nunca podría volver a un apartamento, este es un estilo de vida tan impresionante", asegura la británica, secundada en este punto por sus dos hijas. "Es como vivir al aire libre, las vistas son increíbles", dice la mayor, Stephanie.

“TE SIENTES DIFERENTE CUANDO VIVES EN UN BARCO”

La adolescente va más allá, al compararse con sus amigos y compañeros de clase: "te sientes diferente cuando vives en un barco", lejos de la norma.

La colombiana Elizabeth Van As, cuyo domicilio fijo tiene echado el ancla en el puerto deportivo de Gold Coast, en la zona continental de Hong Kong, destaca el espacio y la tranquilidad que acompañan a este novedoso (para ella) estilo de vida.

"Es como estar de vacaciones todos los días. Empezando que Hong Kong es una ciudad muy estresante; estás en Hong Kong una hora y llegas al barco y desconectas de todo, no sientes el estrés de la gente, enamora la tranquilidad".

Los vecinos también difieren de los de un inmueble de viviendas, ya sea éste rascacielos o de tamaño menos impersonal.   "Aquí todos somos como una pequeña familia. Es como un pequeño pueblito donde no hay casas, sino barcos", resume Elizabeth.

"En las fiestas se comparte y en las emergencias siempre viene alguien a ayudarte. No te sientes solo", explica la colombiana.

Aunque no hay cuotas por carrera profesional para domiciliarse en un puerto, el número de pilotos de aerolínea, si bien de una “marina” a otra varía, es el perfil dominante. En Discovery Bay son alrededor de un 50 por ciento, y en Gold Coast una cifra similar o incluso superior.

A éstos les siguen empleados de servicios financieros, en torno al 20 por ciento, seguidos de empresarios e incluso artistas. Y por regla general expatriados.

Un denominador común de los moradores es su desconocimiento a la hora de pilotar un barco (si bien muchos estudian para sacarse una licencia, siempre más fácil para los que ya son pilotos aéreos), lo que lleva a que algunas cabinas de mandos estén atestadas de libros, fotos y artefactos perfectamente incongruentes para una embarcación "tradicional".

CASAS FLOTANTES

Las casas flotantes, en una urbe de 7 millones de habitantes y poco más de 1.100 kilómetros cuadrados (con una densidad de 6.480 personas por kilómetro cuadrado, si bien el distrito de Kwun Tong aglutina hasta 53.110 sujetos por kilómetro cuadrado), no son sólo un remanso de paz, sino una opción segura de espacio.

El navío-hogar más común es el fabricado en China con fibra de vidrio (siendo minoritarios los de madera de teca), y con terminaciones de diseño y mobiliario realizadas en Hong Kong. Su valor oscila entre los 4,5 a 6 millones de dólares hongkoneses (unos 577.000-769.000 dólares, 417.000-556.000 euros).

La eslora más habitual de estas embarcaciones ronda los 17 a 20 metros, lo que permite de tres a cuatro dormitorios y un espacio habitable de 185 y 260 metros cuadrados.

Los 4.200 dólares / 3.000 euros por metro cuadrado en este tipo de viviendas contrasta con algunos récords registrados en la ex colonia británica en los últimos años.

Mientras que un apartamento de una única habitación en el rascacielos "The Masterpiece" se vendió en 2009 a 41.380 dólares / 28.563 euros el metro cuadrado; una casa de 471,3 metros cuadrados en la exclusiva zona "The Peak" se adjudicó en 2008 por 77.517 dólares / 53.508 euros el metro cuadrado.

No obstante, comprar un barco no es el único dispendio cuando se trata de vivir en él. A éste desembolso hay que añadir seguros, la cuota que permite amarrarlo a un muelle y la membresía al club del puerto deportivo, sin olvidar el mantenimiento y los arreglos puntuales. Unos 18.500 dólares / 13.000 euros anuales, calcula Cameron.

"¡Por cualquier arreglo se puede pagar una fortuna!", asegura la británica, ya que en cualquier caso debe acudirse a un especialista de navíos y no se puede contar con el fontanero o electricista de turno.

EL MANTENIMIENTO DE LA EMBARCACIÓN, PRIMORDIAL

Además, el mantenimiento de la embarcación es primordial. Y no sólo en lo que se refiere a limpieza general, sino a barnizados regulares en las zonas exteriores realizadas con madera, y una limpieza anual para la quilla del barco. Limpieza que en este caso implica el desplazamiento del hogar a otro puerto del territorio, el de Aberdeen, en el sur de la Isla de Hong Kong.

"Si no quieres que tu barco se devalúe cada año tienes que mantenerlo muy bien. Todos los días sale algo que hacer", apunta Elizabeth.

Pero aunque este tipo de viviendas se mantengan en óptima forma, y que algunos encuentren en este segmento un negocio, como la empresaria Cameron, lo cierto es que el interés inversor está lejos de morder el anzuelo a este mercado, y uno de los motivos es que los navíos, concretamente los fabricados en fibra de vidrio, no tienen una larga esperanza de vida, rondando generalmente los 30 años.

La seguridad es otro de los inconvenientes que los que viven en tierra firme esgrimen en detrimento de los navíos. Concretamente la peligrosidad de vivir en un barco en la época de tifones, algunos especialmente potentes en Hong Kong.

Este punto no obstante es negado rotundamente por los habitantes de las casas flotantes, que encuentran que el principal inconveniente es tener que bajar al suelo los elementos decorativos que pueden caer durante el balanceo del barco.

"Lo peor para un barco, más que los elementos naturales sería un error humano, como un cortocircuito -por falta de atención-, o el choque de un barco contra otro -por no amarrarlo bien o por pilotaje erróneo-", subraya Elizabeth.

Sí es cierto, aventura la colombiana, que cuando se tiene un niño pequeño, como es su caso, "se necesita mucho tiempo para explicarle y que aprenda", reflejos extra que son menos necesarios en una vivienda convencional.

Heather Kurtz, de origen chino, y casada con un estadounidense, no sólo considera "fácil tomar la decisión" de irse a vivir a un barco, sino que esta opción de vida colma su hambre decoradora, al poder distribuir habitaciones, baños y proporciones a su perfecto antojo.

Aunque "¡siempre teniendo en cuenta la estabilidad del barco!", advierte Elizabeth, satisfecha igualmente con su recién adquirida faceta diseñadora.

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