Así es el turismo social por los niños de La Guajira

En el norte más norte de todo el sur americano, una organización sin ánimo de lucro se dedica a pasear a los turistas por los resguardos wayuu, con el fin de alimentar a sus niños.

Cortesía Niños del desierto

¿Por qué yo? ¿Por qué no otra?

Muchas veces, después de una serie de eventos desafortunados (que tenían que ver con su salud más que con cualquier otra cosa), Karen Duarte se preguntó por qué estaba aquí. En repetidas ocasiones, la auxiliar de pedagogía trató de entender por qué ella y no otra. Nunca encontraba una respuesta, una luz que se posara sobre su cuerpo y la iluminara, o una voz que se abriera paso entre los árboles para decirle: tu destino es este, tu misión es tal. No. Hasta que algún amigo suyo, Carlos, la incitó a viajar en autostop hasta la alta Guajira, un territorio habitado en un 90 % por indígenas wayuu. Hacía 10 años no emprendía un viaje hacia el Cabo de la Vela. Había crecido en Riohacha y, sin embargo, sus caminos la llevaban siempre por otros rumbos.

Karen y Carlos llegaron a Uribia, y de Uribia se enrutaron hacia el Cabo: primero en un bus, que en ciertas ocasiones se llenó de niños nativos, que trocaban manillas o artesanías, hechas por sus papás, por agua y comida. Y, después, en una caminata de 17 kilómetros de carretera destapada (desde la entrada del Cabo hasta el Cabo), en la que se encontraron  peajes de niños de 3, 4 y 5 años, que, con una cuerdita, trataban de que los carros disminuyeran la velocidad para ofrecer un intercambio. Pero los carros no paraban.

La razón

Estaban a 35ºC, cansados y con una nostalgia y una tristeza que los hacía sentir enfermos. A ella más que a él, porque “honestamente, me dolía muchísimo el hambre de esas criaturas”. Había contado 137 cabezas, había dado toda la comida que tenía y sentía que no podía seguir adelante y hacerle una reverencia a la indiferencia. Así que se devolvió. No acompañó a Carlos hasta Punta Gallinas. “Les prometí a esos niños que iba a volver para ayudarlos”. Ese día Karen tuvo una respuesta: “Entendí que nosotros nacemos para servir y que ahí estaba mi labor y mi propósito”.

De regreso a su casa, lo primero que hizo fue “pedirle mucho a Dios que me ayudara, porque era muy tímida y necesitaba quitarme esa timidez para poder ayudar a esos niños, y la verdad, no sé de dónde saqué tanta fuerza para hacerlo”. Al día siguiente empezó una campaña: en su casa vivía una chica bogotana a la que le pidió que le hiciera un afiche para animar a la gente (que en esa primera ocasión fueron su familia y sus conocidos) a que le aportaran algo para los niños a los que acababa de conocer.

El 6 de agosto, un mes después de haber estado allí, regresó con 130 desayunos en la camioneta de un amigo suyo. Llevaron panes, chocolates, frutas y mucha agua, pero eran tantos niños que la comida no alcanzó. Esa fue la primera ayuda humanitaria de Niños del Desierto.

La otra parte de la historia

“Regresé una vez cada 15 días. Hasta que, en algún momento, la Policía me quiso quitar lo que llevaba porque, según ellos, estaba incentivando la mendicidad. Tuve muchos problemas con ellos, pero en ese momento yo no era una fundación, ni una organización, lo mío era un reto personal, y eso evitó que nos quitaran los desayunos, porque las agencias sí tienen prohibido hacer ese tipo de labores”.

Después de estos inconvenientes, un policía amigo le sugirió que legalizara su fundación. Karen, entonces, empezó a empaparse del tema. Una amiga abogada, le dijo: “Tú puedes empezar con un proyecto de turismo social, pero tienes que darle forma, tienes que ponerle un nombre, crear una página en redes sociales, etc.”.

Karen unió todas las ideas y fue armando el proyecto. Los primeros viajeros que se unieron a su causa fueron aquellos que llegaron a su casa por medio de la aplicación Cohousing. “Hasta que un chico me dijo: ‘Tienes que buscar la manera de que esto se sostenga solo, económicamente’. Empecé a pensar en eso y, en una de mis idas al Cabo, conocí a Favián, un nativo wayuu al que le conté que quería darles unos regalos  a los niños y seguir con los desayunos, pero que no tenía los fondos completos. Favián me dijo: ‘Bueno, qué tal si hacemos un intercambio: todas las personas que pasen por tu casa, tú me las mandas a mí y yo les sirvo como guía nativo, y cuando tú vayas a entregar los desayunos yo te aporto el agua, o los panes, o las frutas’. Y eso hicimos, yo le conseguía clientes y él me aportaba lo que me hiciera falta. De esta manera estamos trabajando desde hace un año. Ahora que estoy en Bogotá, estoy creando una sociedad colectiva en la Cámara de Comercio. Queremos hacer un turismo diferente en La Guajira”.

¿Cómo funciona?

“No es un viaje de lujo porque no somos una agencia, somos un grupo de personas cuyo único fin es ayudar a unos niños”.
Los recorridos inician en Riohacha, donde los viajeros son recogidos en el hotel en el que se estén alojando por conductores nativos. De allí son llevados hasta Uribia, donde hacen una primera parada turística. Luego van hasta el Cabo de la Vela y son recibidos por Favián, que los hospeda en su casa, les ofrece un chinchorro y la experiencia de vivir por dos días como indígenas wayuu. Además los guía a Playa Arcoíris, al Pilón de Azúcar y al Ojo de Agua, y les habla de la cultura a la que pertenece, de sus ancestros, de su legado. Al día siguiente llegan hasta Punta Gallinas, donde visitan El Faro, el Mirador de Kasares, las dunas de Taroa, y las playas de Punta Agujas, para ver el atardecer.

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Nátaly Londoño Laura

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