Barbara Goldstein, la dama de las medidas perfectas

Medir el planeta es responsabilidad de la matemática estadounidense, quien lidera uno de los laboratorios más sofisticados del mundo.

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Por: Lisbeth Fog Corradine

 

 

Hay dos imágenes que ilustran el papel de la mujer en la ciencia. Una es la del efecto tijera:  son más mujeres que hombres las que van a la escuela y entran a la universidad, pero luego, a medida que avanza el nivel académico, ellas disminuyen en cantidad y ellos empiezan a ser más numerosos. La otra es el techo de cristal: a ellas no se les permite ascender en la escala de reconocimiento. 

 

 


Diversos estudios demuestran esta inequidad y tratan de entender sus causas. A algunas mujeres les inquieta que esto suceda, ya que en algún momento se han sentido discriminadas; a otras no les importa o nunca han sido excluidas, así que lo que buscan son oportunidades, si de paso hay equidad, bienvenida sea.

 

 


A la matemática Barbara Goldstein le interesa el tema. Desde el 2015 es directora del Laboratorio de Medición Física del Instituto de Normas y Tecnología de Estados Unidos, (NIST), entidad líder en la ciencia de las medidas –metrología– a nivel mundial. Su laboratorio provee los estándares nacionales de todo lo que es medible, como la temperatura, la humedad, la longitud, el peso, el tiempo y las radiaciones electromagnéticas o de microondas, entre otros.

 

 

 

Sus métodos, basados en evidencia científica, son útiles para la industria, la academia y el gobierno.  Al tener un cargo directivo, ya no forma parte de los grupos que inventan herramientas y técnicas para medir, sino que es quien logra que existan y que trabajen armónicamente. Es jefe de alrededor de 1.200 personas, “siempre motivadas por hacer las mejores mediciones del mundo –dijo a Cromos en su reciente visita a Bogotá–. Yo creo el ambiente para hacer que todo funcione perfectamente”.

 

 


A pesar de su amplia experiencia –empezó siendo programadora en una empresa de aviación–, cuando la nombraron directora de la unidad sintió que la miraban diferente. “Me tomó por sorpresa –dice–. No imaginaba el tipo de conflictos que enfrentaría”. Tuvo que aprender por el camino y ahora comparte estas experiencias con otras mujeres que sienten algo parecido. Llegó a la conclusión de que es un fenómeno cultural y por eso su mensaje hacia ellas es “que entiendan que no es algo personal”.

 

 


“Uno de los retos que enfrenté fue el aislamiento”, afirma con un poco de nostalgia, justamente porque es muy sociable y le encanta trabajar en grupo. Luego de entender que no era algo personal, debió esforzarse por conectar con las personas de manera justa y neutral, para que no la tildaran de tener favoritismos cuando la veían almorzar varias veces con la misma persona.

 

 


A raíz de esta experiencia, ha buscado modelos de mujeres científicas destacadas, incluso en épocas en las que era impensable que se dedicaran a trabajar en ciencia. De ellas ha encontrado un común denominador: la perseverancia, incluso ante la derrota. “Volver a pararse y continuar, y hacerlo sin amargura”.

 

 


Pero lo que más valora, porque es madre de dos hijos, “es que ellas no se permitieron tener que escoger entre su carrera y su familia. Encontraron la manera de asumir las dos responsabilidades porque ambos son aspectos muy importantes en nuestras vidas”.

 

 

 

Los retos de la mujer científica

 


En su vida profesional como científica ha identificado algunos prejuicios contra las mujeres, sin que necesariamente sean actitudes sexistas. Por ejemplo, esperar que ellas se comporten y produzcan ciencia de la misma manera como lo hacen los hombres; o lo que ella llama la ‘pared de la maternidad’ porque al ser madres “se cuestiona su compromiso y su competencia; les ofrecen menos empleos y, cuando los encuentran, sus salarios son bajos, comparados con sus pares masculinos”. Así, ellas “deben trabajar más para demostrar que son igual de competentes a los hombres”.

 

 


Hay,  además, lo que ella llama las ‘microagresiones’, que no necesariamente son comentarios o acciones abiertas, sino más bien solapadas. “Esto significa que las mujeres frecuentemente son invalidadas y criticadas por cosas que sí se les permiten a los hombres”. Goldstein, por eso, invita a las mujeres a que estén atentas, para que identifiquen los prejuicios que se manifiestan muchas veces de manera inconsciente.

 

 


Aunque está convencida de que estas situaciones se presentan cada vez menos, es necesario eliminarlas del todo, porque las instituciones diversas –no solo en género, sino también en raza y religión- funcionan mejor. Todavía hay retos, como mejorar los salarios y atraer investigadores diversos, medidos por su talento y por su capacidad para trabajar en grupo, innovar y promover un ambiente de excelencia. El lema debería ser el que no se cansaba de mencionar su colega Katharine Blodgett Gebbie: “Consigue las mejores personas, dales los instrumentos que necesiten y quítate del medio, déjalos trabajar”. No importa si son hombres o mujeres. Y si se trata de escoger quién liderará a los grupos de investigación, hay que arriesgarse por la diversidad.

 

 

 

“Los beneficios de la confianza y la apertura pesan mucho más que los riesgos”, dice con la seguridad de haber logrado creer en sí misma.  Barbara es una mujer descomplicada que calza tenis, incluso cuando dicta conferencias, y lleva sus objetos personales en una mochila guajira. Pasión, inspiración, honestidad, integridad, coraje e inclusión son algunas de las cualidades que a su juicio deben tener las futuras científicas. Y, ante todo, buen humor. Su consejo para aquellas niñas y jóvenes que piensan convertirse en científicas es simple: que se diviertan. 

 

 

Foto: Unmedios 

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