Los sucesos se trasformaron en mito, y el mito en leyenda, y de todo aquello quedaron algunos nombres, Raúl Madero, Juan Ramón Verón, Carlos Pachamé, Oswaldo Zubeldía, y un personaje de novela: Carlos Salvador Bilardo. Decían que era él quien había instaurado la costumbre de amedrentar a los rivales con alfileres y pomadas mentoladas, que era él quien puteaba en voz baja, que era él quien estudiaba sus rivales para recordarles sus actos más dolorosos en pleno partido, y que así, con él como estandarte, era que Estudiantes de La Plata ganaba en los años sesenta. Eran tiempos oscuros, épocas sin televisión, casi sin radio, con canchas empozadas y tribunas de madera, donde todo podía ocurrir y nadie iba a decir nada. Donde todo ocurría, nadie decía nada, y, además, nada quedaba grabado.
Estudiantes fue campeón de todo (tres copas Libertadores, una Intercontinental, ante el Manchester United, copas argentinas), pero pasó a la historia como el equipo del antifútbol. En tiempos en los que nadie preparaba un córner, un tiro libre, en tiempos en los que nadie marcaba al hombre, Zubeldía, el técnico, y sus súbditos, comenzaron a hacerlo. Entrenaban a doble turno, se concentraban hasta cuarenta días antes de que se iniciara un torneo, y se casaban en las fechas determinadas por el entrenador, para que los festejos no entorpecieran la preparación. «Sí, cuando yo me casé, tuve que ir a un teléfono público a preguntarle a mi señora. Ella creyó que yo estaba absolutamente enamorado, tanto, que no podía aguardar».
Todo aquello pasó a la historia como el antifútbol, adosado por los alfileres y las cremas mentoladas y las provocaciones. Y todo aquello fue lo que describieron los periódicos británicos cuando Estudiantes llegó al aeropuerto de Heathrow con una sola palabra: «Animals». Bilardo había nacido en el barrio de La paternal, a pocas cuadras del estadio de Argentinos Juniors, pero comenzó a jugar como profesional en San Lorenzo de Almagro. En su debut, año 58, anotó dos goles, una extrañeza para un futbolista que era más táctica, más garra, más destrucción, que creación y gol. Ya estudiaba medicina. En la facultad le daban permiso para ir a entrenar, y en los entrenamientos el médico del equipo solía tomarle las lecciones.
Sigue a Cromos en WhatsApp
En los sesenta pasó a Estudiantes. Zubeldía congregó a algunos jugadores que ya estaban maduros y les dijo que si trabajaban bien, iban a ganar todo. Los reclutó como a viejos pistoleros del Oeste, cada uno con sus mañas, con sus resabios y pasados. Cada uno, como si volviera a nacer. Juntos resucitaron, crecieron, se hicieron grupo, y luego equipo, un equipo poco menos que imbatible. La era de Estudiantes años sesenta terminó a comienzos de los setenta. Bilardo se retiró. Pasó a Huracán como asistente de Zubeldía, llegó al Deportivo Cali, tomó a la selección Colombia, dirigió a Estudiantes ya en propiedad, y fue campeón del mundo con Argentina en 1986. Todo en algo más de diez años. Que era mañoso, dijeron. Tramposo, marrullero, demasiado táctico, mal perdedor.
Lo cierto es que con él, un equipo colombiano, el Cali, llegó por vez primera en la historia a una final de Copa Libertadores. Y con él, Colombia, una Colombia liderada por Willington Ortiz, Ernesto Díaz y Pedro Zape, estuvo a un gol de acceder a la Copa del Mundo del 82. Bilardo podía ser cualquier cosa, pero ante todo, era, es, obsesivo. Pegaba afiches con fotos de los jugadores argentinos de Boca Juniors, por ejemplo, para que los colombianos vieran que eran de carne y hueso, como ellos. Vigilaba a sus futbolistas. Les prohibía, pero también les permitía. En el Cali, dijo hace poco en la revista Caras, había un grupo de marihuaneros. Él no pudo convencerlos de que dejaran de fumar, pero sí los agrupó para que no enviciaran al resto.
Así, llegaron a los dos últimos partidos. No todo era, no podía ser trampa y antifútbol. Bilardo era más que unos alfileres, y sus victorias fueron mucho más que ungüento en los ojos de un rival. En el 82 lo nombraron para dirigir a Argentina, luego de haberse inventado un Estudiantes absolutamente distinto de aquel en el que había jugado, con dos delanteros y tres volantes ofensivos (Marcelo Trobbiani, José Daniel Ponce y Alejandro Sabella, el técnico actual de Argentina). Pese a aquel fútbol arrollador, Bilardo siguió siendo sinónimo de antifútbol, de marca, de táctica, de sacar resultados, de inventar excusas. La crítica lo ubicó en la acera opuesta a la que caminaba César Luis Menotti, campeón del mundo en el 78. Bilardo era alfileres; Menotti, lírica. Bilardo, resultado y nada más; Menotti, belleza.
Lo primero que dijo Bilardo cuando asumió fue que su equipo estaría compuesto por «Maradona y diez más», en tiempos en los que Maradona llegaba con el fracaso del Mundial del 82 a cuestas, y era cuestionado por gran parte de la prensa. Lo designó, además, como capitán del seleccionado. Con él, Argentina jugó regular y mal, pero logró clasificarse a la Copa del 86 luego de un agónico gol ante Perú de Ricardo Gareca en Buenos Aires. Parte del gobierno del entonces presidente Raúl Alfonsín quiso darle un golpe de estadio a Bilardo. Trascendió que lo iban a cambiar, solo dos meses antes de que comenzara el Mundial de México. Él lo supo. Saberlo le dio fuerzas, la fuerza del rencor, la fuerza del obstáculo, la fuerza de lo difícil, de lo casi imposible. La fuerza que solo surge del enemigo.
En México declaró que habían sido los primeros en llegar porque serían los últimos en irse. Maradona tomó la batuta del juego, tanto en la cancha como en el vestuario. Dio puñetazos en las mesas y cantó contra aquellos enemigos, «la puta que los parió». Invitó a sus compañeros a que dijeran lo que tenían que decir, de frente, sin tapujos. Y en el juego, fue inconmensurable. Al final, una pancarta de argentinos le pedía perdón a Bilardo. Él ni siquiera celebró. Los detalles lo habían enloquecido, los detalles que se olvidaron en la final contra Alemania y permitieron que les empataran el juego a pocos minutos del final. «Pero, Carlos, somos campeones», le decían. Y él continuaba con un infinito rosario de imprecaciones porque no era posible que les hubieran anotado dos goles de pelota parada, y en una final del mundo. A un equipo suyo.
faraujo@elespectador.com