Carolina Cuervo: "¿Qué saca uno preguntándose si es para toda la vida?"
La mayoría de mi tiempo en esta vida he estado en pareja. Disfruto la unión y mi personalidad la necesita. Soy más cercana a eso que a lo otro. Asumí el hecho de celebrar una unión y quise hacerlo con todo porque no me gustan las cosas a medias. Le dije a Javier, “si lo vamos a hacer, lo vamos a hacer bien”. Y luego de hacerlo, lo que queda es una sensación de responsabilidad mutua, el comienzo de un nuevo núcleo familiar, el desligarse de nuestros padres para centrarnos en nuestra nueva familia.
Antes de casarme yo ya vivía en pareja y me han preguntado si algo cambia una vez se pasa esa frontera del compromiso matrimonial, y creo que sí; hay algo que cambia aunque no sepa con exactitud en dónde se aloja esa diferencia. Debe estar relacionado con el compromiso y la seguridad. Tal vez hoy en día los matrimonios son más conscientes y las mujeres tenemos más capacidad de elección. Antes, casarse era para nosotras una excusa para salir de la casa, un salvavidas o la única opción. En mi caso, asumí el compromiso porque tengo la convicción de que puede funcionar, me gusta el amor en pareja y creo en la construcción de una vida entre dos.
"Antes, casarse era para nosotras una excusa para salir de la casa, un salvavidas o la única opción."
Con Javier, nos apoyamos y nos cuidamos mutuamente, que es en últimas lo mejor de un matrimonio. Él me da opiniones sobre mi trabajo, pero siempre es respetuoso y no se mete de fondo; me admira y yo lo admiro, eso es chévere, es fundamental en una relación de amor. Ahora entiende más de qué se trata mi profesión y hasta soporta los horarios agotadores del teatro cuando hay temporadas de jueves a domingo, sin fines de semana. Es duro ser el esposo de una actriz y ahí es cuando uno dice “si este man aguanta esto, aguanta cualquier cosa”. También soporta —en los dos sentidos de la palabra— mi trabajo como escritora. Me alienta a hacerlo y me ayuda a construir una disciplina, que es tal vez lo más difícil. No puedo tener un horario fijo de escritura y la consecuencia de ello es significativa porque no produzco todo lo que desearía. Procuro que mis tardes sean para escribir. Soy una persona vespertina y nocturna, no soy buena para madrugar y mi cerebro no funciona en las mañanas, tampoco mi buen genio —otra de las cosas que mi pobre esposo padecerá de por vida—. Pero creo que el matrimonio me ha traído ideas, buenas y malas, proceso constantemente mucha información y siento que hay más material para escribir.
Por su lado, Javier es arquitecto y productor audiovisual, y me ha enseñado a ver de una manera diferente tanto las ciudades y su arquitectura, como el trasegar de la vida; me ha enseñado esa manera tranquila que tiene de enfrentarse a sus días; algo que yo no había descubierto antes. Tenemos diferentes y plurales espacios de encuentro. Los dos somos artistas, tenemos sensibilidad y un enorme apasionamiento por la cultura, lo que nos flechó de entrada. Por ejemplo, ahora estoy leyendo La carroza de Bolívar, una novela escrita por Evelio José Rosero, muy bien hecha, con una narración enorme y una historia fantástica que ocurre en un Carnaval de Negros y Blancos, carnaval donde él y yo nos conocimos, por lo que la lectura adquiere un valor enorme. Mi esposo es orgullosamente pastuso, así que muchas cosas me conectan con la historia porque de su mano he descubierto esa región y esa cultura maravillosas.
Vengo de una familia de padres divorciados —amigos siempre, por fortuna— y mis suegros, en cambio, siguen juntos. Tenemos los dos espejos en frente y no se puede decir que alguno es mejor que el otro porque en ambos casos fuimos criados con amor infinito. Depende mucho de la forma en que uno lleve el matrimonio para que perdure. Depende mucho de la conciencia de que ya no es sólo uno, sino que ahora somos dos. Es vital mantener la llama encendida, la diversión, la aventura, respetar el espacio del otro, cultivar la independencia. Uno no puede ser egoísta, es necesario saber que conciliar es una labor diaria y difícil, porque requiere de mucha humildad y comunicación. Y por supuesto que hay muchos días en los que uno quisiera ahogarlo en la pisicina, y él a mí, claro. Tampoco me desvelo pensando “¿Será que esto sí es para toda la vida?” Nunca hay que dar las cosas por sentadas en una relación estable; mi mantra es estar aquí y ahora y construir un día a la vez, sin pensar en un futuro que no existe.
Al momento de casarnos, le pedí y le prometí respeto y libertad. Quiero cumplir mis sueños y si Javier me quiere acompañar en este viaje, fantástico para mí. Hasta ahora lo hemos hecho y lo seguiremos haciendo si el amor que compartimos nos lo permite. He de decir que me siento afortunada.
Fotos: Juan José Horta.