
Por: Carlos Torres Tangarife
En una sala, rodeada de un grupo de amigos, una mujer dice "Levanten la mano los que han pagado por sexo". Hay un silencio repentino e incómodo que bordea la música. La chica, sonriente, ahora pregunta en singular: "Levante la mano el que ha pagado por sexo". Los hombres se miran y las mujeres los contemplan. Nadie levanta la mano. Hay dos hombres que lo han hecho, pero callan. El silencio ya no bordea la música, porque una mujer rubia habla. "¿A quién se le ocurre pagar por sexo cuando es tan fácil conseguirlo en la aplicación Pure? Y gratis", pregunta con cierta soberbia. Amigos y amigas asienten, incluso los dos chicos que han pagado por sexo. "¡Qué 'boleta' pagar por un polvo!", manifiesta alguien. "Es de perdedores. ¿Acaso no tiene el levante suficiente para ganárselo?".
Muy liberal el grupo de amigos. Seguramente son de esos que están a favor del matrimonio y la adopción gay pero, sin ser conscientes, sacan las garras de su lado más conservador cuando de trabajo sexual se trata. El tema es predecible y rápido. Las afirmaciones se repiten y se comparten: los consumidores de sexo pago son perdedores desagradables, qué horror irse con una mujer (o un hombre) que, a su vez, se acuesta con quién sabe cuántos en el día. Encuentran algo de depravación en el acto. Olvidan que la primera vez de ciertos papás, fiel a las costumbres de antes, fue con una trabajadora sexual. Mucho del acto de iniciación del adolescente inexperto con una trabajadora sexual se conserva en el ritual del que paga por acostarse. Esta es una certeza de Nicole González, una mujer blanca, de pechos grandes y de pelo liso y negro que presta sus servicios en algunas ciudades del país. Ahora mismo está en Pereira. Luego irá para Cali. Su estadía en las capitales depende de cómo le vaya en cada lugar. Es decir, de cuántos rituales ofrezca para el principiante, el padre de familia, el soltero, el que está ennoviado. Coquetean con lo prohibido. Lo suyo es ir al fondo de las cosas, con una experta.
Tinder vs. pagar por sexo
Si Nicole González estuviera en la reunión de amigos, empezaría por decirles que el sexo casual y el sexo pagado son incomparables. A su consideración, los separa el contrato de por medio. “No es que haya uno mejor que otro. Nosotras, las que nos dedicamos al sexo, estudiamos las poses, la sensibilidad de las partes del cuerpo, qué gusta y qué no –explica Nicole–. Por lo general, el sexo casual es muy parecido siempre. Puede haber espacio a lo nuevo, pero no es como con nosotras”.
Juan Camilo Vargas tiene un perfil en la aplicación 3der. Nunca ha pagado por sexo y de momento tampoco le llama la atención hacerlo. Al consultarle por el umbral de placer, que se puede potenciar con una trabajadora sexual, reflexiona antes de responder. “Uno se cita con una persona que contacta en Tinder y, por supuesto, no le pregunta con cuántos se ha acostado, mientras que con una trabajadora sexual inevitablemente ya tienes la predisposición –dice el estudiante de Comunicación Social–. El día que pague por sexo lo voy a hacer con algo de desconfianza, porque es difícil quitarse el estigma de la cabeza”. Aquí es cuando vuelve a aparecer Nicole, para despejar dudas.
La salud propia y la del cliente
Primero la plata, segundo el condón. Nicole suele atender a sus clientes en un apartamento. La cama está ordenada e impecable. El ambiente es un espacio agradable, en apariencia desinfectado. “Por mi salud siempre uso preservativo. Si no llegamos a este acuerdo, es imposible, para mí, prestar el servicio”, comenta Nicole. Hay hombres que tienen el fetiche de pagar por sexo sin condón. Ella nunca ha accedido, aunque le ofrezcan una tentadora cantidad de dinero. “Tengo en papel las pruebas de VIH y sífilis. Me las hago cada tres meses”, sostiene.
Aquí vale la pena introducir un interrogante en el grupo de amigos que callan cuando hablan de pagar por sexo. ¿Quién está más expuesto a una enfermedad de transmisión sexual: una trabajadora sexual o la persona que busca sexo fácil por una aplicación? Es difícil hilvanar una respuesta que resuelva la cuestión por completo. Lo cierto es que el virus o la bacteria estarán ahí donde haya desprotección. Las trabajadoras sexuales viven de lo que hacen y, así como el deportista cuida su cuerpo, ellas (muchas) procuran la higiene.
Otra pregunta
¿Por qué el trabajo sexual aún existe en diferentes culturas, distintos contextos y a la luz de la evolución histórica? “Porque, socioculturalmente, hay una atracción por lo que se considera prohibido y pecaminoso. La atracción hacia los tabúes radica, justamente, en poder romperlos. Es encantador violentarlos, traspasarlos. En el ritual de pagar por sexo se disocia a la mujer, se separa del concepto de madre y de protectora, solo es la mujer que genera placer”, explica Liliana Arias, sexóloga clínica.
Orgullo y prejuicio
Los dos chicos del grupo de amigos que han pagado por sexo se guardan su experiencia y continuarán haciéndolo. Aunque no deberían sentir vergüenza de haber pagado. Es un hecho respetable, que es solo de ellos y por el que no deberían apenarse si lo hacen de nuevo. Quizás explicar los motivos por los que el sexo pagado es un acto digno es una tarea dispendiosa y desgastante para asumir en público. Por eso es válido el silencio. Eso sí, sería mejor que se fueran a dormir sin sentirse culpables.
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