¡Odio la Navidad!

 Hay quienes sienten escalofrío cuando se dan cuenta de que se aproxima diciembre. Sufren de depresión blanca. ¿Cómo deshacerse de ella?
¡Odio la Navidad!

Míster Grinch, como le dicen los niños al vecino de la esquina, odia la Navidad. Nadie sabe por qué. Unos dicen que perdió un hijo en diciembre; otros, que lo dejó su esposa en un final de año. Pero solo son rumores. El vecino cascarrabias no permite que le toquen el tema. Se limita a decir que la Navidad es un anzuelo comercial que todos muerden como bobos. Mientras la gente se abraza y sonríe por esta época, él muerde sus recuerdos y se entrega a una soledad que no se sabe si es un deseo o una resignación.

Sufre de depresión blanca, que es como se le conoce a esa sensación de ira permanente y tristeza profunda que ataca a quienes la padecen justo en la época de la Navidad. La atmósfera de nostalgia y a veces de dolor en la que se sumergen los que ‘odian la Navidad’, contrasta con el bullicio, la felicidad y la euforia de los demás. Para muchas personas la Navidad es sinónimo de depresión, por la asociación de recuerdos traumáticos de eventos que tienen que ver con la carencia económica y afectiva; duelos o aniversarios catastróficos; peleas familiares; adicciones y soledad. Muchos prefieren correr sus cortinas de la vida y encerrarse en sus tristezas, que bailar al son del Año viejo.

Las razones del odio

En honor a la verdad, muchos de estos ‘amargados’ han desarrollado muy buenos motivos para no unirse a la celebración. He aquí algunos de ellos:

La hipocresía

Las personas no ven a la familia en todo el año, incluso es posible que no se lleven bien, y llega la Navidad y todos aparecen con sonrisas falsas, simulando que se quieren y que se han extrañado.

Consumismo compulsivo

Parece obligatorio consumir. Para muchos, la Navidad es un dolor de cabeza, pues aún sin tener dinero se ven obligados a comprar, pues inevitablemente el concepto de la época de-cembrina se vio reducido al hecho de regalar.

Es una celebración importada

Santa Claus entrando por una chimenea humeante y recubierta de nieve, renos, trineos, muñecos de nieve, árboles de invierno, y comidas de otras latitudes hacen parte de lo que muchos señalan como una celebración atravesada por tradiciones que no son propias. Y aunque lo cierto es que un mundo intercomunicado inevitablemente nos permite importar costumbres y símbolos, el grupo de los que odian la Navidad no soportan esta “americanización” de la fecha. Es, para ellos, una mezcolanza de tradiciones que hacen de la Navidad un collage de estéticas que no nos pertenecen y que terminan por desdibujar su sentido real.

Demasiada congestión

El júbilo que embriaga a quienes viven la Navidad, así como las oportunidades laborales que surgen por las festividades, hacen que las calles se llenen de carros. La congestión de diciembre es la peor del año y eso es capaz de exasperar a los que no tienen mucha simpatía por las fiestas.

Es una pesadilla familiar

A veces nadie queda contento con lo que le regalaron. Las familias suelen pelearse por cosas nimias, como la elección de la cena de Navidad, o el lugar de reunión, que suele ser un tira y afloje entre la familia del papá y la de la mamá. En algunos casos el desgaste es tan intenso que solo imaginar tener que enfrentarse de nuevo a ello produce pánico.

Es solo para los niños

Otros argumentan que la Navidad es una fiesta para los niños, y que cuando éstos crecen, el sentido del árbol y los regalos se pierde, y la fiesta queda reducida a un par de adolescentes aburridos, que escuchan los cuentos de sus padres y tíos, al son de una emisora radial con música popular que desconocen. Así que durante la fiesta unos recuerdan los cuentos de antaño, y los jóvenes chatean en su bb esperando que sean las doce para ir a la cama o para ir a divertirse con su parche de amigos.  

El dolor escondido

Pero todos estos ejemplos podrían estar escondiendo un motivo mayor, mucho más profundo, muy distinto de las trivialidades materiales con las que suelen justificar su odio.

En algunos casos, las personas tienden a rechazar aquello que les mueve la fibra. Con tal de evitar el contacto con lo que les hace daño, optan por rechazarlo e incluso por burlarse de ello. Es tal el peso de los recuerdos negativos que se han guardado por años, que al llegar un detonante que los dispara, es mejor negarlo y señalarlo como ridículo. La Navidad es un referente de la infancia: ausencia de padres, ausencia de regalos, peleas familiares, borrachos que se tiran la fiesta y avergüenzan… en fin, episodios que muchos congelaron y que sienten que se descongelan con la llegada de la fiesta.

Así pues, quienes se quejan de la congestión telefónica el día de la Navidad, ¿será más bien que soterradamente se lamentan de no tener a quién llamar? Quienes aseguran que las cenas familiares son un baile de máscaras, ¿será más bien que temen aceptar que su familia está en crisis y que esto es lo que impide un encuentro sincero? Quienes piensan que esta es una disculpa para que los almacenes vendan todo su stock y consideran la Navidad como un exprimidero de plata, ¿será más bien que tienen dificultades para entregar algo más que presentes y regalos materiales? Quienes se burlan de la “moqueadera” y “lloradera” de algunos durante la fiesta, ¿será más bien que han paralizado y enfriado sus sentimientos y esto les impide expresar y celebrar sus relaciones?

La queja frente al consumismo está bien. Sin embargo, muchos de los rituales que ha creado el hombre para sellar encuentros o celebrar momentos, han sido tocados inevitablemente por la maquinaria del consumo, lo cual nos llevaría a rechazar de plano temas como el matrimonio, el bautizo, los cumpleaños de la gente, en fin… Todo ha sido tocado por el comercio, y no por ello esos rituales están condenados a perder su verdadero sentido.

Resulta más importante recuperar el sentido de la fecha, y buscarle la comba al palo. ¿Qué nace para mí en esta fecha? ¿Qué ciclo cierro y cuál abro? De eso se tratan los rituales. Son una oportunidad para recordarnos que la vida es cíclica, y que son necesarios ciertos momentos para hacer una parada y replantear propósitos. La Navidad supone una oportunidad para dar y, si bien se puede dar cualquier día y a cualquier hora, se nos suele olvidar. Y qué bueno tener una alarma que nos cuente que hace mucho no entregamos.

Dar y recibir, eso es la Navidad. Compartir, reencontrarse, celebrar, hacer planes y balances. ¿No son estos, acaso, motivos suficientes para celebrar su existencia y dejar de lamentarnos porque el vecino pone un Santa Claus en su puerta?

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