Estar soltera no es una incapacidad

La soltería pasó de ser un estigma a imponer un estilo de vida que tiene sus propias reglas, sus propias virtudes y sus propios anhelos. 

Hasta hace muy poco, estar soltero era una condición desesperante, un estigma social que demostraba cierta incapacidad e incompetencia relacional. Estar soltero era tener un problema, algún desperfecto. A los solteros se les veía como ciudadanos de segunda, tíos eternos, solitarios empedernidos, disfuncionales con plata, personas que no pudieron gozar de la gloria y el estatus de un matrimonio. Maduritos, viudos o separados, los solteros y solteras, desesperados y compulsivos, inundaron cruceros del amor, agencias matrimoniales, conjuros y pitonisas y artimañas típicas de telenovela mexicana y cuanta cosa existió, con tal de salir del karma de su soledad.

 

Hoy los solteros (y las solteras) mandan en el mercado de las relaciones y han impuesto un estilo de vida que hace temblar los viejos mandatos conservadores, según los cuales el matrimonio era el único patrón de felicidad para tener hijos y familia y lograr la tan añorada “realización” social.

 

Hoy la soltería es una valiosa oportunidad de vivir, de conocerse, de darse un espacio para sí mismo, antes de salir del lecho de los padres al lecho del matrimonio. Los solteros de hoy disfrutan de la libertad, del mundo, de su dinero. Viajan, estudian, se cuidan y se abren camino en una sociedad estrecha de mente como la nuestra.

 

Según el DANE, el 44.4% de los colombianos están solteros y la tasa de edad de matrimonio es cada vez más adulta. Se destacan, más que los matrimonios, las alianzas consensuadas temporales. Esto quiere decir que hay cada vez más gente soltera y más tiempo soltera. Se calcula que el 22% de los hogares en las ciudades son unipersonales. Es tal vez por esto que los de la generación “S” (solteros, solos y separados) gritan en la calle a todo el mundo: “Sí, soy soltero ¿y qué?”.

 

Solteros conscientes

 

En el mundo moderno, cuyos modelos sociales, familiares y económicos se encuentran en constante evolución, la soltería consciente –es decir, como elección y no como circunstancia– es una amenaza para uno de los tabúes más sensibles: el matrimonio. Nuestra sociedad creó la monogamia y el amor vincular de pareja como base del engranaje sostenible. Así se evitaron muchas diputas y confusiones. Se reconoció la consanguinidad con los hijos, así como los derechos y la pertenencia a la pareja.

 

En este modelo patriarcal, sin embargo, se dominó y se sometió a la mujer, haciéndola sentir y saber que no podía estar sola, ni mucho menos ser feliz sin un hombre. Esta programación al servicio de los machos, de las economías y de las religiones, lideró por siglos y dejó un efecto narcotizante en las personas, que de manera ritual y mecánica, siguen buscando desesperadamente emparejarse, como huyendo de sí mismas hacia el otro, con un manual de compras y de tips para la felicidad. Más que por amor o por entrega y comunión, mucha gente busca pareja compulsivamente, por una especie de robotismo cultural.

 

Ser soltero no significa huir de la responsabilidad. No es sinónimo de traumas relacionales. No es, como nos ha vendido la psicología clásica, una incapacidad de comprometerse, o una fractura en la inteligencia emocional. Ser soltero no es solamente una exaltación del individualismo, ni una oda al ego. Ser soltero es (o debe ser) una elección consciente, que implica un gran contacto consigo mismo, mucha dignidad, un escalafón de valores y proyectos y una determinación firme para no caer en las exigencias sociales de amor en combo con todo y papitas agrandadas. El soltero tiene la libre elección de vivir para sí mismo, creyente en el amor y consciente de que un hombre o una mujer no son la solución de sus conflictos y dinámicas internas. A cambio, ha elegido estar solo por creatividad, por comodidad, por libertad, o por egoísmo, de cualquier manera. En todo caso, no es una resignación.

 

Resinifiquemos la soltería. Gracias al mundo sin fronteras, al internet y al zapping afectivo lleno de encuentros intermitentes y pequeños, las personas están centrándose más en sí mismas, retirando su centro gravitacional de la pareja y poniéndolo en sus propios proyectos. Esta nueva tendencia fomenta la individualidad, el liderazgo interior enfocado en los sueños propios, más que en seguir los de los otros. El soltero ya no negocia tan fácil el espacio propio frente al familiar, y le cuesta quedarse amalgamado a la pareja en ambientes más parecidos a los de sus padres que a los propios. Los solteros han creado un mundo para sí mismos que contraviene el mundo establecido. Ellos reclaman su libertad y su derecho a su tiempo y su espacio. Al cuestionar las teorías del comportamiento, muchos han encontrado la felicidad en sí mismos, disfrutando y consintiendo su pareja interior.

 

Solteros contradictorios

 

Si ser soltero es lo máximo, y las estadísticas demuestran la tendencia, entonces ¿por qué seguimos idealizando el amor romántico de pareja? ¿Por qué surgen heroínas como Bridget Jones o Carrie Bradshow, mujeres independientes cuya búsqueda permanente es la de la pareja ideal? ¿Por qué los separados vuelven a casarse? ¿Por qué las viudas se emparejan de nuevo? ¿Por qué hay miles de personas desesperadas buscando pareja y depositando todas sus esperanzas en otro ser humano? ¿De dónde surge ese anhelo?

 

Los seres humanos seguimos siendo indescifrables. Muchos hacen todo lo posible por encontrar a una pareja, mientras otros hacen hasta lo imposible por salir de ella. Lo importante, como siempre que se habla de relaciones humanas, es despertar la conciencia de lo que está pasando en cada uno y poder descifrar si se está soltero por un deseo consciente o por resignación.

 

Porque si la soltería no es sincera, sino fruto de una indeseada soledad, ninguna virtud de la vida en solitario aplacará la frustración.

 

Foto: iStock. 

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