El vivo bobo

Dicen que el vivo vive del bobo, pero los vivos, los que se hacen los tontos para evadir sus responsabilidades, se están haciendo un enorme daño a sí mismos. Y claro, a la sociedad.
El vivo bobo

En la terapia de pareja los futuros exesposos se acomodan en las puntas opuestas del mismo sofá. Argumentan, esgrimen excusas, condenan, señalan. Sin embargo, ninguno acepta haber participado en el asesinato del amor. El terapista los invita a asumir las responsabilidades respectivas y a hacerse cargo de ellas, pero la pareja, en cambio, se señala de nuevo mutuamente, se lava las manos.

En la fila del banco, un señor se cuela y la gente que reclama termina vaciada por el vivo. El carro verde gira en prohibido y hace trancón, todos pitan, él se hace el loco y, como si nada, sonríe ante los que quedan perplejos y frustrados.

¡Nadie quiere asumir su responsabilidad!

Un descaro heredado

La negación de nuestros actos la aprendemos en la crianza, desde muy temprano, ya sea por sobreprotección o abandono de padres, profesores, tíos, etcétera... Con sus actos y sus discursos, los adultos enseñan a los niños a excusarse, a proferir mentirillas piadosas, a evadir la responsabilidad, a encubrir los actos.

Los dirigentes deportivos son expertos: siempre encuentran una buena excusa, ajena a sus esfuerzos, para no cumplirle a la afición. Los políticos también. Se lavan las manos acusando a las antiguas administraciones o a los subalternos de turno. Dirigentes deportivos y políticos se esconden detrás de una buena coartada para salir avante de las acusaciones. Ninguno piensa, en realidad, en cumplir con su deber. Solo en buscar una buena excusa. Son verdaderas apologías de la negación de la verdad, de la evasión de la responsabilidad.

Hacerse el loco, más que una tendencia, es una epidemia que lleva a las personas a pasar por alto la conciencia. Es una vieja herencia cultural de señalar a otros, en vez de reconocer y cambiar. Es una especie de subdesarrollo emocional que encuentra acomodo en las excusas para no enfrentarse a la propia responsabilidad.

Las mañas del loco

Una de las estrategias más usadas por quienes se hacen los locos es la de enjuiciar a los demás para no tener que juzgarse a sí mismos. Estos individuos van por el mundo predicando a todos cómo deberían sentirse, cómo deberían comportarse y cuándo deberían cambiar lo que sienten. Encasillan y descalifican al otro según los parámetros propios. Utilizan sus experiencias pasadas y las traen al presente como verdades absolutas para evaluar a otros pero no para aprender de sí mismos. Es una artimaña emocional en la que se refugian para no tener que enfrentar su verdadero conflicto entre “el deseo” y “el deber”. Estos dueños del sentir jamás reconocen lo mal que están por dentro. Atrapados en una moral anacrónica que usan para otros pero no para sí, excomulgan, condenan y desprecian los “pecados” ajenos, pero nunca reconocen lo corrupto de su mundo emocional.

La otra maña es evitar la responsabilidad a través del intelecto. Este personaje es un experto en usar el burladero intelectual, desde el cual desarrolla inteligentísimas estrategias mentales para poder sentirse mejor persona. En vez de aceptar que no sabe, que mete la pata, que se equivoca, él nunca pierde, pone todo su intelecto al servicio de la negación y se hace el pendejo inventando toda una teoría seudocientífica, en la cual siempre encuentra la excusa perfecta de su comportamiento. Usa estadísticas, citas de internet, biografías… para justificar el sarcasmo y la acidez de sus descalificaciones. Hace sentir a los otros ignorantes, inadecuados e incapaces.

La importancia de darse cuenta

Cada persona, en cada acto, devela cómo está con su mundo interior. Y en la responsabilidad de sus actos manifiesta el nivel de conciencia y madurez que ha ganado.

En este sentido, muchas personas en el mundo empiezan a despertar a la honestidad emocional, a la verdad interior, al reconocimiento de su inmadurez relacional y de la conciencia del daño que hacen al otro y a sí mismos. ¡Se dan cuenta! Solo así experimentan un verdadero crecimiento y un enorme y trascendente paso de estado de conciencia.

¿Qué es darse cuenta? Es estar despierto para reconocer, en cada acto, cómo se asoman los fragmentos de la personalidad que no hemos terminado de aceptar en nosotros. Es admitir los pedazos de nuestros actos y de nuestro pensamiento que aún no hemos integrado, y que proyectamos en los demás. Darse cuenta es aceptar que todos tenemos nuestra parte oscura y que, para esconderla, usamos una máscara, un ego defensivo, dispuesto a todo antes que a reconocer trozos de esa sombra. Esto es, que somos egoístas, desleales, oportunistas, infieles, manipuladores, etcétera.

Darse cuenta es mirar la sombra, reconocer lo bueno y lo malo que hemos rechazado para evitar ser juzgados, no queridos. Admitirlo es asumirlo para poder trabajarlo y cambiar, y así dejar de dañar y de dañarnos.

El “awareness” o darse cuenta, de la terapia Gestalt, es salir de la zona cómoda, del victimismo, de ser agentes pasivos de la vida, con el objetivo de dejar de ser los ignorantes felices que obviamos nuestras incapacidades y proyectamos a otros las zonas oscuras de nuestra personalidad. Dejar de hacerse el pendejo es reconocer lo que hacemos y lo que somos, y aceptar que somos mitad hijos de Dios y mitad malas personas.

En las situaciones que a diario vivimos, tenemos la opción de elegir darnos cuenta o buscar afuera un culpable. Sin embargo, nuestra cultura tiene una maquinaria muy engrasada para evitar darnos cuenta, para encontrar maneras de escaparnos y evitar reconocernos. Nuestro deber es salir de la zona de la comodidad, decidir crecer y perder los privilegios de ganar siempre, en función de la verdadera victoria: conocernos, responsabilizarnos y, luego, transformarnos.

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