Piense antes de castigar a sus hijos

A propósito del libro Dime cómo te castigaron y te diré quién eres, bueno es saber que nada se logra con violencia ¡Revaluemos nuestra sicología de padres!
Piense antes de castigar a sus hijos

Bien lo dice Óscar Wilde: “Los hijos empiezan por amar a sus padres; pasado algún tiempo, los juzgan; rara vez los perdonan”. La frase le cae como anillo al dedo al libro de Martha Ordóñez Dime cómo te castigaron y te diré quién eres. El ensayo activa la memoria emotiva de todos e invita a una reflexión sobre las consecuencias de esos castigos y de cómo los hemos perpetuado de generación en generación en un verdadero proceso de contagio.

El maltrato intrafamiliar deja huellas en la estructura de la personalidad que muy pronto pasan a ser parte de un estilo de vida que legitima una fatídica manera de “resolución de conflictos” basada en la violencia. Es un modelo familiar replicado en la sociedad como parte de una cultura que solo ha dejado una saga interminable de retaliaciones.

Este destino repetitivo y cansado puede romperse con nuevas e integrales maneras de convivir. Mucho antes que la justicia, el perdón y la reparación, necesitamos una pedagogía sistémica del amor, gracias a la cual comprendamos que el castigo, como modelo primitivo de una psicología conductual, no resuelve. ¡Todo lo contrario! Condena y forma una cadena de violencia que nos une vergonzosamente como país y nos separa dolorosamente como hermanos.

Los primeros castigadores

El castigo delimita las etapas evolutivas de cada persona. El castigo somete, paraliza y condena. En vez de generar responsabilidades y aprendizajes, deja huellas profundas y cicatrices en el alma infantil difíciles de curar, que se hacen evidentes más tarde en las relaciones de pareja, en el trabajo, en la manera de hacer o deshacer país… y sobre todo en la crianza, cuando replicamos de manera inconsciente esos mismos mandatos y modelos. El castigo es excluyente, es el ejercicio primitivo de la ley del más fuerte, es la lucha de egos frustrados y de niños heridos. Desata la ira y produce el efecto ventrílocuo: nos oímos gritar a nuestros hijos las hirientes frases de nuestros padres que de niños juramos nunca repetir.

Castigar de manera física es despreciar nuestro proceso evolutivo, es seguir viéndonos como primates con un palo enorme marcando territorios, es actualizar la violencia de marras como portadores del virus del desamor. Es en verdad despreciar nuestro ser espiritual y apagar prontamente la luz de Dios en nuestros niños. A cambio de enseñarles a creer, los condenamos a dudar, a seguir el miedo, el camino de la venganza y de la sombra. Cada golpe físico, psicológico, no solo parte el corazón de un niño; borra su sonrisa y lo va convirtiendo en una mueca de rabia que luego se transformará en una mueca de agresión y desprecio.

Contra el castigo

Si vivimos el presente, es decir, sin anclarnos a nuestro defectuoso pasado, dejaremos de repetir como robots las acciones de nuestros padres. Darse cuenta y vivir el aquí y el ahora, permite parar la cadena de desamor. Basta observar nuestro interior en medio de la velocidad frenética a la que vivimos, a la que comemos, y hasta a la que golpeamos a nuestros hijos. Es mejor estar presente desde el ser mismo, en cada acto, y observar el flujo y la brecha que hay entre nuestra luz y nuestra sombra. Tal actitud exige un cambio ontológico, íntimo, que permita entender el mundo de una manera diferente, con otra mecánica: la del amor.

Al comprender nuestros modelos psicoafectivos propios, al reconocer sus grietas, podemos proponer una nueva vinculación con nuestros semejantes, que deje de lado los patrones equívocos de nuestros padres. Todo niño castigado tiene una gran tendencia a ser un adulto castigador. Pero a la vez tiene la grandiosa oportunidad de ser un adulto consciente, amoroso, que se ha curado con su propia saliva.

Más allá del doctor Spock

Redefinir la crianza es revaluar al famoso doctor Spock, que promovía que el amor hacía daño, que era necesario dejar a nuestros niños llorar para que no se acostumbraran al cariño, y tratarlos con mano dura. ¡Rompamos esas ideas, por favor! Entendamos que fueron construidas no bajo las órdenes del amor, sino más bien de un mundo capitalista industrializado en donde los niños distraían a los empleados de la productividad. Y el castigo servía para someter a esos niños, para atemorizarlos y para que dejaran dormir al enajenado padre.

Nunca el amor hizo daño. Meta sus niños a la cama, abrácelos tanto como pueda, cómaselos a besos, salga de su oficina para la cita más urgente: su familia; no importa dejar al presidente mismo de la empresa. Corra, cape junta, arréglese la corbata, recuerde que lo mejor de su vida son los niños. No llegue derrotado, iracundo y perdido como siempre, no olvide que usted es Supermán para ellos. Entonces ¿por qué no vuela?

Señora, señor, por favor, respiren. Hacer país es amar a nuestros hijos, salvar al planeta es abrazarlos millones de veces, tapar el hueco de ozono es jugar con ellos. ¿Existe algo más importante? Vivan en un estado de sonrisa interior. En vez de retrógrados castigos, evolucionen, promuevan con motivación, eduquen con coherencia y justicia, pero sobre todo sean padres inspiradores para que los hijos guarden en su corazón un héroe con toda su humanidad; para que un día, por qué no, puedan decirles “gracias, papás, seguiré su ejemplo en mi camino”. Porque nunca el amor ha hecho daño.

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