Hablando del síndrome de Edipo

Hay hombres que no se desprenden de mamá ni siquiera cuando han dejado la casa.
Hablando del síndrome de Edipo

“Carlitos, mi rey”, así le dice mamá a su hijito de 38 años, mientras le peina las cejas delante de su esposa y de sus hijos. Carlos, un hombre calvo, pálido y dubitativo, parece empequeñecerse frente a Doña Edith, y quedarse mudo al oír su nombre y su generoso rango, anestesiado por las palabras de mamá. No es esposo ni padre; apenas un niño sumiso y obediente, asexuado y tibio y terriblemente bueno.

Carlos nunca tomó lo masculino de papá. Tenía tanto miedo de ser como él (guerrerista, tomatrago) que eligió el guion escrito por mamá. Y se hizo hombre sin resolver su complejo de Edipo. Su matrimonio parece embalsamado y reducido a un viejo álbum fotográfico, y su carrera profesional está salpicada de desaciertos y de excusas de toda índole.

Habla cada media hora con mamá por celular y aun recibe apoyo económico de ella. Como padre, es el mejor amigo de sus hijos. Mientras tanto, Javier, el hijo mayor, ha tomado su lugar en la familia, es la pareja emocional de mamá (reproduciendo otra vez, pero por contra modelo, el complejo de Edipo) y no solo motiva a papá, también lo regaña y hasta le dice Carlitos… Este hombre, como miles de colombianos, jamás tomó las caderas de su mujer por no dejar las enaguas de su mamá

Anular al papá

Como lo postuló Freud, el complejo de Edipo representa los deseos amorosos y hostiles hacia los padres y con énfasis en el deseo inconsciente del niño/a de tener una relación incestuosa con su padre de sexo opuesto. En el mito de Sófocles, es Edipo quien mata a su padre (parricidio) y se casa con su madre (incesto) ejemplificando lo que Freud llamó “impulsos sexuales inconscientes”, como parte en la construcción psicosexual de los niños. Sin embargo hoy muchos pensamos que, más allá de Freud, fracciones de la etapa edípica como “la envidia de la mujeres por el pene”, son una cachetada más del machismo y del patriarcado decadente.

Lo actual y contundente es que una parte de la sombra del mito de Edipo sigue cobijándonos de modernas maneras en las relaciones transgeneracionales y de pareja. De forma coloquial, como un bien común y por exposición, hemos adoptado y tropicalizado el término de complejo de Edipo para nombrar este amansamiento, esta dependencia, esta infantilización y debilitamiento de los hombres ante su mamá o alguna hermana que se cree la madre, y que le impide entregarse, comprometerse y realizar su masculinidad. El complejo de Edipo, mal resuelto o desatendido, es el principio de la inmensa mayoría de los trastornos psíquicos de los hombres y de muchos trastornos de relación.

Enamorados de la mamá

Algunos de los síntomas de personas atrapadas por el complejo de Edipo, se reflejan en la incapacidad de construir relaciones de pareja sólidas. También se verá en estos hijos de mami la tendencia a repetir la triangulación que vivieron en la infancia: enamorados de un imposible, que es mamá, esposa de un conocido, que es papá. Es posible que este hombre puppy, busque mujeres mayores, madres en cada mujer, con las que nunca se comprometerá, pues ya está emocionalmente casado con Mamá. Para muchos otros será casi imposible mantener la unidad de amor y ternura, de amante y esposa, llevando esta polaridad a la cama, expresada como desinterés sexual, hermandad o sublimación religiosa. Algunos más osados, o más enfermos, trasladan el complejo a la pareja y hacen de sus mujeres sus madres (o sus hermanas), para de alguna manera vivir el incesto, manteniendo el conflicto deseo y culpa, contacto y retirada, y condenando la relación a un eterno desencuentro.

Rumbo a la madurez emocional

Cualquier edad es buena para dejar atrás el complejo de Edipo y madurar con ayuda del empoderamiento y de la firmeza de carácter. Lo más importante es soltar de una vez por todas los privilegios negativos de ser niños (esa gratuita irresponsabilidad), para comprometerse consigo mismo. No es solo dejar de contestarle a mamá el celular cada 5 minutos, ni escondérsele y capar ajiaco los domingos. Es, sobre todo, procesar desde el interior la partida, destetarse en un segundo nacimiento que dé paso a una íntima individuación, cortar el cordón de dependencia afectiva y los psicomodelos de amor, sexualidad y autoridad.

De esta manera, los hombres destetados podrán no solo tomar a sus mujeres (y como padres, a sus hijos) sino desarrollar su lado masculino como sinónimo de firmeza y no de machismo.

Las madres, por su parte, pueden emprender la retirada para, al fin, ver a su hijo como hombre. Así, observarán la metamorfosis de su niño, que se transforma en adulto empoderado y consciente, que quiere ser feliz y que lucha por edificar su madurez y su libertad. Las madres están acostumbradas a mostrar el camino, pero también pueden romper varios incestos: el económico (dejar de darle platica al hijo que anda llevado), el emocional (no caer en el juego que su hijo le consulte todo), el empresarial (liberarlo de la empresa familiar) y hasta el espiritual (perder la canonización frente a la nuera y el hijo).

La mujeres, las parejas de los edipiados, con suerte y algo de terapia, podrán entender que el amor no lo cambia todo, que hay hombres que nunca elijen crecer y que jamás las reconocerán, que serán “Aleidas” por siempre, mujeres agredidas por la tibieza de los hombres. Sin embargo, también podrán mandarle a su esposo un cable a tierra sin necesidad de perder su estatura de mujer. En primer lugar, deben poner límites, y luego, ocupar su lugar como mujeres completas, no como madrastras. Así ayudarán a estos prepúberes a superar su adolescencia. Eso sí, no caiga en la trampa de convertirse en su terapeuta, en la consejera, en la coach. Si no puede ser su pareja, al menos no sea su madre.

¿Cómo detectar una relación con un hombre edípico?

Recuerde que lo que empieza mal en el noviazgo, empeora en el matrimonio.

Si su novio ya tiene mucha mamá, su esposo será peor.

Observe la falta de carácter, la incapacidad de tomar decisiones y de responsabilizarse. Eso huele a Edipo.

Fíjese en el aspecto, si ese hombre no parece madurar y se ve siempre tan juvenil, tan sin rumbo, como una veleta esperando dirección.

Ojo con las madres excesivamente queridas, alcahuetas y manipuladoras. Jamás dejarán ir a su hijo.

Y en general, sospeche de los hombres tristes, depresivos, extraviados, flojos y febriles, artistas incomprendidos, financieros mal interpretados, administradores sin pasión.  

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