Cuando usted es igual a su papá

El miedo de heredar los defectos del padre, con frecuencia nos impide celebrar en nosotros la herencia de sus virtudes.  
Cuando usted es igual a su papá

Walter Black (interpretado por Mel Gibson en Mi otro yo) es un exitoso empresario, esposo y padre de familia. Pero tiene un problema: sufre de depresión. La ha heredado de su padre, de quien sabemos que se suicidó. Walter siente pánico, pero no puede hacer otra cosa que dormir. Su hijo mayor lo observa y piensa que lo único que no quiere en su vida es parecerse a él.

Del exitoso Walter sólo queda un ser fulminado, abandonado por sí mismo, derrotado. Es un manojo de culpas y dudas. Ha perdido toda esperanza. En algún pasaje de la cinta, el hijo mayor le confiesa a su padre: “De niño quería ser como tú, después crecí y ahora solo quiero ser otra persona”.

El canon vuelve a repetirse. De tanto alejarse de la personalidad del padre, también se ha alejado de sí mismo. ¿Qué tan malo es ser como papá? ¿Cómo integrar los fragmentos positivos de su personalidad sin tener que tragarlo o rechazarlo todo?

¿Para qué huimos del padre?

Cientos de hombres van por la vida en una carrera que los agota y les roba la energía. Si alguien los detuviera para preguntarles por qué corren o de qué huyen, responderían que van como “volador sin palo”, evitando que su padre los alcance. Y en ello han puesto todas sus fuerzas, las de su propia vida: en escapar de un padre que registraron de niños, una imagen no muy agradable que prefieren evitar y que creen que hoy los sigue persiguiendo.

Muchos de ellos dirían que huyen porque su padre era alcohólico, o rudo, o neurótico, o rígido, o simplemente porque los abandonó y juraron correr en la dirección contraria a ese hombre que pensaron los aguardaría, pero que sólo los rechazó. Quizás era un padre violento con el que no quieren toparse por el terror que les da contar hoy con fuerzas suficientes para enfrentársele y ganarle la batalla.

Sea por lo que sea, corren despavoridos como niños asustados, y asumen comportamientos antagónicos a los de su “viejo”, para evitar ser la fotocopia trasnochada del hombre que no quisieron, de aquel que habrían querido adorar pero no se dejó. Por eso lo siguen rechazando, porque para ellos ese viejo (no tan querido viejo), sigue siendo el mismo: una idea fija que se niegan a desmontar y que los mantiene en el rol de niños asustadizos, apropiados de un padre poco asertivo. Apegados a ese personaje que les hizo daño, pierden en consecuencia la oportunidad de verse como adultos que no necesitan huir de sus propios recuerdos.

Todo menos él

A manera de rechazo –ocurre consciente o inconscientemente durante la adolescencia–, estos jóvenes evitan parecerse a su padre y crean un libreto de comportamiento desde el rechazo: si papá era desordenado, yo seré muy ordenado; si papá nos abandonó, yo seré muy protector. Y así, saltan de una polaridad a otra, negando a ese padre pero construyendo su carácter desde el rencor y no desde la libertad. Ser lo contrario a su viejo es una guerra que están dispuestos a ganar aun a costa de sí mismos.

De hombre seguramente no será ni desordenado ni abandonador, como su padre, pero probablemente será un ordenado compulsivo o un protector asfixiante, con tal de cumplir la promesa de no parecerse a su viejo. Y aunque crea que se libera de su progenitor, se castiga a sí mismo, obligándose a comportarse de manera reactiva.

Por algún lado aparece

Sin embargo, esos rasgos que odiamos del padre, y que entendemos como negativos –tanto que los rechazamos recalcitrantemente– no desaparecen del todo. Se asoman tímida o dramáticamente de otras maneras. Quien huye de un padre abandonador, quizás trate de negar su ascendencia convirtiéndose en un hombre sobreprotector hasta la asfixia, al punto de impedir a sus hijos vivir su propia vida. Pero al mismo tiempo, muy probablemente se convierta en un abandonador de sus propias necesidades, de sí mismo, de sus proyectos, de su familia nuclear, de su propio cuidado, porque estará dispuesto a dar su propia vida para no abandonar a su nueva manada.

Es tanta la obsesión por lo que pretendemos evitar, que en ocasiones se convierte en el único motor de vida, en una bandera que nos ciega frente a las demás prioridades. La vida es, así, una batalla contra el pasado, o contra ese padre que rechazamos desde muy niños.

Aunque ese hombre huya de su padre y evite parecerse a él, en el fondo de su alma intentará buscar su origen, a pesar de la lucha consciente por arrancarse de su árbol genealógico. En silencio, en su interior, se irá cocinando un rasgo de carácter que lo acerque a su viejo, porque es su origen, y porque así luchemos por escapar del lastre de nuestra semilla, el alma de la familia, que tiene millones de años, nos invitará siempre a reconocer de dónde venimos.

Muchos aceptan su necesidad de energía paterna, el vacío que sienten cuando han huido del padre, esa raíz que les falta para ser árboles mejor plantados. Pero se niegan a mirar hacia su “viejo”, motivados por el daño que les hizo. Y allí se revuelcan, en esa idea de dolor con necesidad de ser vengado. Pero es bien sabido que revolcarse en los fantasmas del pasado no nos libera.

Es urgente que estos hombres vuelvan a mirar a su padre, no con el filtro que tienen grabado desde la niñez (maltratador, abandonador, borracho, golpeador, jugador, o lo que sea), sino con la perspicacia para reconocer en él a un hombre que intentó hacer lo mejor. Es necesario que interioricen a este hombre, no desde el juicio de niños atemorizados, sino con un ojo más “blandito”.

Deje de correr

Cuando esto suceda, cuando estos hombres reconozcan y acepten a su padre, no necesitarán correr más. De hecho, podrán despojarse de rasgos de carácter que los hacen sufrir, y que sólo apropiaron para llevarle la contraria al “viejo”.

El que se reconozca en este artículo, mire esta noche a su padre (vivo o muerto), no con los ojos del niño miedoso, sino con los ojos del hombre que es hoy. En silencio, haga las paces con él, ni siquiera tiene que decírselo, y encuéntrese con él de nuevo. Porque a pesar de que usted ya sea viejo también, necesita honrar su raíz para poderse plantar como un árbol fuerte sobre la tierra, un árbol de una misma especie pero con una savia propia y única que sólo puede surgir desde la libertad.

Parece la historia del Rey León: muchos huyen del padre tratando de no ser como él (a veces porque no creen merecerlo). Sin embargo, el destino los suele traer de vuelta para integrar al padre y ser quien se es: ¡un ser auténtico!