Antídotos para encontrar tranquilidad frente a la muerte

Morir no es una tragedia. Sólo sucede. ¿Cómo comportarse frente a la muerte? Consejos para encontrar la paz cuando alguien agoniza.
Antídotos para encontrar tranquilidad frente a la muerte

Durante mi ejercicio profesional he conocido toda clase de gente. He estado con personas sanadoras y con personas sabias; he tenido la gracia de tener excelentes maestros. Sin embargo, lo trascendente, lo realmente importante, lo aprendí en casa cuando pequeño, al lado de mis padres. Aprendí de ellos el amor por la gente doliente, el amor a los enfermos, y la solidaridad por los que estaban en situaciones menos afortunadas. También aprendí a honrar la vida, a vivirla sin guardarme nada. De adulto, mis padres me dieron otra gran enseñanza. Me regalaron su muerte. Durante ese trance, también me prepararon para la vida.

La primera persona que, de profesional, acompañé a morir, fue mi maestro de Gestalt, Guillermo Borja. Sin darme cuenta di comienzo de manera pragmática a la carrera de acompañar personas a morir, y a sus familias a soltar con ternura, dentro de lo que llamamos la bioética, que no es más que respetar los procesos, los tiempos y el equilibrio.

Acompañé desinteresadamente a padres de amigos, luego a desconocidos. Y tengo tantas dulces miradas de adiós en mis ojos…

Aprender a morir

Morir no es una tragedia, no es algo bueno o malo. Solo sucede. Es parte de la vida. Negarla es una tontería. En cambio, es posible cosechar una muerte tranquila, tanto para uno como para los que quedan. Parte del bien morir se aprende acompañando a otros a morir en paz, dedicándonos con amor a asistir a los moribundos para que partan con serenidad.

La verdadera inmortalidad es el desapego. Acompañar a alguien a morir es acompañarlo a soltar. Soltar no es algo que se aprende unas horas antes de partir. Soltar es una práctica, una filosofía de vida. Es estar en continua conciencia de la finitud de las cosas, de las relaciones, de las personas y de la vida misma. Por eso es muy importante transmitir a nuestros hijos desde muy pequeños los valores esenciales de la vida. Lo que no pesa como equipaje en la muerte, y es irrenunciable, es lo único que nos pertenece: amor, compasión y humildad.

Cuando alguien está muriendo, se confronta primero con lo que ha sido su vida, con lo lejos que se fue de sí mismo; luego, regresa por los laberintos del ego hasta llegar a lo sagrado de su ser. El tamiz de la muerte lo cierne todo. El secreto es ser consciente de ello, y vivirlo (o, literalmente, morirlo). En estas circunstancias, lo mejor es pedirle al médico que no camufle el proceso con tanta droga.

Cuando se acerca el momento, por lo general brotan los vínculos familiares aprensivos, y entre la persona moribunda y el sistema familiar se levanta un muro complejo de cruzar. Algunos de los familiares implicados permanecen bloqueados, en etapas del duelo anticipado, ya sea en la negación o en el milagro; otros tal vez pasen por la rabia (enojados con la enfermedad, con los médicos, con la vida misma o con Dios), y otros más estén en el dolor. Es muy importante ir caminando de la mano de la persona que muere y de toda la familia hasta llegar al amor, al amor incondicional.

El tiempo del moribundo es sagrado y a cambio de ser usado para la angustia y la fatiga del sufrimiento, y los protagonismos personales, puede ser utilizado para construir un espacio de paz, de reconciliación y de armonía. Todo esto deja una huella en el sistema por siempre: los niños sabrán que las personas mueren, pero no se pierden; vivos o muertos, sus padres siempre serán sus padres; vivos o muertos, los hijos siempre serán los hijos. Al fin y al cabo, la pertenencia a los que amamos va más allá de la muerte.

Instrucciones para asistir al que muere

• Aprende a escuchar. Trata de percibir todas las señales y escucha incondicionalmente y sin juicio las etapas que tu familiar reviva. Muchas veces surgen secretos, situaciones inesperadas que desestabilizan el proceso. Es importantísimo estar preparado para todo. Hay que dejar expresar lo no expresado, sin egoísmo, seguir en el amor incondicional, amor puro pase lo que pase, diga lo que diga.

• Acompáñalo. Siéntate a su lado, con la mente quieta, sin ruido, lejos de los temores de los demás. Míralo a los ojos con profundo amor y cógele la mano, acarícialo, expresa con tu gesto que le respetas, que estarás ahí lo necesario.

• Respeta sus silencios. Los carraspeos de garganta, los despertares repentinos, son a veces temas que están procesándose. No comentes nada, la persona necesita ordenar sus miedos y aligerar el equipaje para la partida. Honra su silencio y si necesitas llorar, hazlo, siempre mirando a los ojos al moribundo, no como un niño, sino como un adulto que ve partir un héroe.

• Respeta sus decisiones. Lo que decida es sagrado. En los procesos de acompañar a alguien a partir, este es uno de los puntos con los que más trabajamos los parteros del alma: el poner todo el sistema familiar receptivo a las decisiones de último momento que sacuden el sistema. Muchas veces la persona no se atreve a expresar sus decisiones para no crear peleas o dinámicas en el sistema. Es importante que los familiares le inviten a expresar sus decisiones y las respeten.

• Dale permiso. Déjalo ir, no detengas más la partida. Ellos esperan hasta que la última persona cercana esté lista para dejarlos ir. Por favor, concédele el visado, acércate a su cama y dile que ya cumplió, que está bien para ti, que tú te quedas y también después morirás, y que mientras eso pasa, prometes que harás de lo que te quede, una vida buena y muchos de tus logros se los dedicarás. En ocasiones es bueno arrodillar a toda la familia frente a la cama del moribundo y hacer una postración, una honra, una venia sentida, es hermoso ver a los grandes y pequeños juntos y en paz, inclinados frente a la majestuosidad del proceso de morir en el alma.

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