¿Vanidoso yo?

Hay una vanidad útil, aun en la línea de lo sano, y otra vanidad que nos posee y enceguece, transformando nuestros actos amorosos en materialismo espiritual.
¿Vanidoso yo?

La vanidad, el vicio maestro. Para algunos teólogos, es un pecado capital; para los budistas, uno de los grandes venenos del mundo moderno; para los occidentales, una virtud. Ni siquiera se considera síndrome o desorden en el manual de enfermedades psicológicas y psiquiátricas DSM. Para nosotros la vanidad es la manera de darnos valor, pertenencia y lugar, vendiendo nuestros dones, publicitando frenéticamente nuestros valores y atrincherándonos de manera arrogante en la información que acumulamos creyendo que es conocimiento.

Vanidosos somos todos de alguna manera en algún campo de nuestra vida, pues la vanidad trasmina todas las estructuras del ser humano y se apodera muy sutilmente de todos nuestros actos, poniéndolos al servicio del ego y no del alma.

Hay una vanidad útil, aun en la línea de lo sano, y otra vanidad que nos posee y enceguece, transformando nuestros actos amorosos, virtuosos y honradamente generosos, en materialismo espiritual. Es la vanidad enferma, esa que monta con nuestra vida una vitrina de ventas.

Dispuesto a todo con tal de ser vistoEs inevitable (pero limitado) relacionar el tema de la vanidad con la imagen de una mujer bella, vestida de diseñador de pies a cabeza, hipermaquillada y enamorada de su propia belleza, admirándose frente a un espejo. Inevitable porque es la imagen que por siglos nos han vendido. Pero, ¿quién dijo que la vanidad es potestad de ellas y de quienes se acercan al sofocante estereotipo de belleza?

La vanidad es propia del que quiere ser visto a como dé lugar, no importa si para ello tiene que cerrar el pico para que sus carnes lleguen a medir lo que dicen las revistas. O si, más bien, se pavonea por la vida criticando y gritando a los cuatro vientos que detesta a quienes lo hacen, sustentado en su inteligencia superior, la cual convierte, a su vez, en su más preciado tesoro, soportado por cientos de diplomas de universidades de renombre que le dan seguridad y autoridad para despotricar de los demás.

Sí, es tan vanidoso el que cuida su cuerpo de manera obsesiva y lo expone, como aquel que olvida su cuerpo y descalifica la belleza física, y en compensación se dedica a cosechar títulos universitarios que cuelga en todas las paredes de la casa, con el fin de llenar un vacío interno, y con la intención única de ser visto y respetado a expensas de su jugoso cerebro.La vanidad es cualquier cultivo exagerado de un talento, a expensas de los otros, con el fin de convertirlo en un huevito de oro que se carga en la mano, para que su brillo capture la mirada de los demás. Y tiene su génesis en la relación que tuvimos con papá y mamá, los primeros que nos amaron y se convirtieron en el referente para establecer las demás relaciones personales en la vida.

“Mírame, saqué 5.0”Algunos, por ejemplo, sólo eran reconocidos en casa por sus calificaciones escolares. Las notas altas eran el anzuelo para capturar el aplauso en casa; así que probablemente se volvieron unos académicos de gran calidad, y olvidaron otras facetas de su vida en aras de darle un valor enorme al saber, y así ser aplaudidos en el trabajo cada vez que se les ocurre una idea brillante. Estos vanidosos van por la vida restregándoles a los demás sus poderes intelectuales, o muchas veces van revestidos de una falsa modestia que se desvanece con facilidad cada tanto.

“Yo sí soy muy buena gente”Otros fueron abrazados y acogidos en casa sólo cuando se olvidaron de sus propias necesidades, para ayudar a los otros; así que van por la vida haciendo alarde de sus capacidades para reconocer lo que los demás requieren, y proveerlos aun a expensas de sus propios deseos. Pero, sobre todo, esperando que el resto de la humanidad reconozca sus gestos de bondad, generalmente exagerados, luminosos y llamativos.

“Mira todo lo que tengo”Y hay un caso muy típico, fácil de identificar: aquel que decide “engallarse” para sobrevivir. Ese personaje cree ser tan poco que opta por llenarse de accesorios. Suele sucumbir a un ataque de vanidad posterior a la descalificación o anulación que otros hicieron de él, y que asumió como verdad. Y, casi como un acto de venganza, más tarde regresa recargado: vuelve a casa lleno de objetos que le permiten darse valor, un carro, una casa, ropa de marca, productos de cuidado personal, en fin, una manada de chucherías que lo hacen sentir más valioso, y que los presenta como su gran fortín. Y como estamos en un mundo que le da un valor excesivo a las cosas, ese personaje encontrará eco en la propuesta que hace de sí mismo, es decir, encontrará que ese “nuevo yo” que ha construido, es recibido con admiración por los demás, hecho que alimenta aún más su enfermedad, su deseo de construir una identidad pegándose objetos encima que le permitan ser visto.

“Mírenme, yo no soy vanidoso” O no falta quien va por la vida haciendo “alarde silencioso” de su falta de vanidad. “Se las da” de estar absolutamente alejado de cualquier intención vanidosa, pero ese mismo voto de ausencia de necesidad de reconocimiento lo convierte en caballo de batalla para ser visto. Una falsa postura de ser iluminado, incapaz de dejarse tocar por ese pecado capital, impoluto y desprovisto de intenciones de superioridad, es otra forma vanidosa y odiosa de recoger la mirada de los otros.

Revise su vitrinaPero ¿cómo darse cuenta de que la mano se está pasando en el cultivo y la exposición de estos talentos, o atributos propios o accesorios, que lo están ahogando en la vanidad?Hay un ejercicio sencillo, y es revisar su propia “vitrina”, identificar eso que usted pone en primer plano, eso de lo que hace alarde, y que presenta de primero cuando ingresa a un lugar, cuando inicia una relación de pareja, cuando llega a un espacio laboral nuevo. ¿Es acaso su cuerpo, su apellido, su carro, sus diplomas, su pose de hippie, o la supuesta ausencia de todas las anteriores?¿Hay una sobreexposición de ello? ¿No se cansa usted de estarlo cultivando en exceso? Y, mejor aún, ¿qué pasa si quita de su vitrina ese elemento y deja ver otros aspectos propios que se han atrofiado a expensas de su obsesión por mostrar sólo aquello que cree que le da valor?Revise su vitrina y descubra qué hay detrás. Recuerde que muy a menudo, cuando la vitrina es muy grande y está demasiado iluminada, los otros se enceguecen con ella. Bájele un poquito a la sobreexposición, seguramente así usted mismo podrá verse mejor.

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