El trabajo también es una adicción

La trabajomanía es una adicción detrás de la cual se esconde el miedo a la plenitud. *¿Vivir para trabajar o trabajar para vivir? *Mejor trabajar sin dejar de vivir.
El trabajo también es una adicción

Para Mariza, la ejecutiva high potential de la próspera multinacional, cada día de su vida es un verdadero martirio: trata de encontrar el esquivo equilibrio entre la vida laboral y lo poco que le queda de vida personal.

La mayoría de fines de semana trabaja desde las salas VIP de los aeropuertos del mundo, y los pocos que logra aterrizar en casa, se encuentra con unos extraños inquilinos que son su familia: su esposo y sus dos hijos. En la mesita de la sala, la foto donde aparece de blanco le recuerda que está casada, y los zapatos de sus hijos regados en la sala la sacan de ese mundo lejano lleno de frases como “proactividad”, “valores corporativos”, “sinergias”, y la acercan al mundo de los abrazos y las miradas sinceras.

Los presentes comparados en el duty free del avión no alcanzan para disimular el abandono en que tiene a sus familiares, ni alivian el vacío que siente en su alma, el abismo que crece con su pareja. Es solo un reflejo de esta profunda enajenación en la que se encuentra atrapada. En el día parece una heroína que salva el mercado y las cuentas de la empresa, en la noche es una desdibujada mujer que echa a perder una familia. A la madrugada, cuando todos duermen y de manera eficiente ha cumplido como madre, como mujer y como hija, a hurtadillas, con culpa, tristeza y agotamiento profundo, prende su computador para calmar su ansiedad y mira por enésima vez la presentación de power point para el comité directivo de la primera hora de la mañana. Las horas pasan para esta víctima del mundo deshumanizado. Ella ahora es una enferma social que trabaja sin parar en un ciclo destructivo comparado con el de las peores drogas. Adrenalina, euforia (éxito), culpa; luego autocastigo, crisis, personal, de vida, de pareja, de soledad. El mundo del trabajo, entonces, se transforma de nuevo en una opción de escape, en la forma de huir del mundo interno, de sí mismo, y da comienzo al nuevo ciclo adictivo del  trabajólico.

No es la cantidad, es la intensidadEl alcoholismo no se mide por la cantidad de copas, sino más bien por lo que a la persona le sucede con el alcohol: cómo se transforman, cómo se pierden y se deterioran las áreas esenciales de su vida. La adicción al trabajo, de igual manera, no se mide por horas, ni jornadas, sino por la manera obsesiva y compulsiva de trabajar y de refugiarse en el trabajo para huir de sí mismo.El adicto al trabajo no solo no puede reconocer su situación, sino que sus mismos compañeros, sus jefes y hasta sus propios familiares, estimulados por falsos valores, alimentan su obsesión, confundiéndola con liderazgo, lealtad, alto desempeño, estatus, entrega y pertenencia. El adicto no se pone la camiseta de la empresa, se la tatúa, y así pierde su sentido propio de vida: entregándose al plan estratégico de la compañía. Es una persona que desde muy pequeño aprendió a vivir en el mundo de afuera, el de los resultados y logros, con una dura autoexigencia pero sin desarrollar un mundo propio fuerte para soportar el empuje del mundo de afuera. El trabajólico no reconoce su enfermedad, pues generalmente es aplaudido y admirado. No se da cuenta de que cada aplauso lo condena.

Una entrega mal entendidaEl trabajador compulsivo desarrolla tal vínculo de dependencia al trabajo, que se siente indispensable. Además, anda poniéndose metas y tiempos que romperá cíclicamente: “Después de la fusión de la empresa, podré bajar el ritmo”; “Al terminar la reestructuración, tomaremos vacaciones”. Para la persona trabajómana, siempre habrá una excusa y una oportunidad de mantenerse vinculada de manera obsesiva a la oficina, no solo rodeándose de sus compañeros de trabajo en fiestas y asados, clubes y deportes, para seguir trabajotemáticos y no salir de la dosis de ansiedad y adrenalina del trabajo; también, ayudado del abuso del BlackBerry hasta quedar encerrado en el círculo adictivo.No solo los yuppies son trabajólicos. Son todas aquellas personas que, a través del trabajo, expresan sus vacíos personales y sus procesos inconclusos. Un dueño de una panadería de barrio, se levantará a media noche para ver si dejó las cortinas de la puerta bien cerradas, o si apagó la greca de los tintos; mirará infinitamente la lista de fiados y, fijo, contará una y mil veces los refrescos de los estantes. Lo importante es destacar que esta manera de “trabajar” no tiene nada que ver con capacidad, es el síntoma de una obsesión que esconde inseguridades, presiones sociales y, probablemente, un perfil de personalidad adictiva, dependiente, carente de proyecto personal, de vida propia y de un sano equilibrio entre lo laboral y lo personal.No es extraño ver que algunos casos de adicción al trabajo desemboquen en otras adicciones, como al alcohol, a los ansiolíticos, a los estimulantes, a los antidepresivos, todos los cuales ayudan a esconder los estragos de su extenso paso por la oficina y sus 13 horas de reuniones, entrevistas y decisiones trascendentales. Detrás de todos estos síntomas se encuentra una familia que clama atención.

Escondido detrás del escritorioLo que suele suceder con los adictos al trabajo, es lo mismo que sucede con otras adicciones: que el trabajo es utilizado como paliativo frente a realidades que se quieren evitar a como dé lugar. Es así como puede darse el caso de personas que, frente a supuestas debilidades en otros ámbitos de su vida, vuelcan toda la atención o la energía al trabajo.Hombres y mujeres sin unas habilidades sociales, convierten su oficina en una guarida perfecta para evitar el contacto. Personas que tras una pérdida afectiva, de pareja o de tipo familiar, optan por resguardarse en los papeles y las reuniones, para evitar hacer contacto con el dolor, y así tapar una herida que tarde o temprano aflorará.Otros simplemente convierten sus capacidades profesionales en su caballito de batalla, en su carta de presentación, en su único escudero a la hora de presentarse frente al mundo. Y desde allí, impulsados por la inseguridad en otros aspectos de su vida, y por la vanidad que surge de este talento que han encontrado y explotado, brillan como una joya detrás de la cual van caminando por la vida. Es pues, esta compulsión, una manera de evadir la totalidad de la vida; una forma de sobrealimentar lo que se considera una cualidad, para ir poco a poco subestimando otras áreas sociales que, si no se atienden, terminarán haciéndose oír: familias en problemas, necesidades afectivas insatisfechas, dolores físicos, insatisfacción permanente.No busque el éxito sino plenitud, recuerde que cuando uno no se quiere, no valora a la gente que lo ama y la pone al final de la fila, al final del día. Escriba en su agenda por anticipado que las citas más importantes son con usted mismo, para caminar, para no hacer nada, para respirar y, por qué no, para curarse.   

 

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