La agonía del patriarcado

Hoy en la cúspide del mundo patriarcal y tecnólogo, el ser humano se ve más solo que nunca. Pobre en su calidad de vida y lejos de su espiritualidad.
La agonía del patriarcado

El hombre se ve arrinconado por las enfermedades modernas, las muertes violentas, las guerras, la barbarie y el egoísmo de unos pocos sobre millones. 

Nuestro mundo de pornografía y voyerismo real, de empresas esclavizantes y motivaciones nacidas desde la neurosis del hacer y el tener, son síntomas de una gran enfermedad terminal en nuestra sociedad. El patriarcado agoniza, el mundo de la razón se tambalea, las grandes civilizaciones exaltadas en nuestra historia parecen romperse, y la cultura basada en dominio patriarcal como una manera de vivir que nos ha traído guerras y hambrunas y que aún no sale de la barbarie, parece llegar a lo profundo del hastío.

El patriarcado muere y con él se cierra un capítulo en la historia de la humanidad que dio comienzo hace 7.000 años, cuando los hombres irrumpieron en las comunidades agrarias, derrocaron a la cultura matríztica e impusieron la nueva ley del más fuerte, el más violento, el sometedor y poseedor: el patriarca.

Una historia triste

Las leyendas susurran sobre una humanidad matríztica que vivía en un antiguo orden, maravilloso y en paz, hasta que los cambios climáticos de esas épocas, las glaciaciones y las inundaciones obligaron al hombre y a la mujer a volver de nuevo al nomadismo. Se cree que algunos machos se agruparon en tribus de combate yendo por el mundo, ya no cazando animales, sino cazando hombres, tribus, pueblos enteros, matando, robando y sometiendo comunidades, con una postura insensible, predatoria y agresiva para poder asegurarse la sobrevivencia. Este modelo de vida convirtió el mundo en un escenario de guerras y dominios, dando un gran revés histórico: “volver a las cavernas”. Desde allá nos viene la neurosis social que vivimos a diario. De un lado tenemos una gran aldea humana en un mundo abundante, con una tecnología avanzada y una consciencia planetaria; y por el otro lado, una vieja mente patriarcal que se moviliza desde la carencia y el trauma conservacional y somete, acumula, rinde, usurpa, excluye y alimenta la guerra, para exaltar su existencia.

Esta dinámica polarizante es el día a día de cada uno de nosotros, que tenemos un alma humana solidaria y un gladiador desalmado, competitivo, individualista y carcelario. A pesar de haber pasado 7.000 años, seguimos encomendados a este estilo de vida machista, jerárquico, guerrerista, oportunista, sin respeto a la vida y con valores más en el mundo de lo económico que de lo ético y espiritual.

La cultura patriarcal, sin embargo, y a pesar de todos los esfuerzos de mantenerla, está cayendo como un gran coloso. No solo colapsan las economías del mundo, se fractura la complicidad pasiva de los jóvenes que ahora reclaman su vida y su derecho de ser, se retuerce con la voz de la mujer exigiendo equidad e igualdad de condiciones y se adelgaza con las nuevas propuestas reeducativas basadas en el amor, las emociones y las relaciones. El patriarcado cae por su propio refinamiento, cae la cultura de los patrones dominantes; caen los promotores del poder y de las guerras; se quiebran desde dentro los dueños de la verdad y de la ética al servicio del dominio; se resquebrajan en un crujir sin lamento de tantos siglos de usurpación tiranizando con el miedo y proyectando con la guerra como medio de mantenerse, someter, alinear, excluir y silenciar al otro.

La mente patriarcal

“La mente patriarcal”, como le llamó hace 25 años el psiquiatra Claudio Naranjo, está centrada en la apropiación, la jerarquía, la enemistad, la guerra, la lucha, la obediencia, la dominación y el control. Es, en resumen, nuestra cultura Occidental, que se manifiesta por conductas agresivas en todas las direcciones, contra el cielo y la tierra. La mente patriarcal es la tiranización de la razón y el intelecto por sobre nuestras partes espirituales, emocionales y sociales. Es una mente entrenada desde el kínder para dominar, no para compartir, para ganar y rendir al otro, a través de memorizaciones de un manual de guerra y sobrevivencia, no de solidaridad ni amor. Es como si la mente de nuestra humanidad se hubiera quedado anclada en el neolítico y no alcanzara a comprender que aún hay suficiente espacio para todos en nuestro planeta, que la ley de la abundancia es compartir, que todavía hay tiempo para girar y que aún podemos convivir en paz y en armonía entre nosotros y con el planeta.

Sin embargo, en el ADN espiritual de la humanidad la vieja cultura matríztica todavía palpita como parte de nuestro inconsciente, y va brotando como un nuevo viejo mundo de amor. El científico chileno Humberto Maturana, fundador de la Escuela Matríztica de Santiago, lo expresa más o menos así: “Más allá de la indiferencia, la apatía y el egoísmo reside un sistema humano social en donde podemos vivir en interdependencia, de manera armónica, autónoma, a través del respeto, la solidaridad, la cooperación y el amor”. Esto es romper la tiranía de las creencias patriarcales y motivar a cambio unas creencias expansivas, incluyentes y desafiantes que estén al servicio de la humanidad a través del amor.

La fuerza de lo femenino

Terminar con el patriarcado no es irnos al matriarcado, que es la contracara de la misma enfermedad. La única diferencia entre la cultura patriarcal y la cultura matriarcal es que los que dominan no son los hombres sino las mujeres. La cultura matríztica se arraiga en la fuerza de lo femenino para abrirle paso a una nueva conciencia. La cultura matríztica cimienta el equilibrio entre lo masculino y lo femenino, afirma la fuerza de lo femenino por encima de las jerarquías, y nos invita a una convivencia participativa y de confianza, más allá del control y de la autoridad sometedora. La cultura matríztica rompe los vínculos viejos de dominio a cambio de respeto por el otro, dando lugar al otro en su diferencia y honrándolo en su diversidad.

Deja el pensamiento duro a cambio del blando, recrea una nueva sociedad basada en el respeto, no en la uniformidad y en la obediencia, con una cultura basada en la multiversidad, con derecho a la interacción y a la construcción con el otro y para el otro, de realidades y espacios alternantes en donde no exista una verdad absoluta, ni una sola dirección ni un solo camino. La cultura matríztica ve al ser humano y al mundo en la plenitud de sus manifestaciones, y los honra para vivir el amor como la máxima aceptación del otro.

 

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