¿Qué hacer cuando su hijo quiere cambiar de colegio?

¿Qué hacer cuando su hijo quiere tomar semejante decisión? ¿Imponer o acompañar? Primero que todo, sea papá.
¿Qué hacer cuando su hijo quiere cambiar de colegio?

Los adolescentes tienen mala fama. Se les tacha de manipuladores, de perezosos y hasta de individuos con vidas absolutamente cómodas y sin sentido, todo producto del señalamiento de los adultos. En medio de la maraña de prejuicios que nos ponemos frente a nuestros ojos para observarlos, calificarlos y juzgarlos, nos perdemos de ver, escuchar y sentir sus discursos sinceros y sus preocupaciones más profundas.

Sus padres siempre piensan que los negocios por concretar, el aumento salarial, el ascenso laboral, o conseguir dinero para pagar el sobregiro en el banco, son problemas realmente sustanciales, problemas reales frente a las preocupaciones que un joven puede plantear en medio de un almuerzo familiar el domingo –generalmente el único espacio compartido–. Suelen ser naderías frente a las obligaciones paternas.

“Papá, me quiero cambiar de colegio, no estoy contenta”. El papá responde: “Es un colegio caro, cuesta pagarlo y entrar fue toda una odisea, cállate y sigue comiendo”.

“Mamá, ya no quiero asistir más a las clases de guitarra, ¿sabes?, ahora me gusta el canto”. La mamá responde: “Coja verraquera, yo no voy a perder esa plata, y acuéstese pronto que mañana toca madrugar”.

Se trata de respuestas inmediatas que hacen parte de un papel que muchos padres juegan porque subestiman de entrada el día a día de sus hijos. Creen que no saben qué es realmente una preocupación, y por eso cortan de un tajo cualquier posibilidad de comunicación auténtica, más aún cuando ésta supone abandonar una actividad o un proyecto.

Cosa muy distinta les sucede a muchos padres cuando llega su amigote de la oficina, o la vecina de al lado a contar sus penas. “¿Cómo fue, qué sientes, qué necesitas, qué podemos hacer?”. Con ellos sí piensan en plural, pues asumen que los problemas de adultos sí son legítimos.

Los padres son perfectos tutores con los amigos: les hacen seguimiento a los casos, entiéndase peleas de pareja, problemas de trabajo, necesidades económicas, y todo lo que constituye “problemas de verdad”. Pero, acaso, ¿no se puede ser tutor de los hijos? ¿No pueden ellos ser acompañados en sus preocupaciones más allá de un grito que desahoga el peso de pagar un colegio caro o unas clases de esto o aquello?

Es cierto, a veces los pelaos abandonan los proyectos con facilidad, prefieren quedarse en casa, optan por visitar a los amigos en lugar de ir donde la abuela, pero aún así, siguen teniendo preocupaciones que necesitan atención.

Y es cierto, a ellos no les corresponde pagar la luz ni el agua, “reventar para el mercado”, aunque en Colombia muchos sí lo hagan desde muy temprano; pero su momento de vida les pide atención en otros temas que son vitales para su desarrollo como adultos.

¿Será verdad o será que quiere tirar la toalla sin intentarlo?Quizás ella o él realmente están aburridos en un colegio donde no se sienten cómodos, por ejemplo. ¿Conoce usted las razones? ¿Ya se sentó con ella o él para preguntarle qué le está molestando? ¿Le ha propuesto que no lo abandone tan rápido para revisar si está segura o seguro de su decisión? ¿Le planteó opciones para intentarlo? ¿Ha observado con ojos “blanditos” un par de semanas más para ver cómo van los ajustes propuestos? ¿Analizaron juntos las consecuencias de abandonar el colegio? ¿O simplemente se cerró el tema porque usted es el que paga?Los adultos se arrepienten de ciertas elecciones, deciden dejar cosas que ya no quieren hacer y que antes escogieron; se sienten incómodos en ciertos sitios por el trato que reciben y deciden emigrar. Los jóvenes  también. Aunque a veces abandonen sin luchar lo suficiente, en muchas ocasiones lo hacen con un deseo auténtico que quizás usted no está escuchando.Confíe en su sabio interior, crea en su intuición para darse cuenta de si su hijo está botando todo sin intentar, sin revisar lo que eso supone, sin darse una oportunidad de continuar acompañado de usted, durante el proceso de análisis de la situación.Escuche a su hijo, obsérvelo, y conéctese con el adolescente que usted también fue, para desde allí chequear qué tanto hay de esa actitud de “nada me importa”, o qué tanto malestar o incomodidad real está experimentando en medio de una situación que quizás usted tampoco aguantaría.Pero para eso hay que desabrocharse un poco la corbata, o bajarse de los tacones 9 y medio, para adoptar y vivir su rol de papá o de mamá. En casa usted no es supervisor, ni gerente, ni jefe de logística. En casa es importante quitarse el uniforme y sentir el corazón para que pueda reencontrarse con su hijo –seguramente él o ella lo necesitan–. Para ganarse su confianza y que le permita entrar a su espacio, es prudente que suelte por un momento la blackberry o el celular –como lo hace cuando asiste a reuniones importantes–. Así seguramente la conversación será más fluida. Es necesario dejar hablar. Él o ella quieren contar su versión de los hechos, es su derecho. Y para escuchar, resulta indispensable que se quite las ideas fijas que se atraviesan entre su hijo y usted, para que lo pueda mirar más claramente. Así como usted tiene enormes talentos, que pone al servicio de otros fuera de su casa, esta vez puede ponerlos al servicio de su descendencia, de su prole, para acompañar más allá de la acusación. Usted conoce a ese jovencito o a esa adolescente que tiene al frente. Mucha conexión existe entre ustedes, aunque la ausencia haya sido la protagonista de su historia. Siéntese por un momento junto a él o junto a ella, y experimente esa sensación de “yo te conozco de antes”, te acompaño, te creo. Desde su experiencia de vida, sea testimonio de alguien que sigue el camino del corazón. Los hijos reconocen eso, lo sienten, y puede que lo adopten. Desde allí, las decisiones se sienten, y no sólo se toman. Allí habita el deseo auténtico.

 

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