Un consejo para ser feliz: ¡observe la realidad!

/Las cosas son tal como se nos presentan  pero por una manía cultural la disfrazamos a nuestro acomodo. El resultado: nuestra propia infelicidad. /
Un consejo para ser feliz: ¡observe la realidad!

Mónica entra a mi consultorio para hablar de sus hijos, pero yo veo otra cosa: el cuerpo firme de una mujer de no más de 40 años, las arrugas pronunciadas de quien ha cargado el lado pesado de la vida, la boca marchita de quien se ha tragado sus palabras y la pose cerrada de las mujeres que han sido abusadas psicológica o físicamente. Le pregunto: ¿Por qué no me habla mejor de su relación con el padre de sus hijos? Ella se queda sorprendida por un momento y acto seguido se desarma en llanto. Ahora el tema no son sus hijos sino su duelo inconcluso, la rabia anquilosada que la mujer enterró durante años.

Pablo entra a mi consultorio con el ceño fruncido y la mirada desafiante. Tiene 42 años y una chivera cuidadosamente delineada. Pero sus pasos son inseguros y torpes como los de un niño. Empieza a hablarme sobre dificultades interpersonales, deseos que no se concluyen, filosofías existenciales que redundan en carencias económicas. Le pregunto: ¿usted con quién vive? Su semblante cambia, devela un rostro infantil y su actitud se desempodera instantáneamente: “vivo en casa de mis padres”. Ahora el tema no son las extrañas filosofías sino su negación a crecer, su comodidad y la irresponsabilidad que lo tienen encerrado a los 42 años en el regazo de su madre.

¿Qué tienen estas dos historias en común? En ambas se pone en juego un atributo tan extraño, secreto, desusado, ajeno a nosotros, que hace que nos asombren en un primer momento: el poder de lo obvio. En cada una de ellas se pone el acento en el dato inmediato, lo que se muestra a los ojos, lo que perciben los sentidos, y no en el ruido mental y el discursivo al que nos hemos habituado. ¿Cómo perdimos el poder de lo obvio?

A mi manera de ver perdemos el poder de lo obvio por varias razones íntimamente ligadas, que describiré a continuación: •    La duda en nosotros mismos: bombardeados por dobles mensajes, contradicciones y ambigüedades, aprendimos de niños a renunciar a nuestro verdadero criterio. A muchos nos negaron lo que era evidente: el odio entre nuestros padres, el contacto sexualizado de algún progenitor, la incomodidad que nos generaba la profesora neurótica. Y así aprendimos a no creer en lo obvio. •    La compulsión al maquillaje: muchos aprendimos a maquillar la realidad para hacerla más tolerable. Y todos sucumbimos ante la apuesta que dice que es mejor sacrificar el realismo en pro de la diplomacia. Y así nos fuimos perdiendo en los maquillajes que fuimos construyendo. •    La ilusión del apego y la negación: creemos que las cosas desagradables dejan de existir si las negamos y que las cosas agradables siguen existiendo si nos aferramos a ellas. Esto, obviamente, es una ilusión tan poco realista y efectiva como la estrategia del avestruz. Y resulta que tanto la negación como el apego son formas de apartar la mirada de lo obvio, de no aceptar las cosas tal y como son, y de separarnos de la realidad. •    La racionalización: cambiamos la experiencia de la vida por las ideas que nos hacemos de ella. Y olvidamos que esta máquina de pensamientos compulsivos solo busca mantener vigente una autoimagen que hemos ido construyendo y no nos ayuda a vivir más plena y libremente. Nos perdemos en fantasías de un pasado que ya no existe y de un futuro temido y deseado. •    El adormecimiento de los sentidos: de tanto pensar fuimos perdiendo nuestros sentidos. Algunos sacrificaron su vista; otros, su oído; aquellos, su tacto. De una u otra forma perdimos el contacto real para permanecer en nuestras fantasías. Y sin los sentidos abiertos, cargados y afilados, lo obvio se nos esconde como el paisaje entre la niebla. •    La adicción al control: Nos volvemos controladores en el preciso instante que nos evadimos del presente y subestimamos la importancia de la atención. La vida no se muestra a quien controla sino a quien la atiende. ¿Cómo volver a conectar con el poder de lo obvio?

•    Imite la confianza hasta que la tenga. Porque mientras no se dé el derecho de ver lo que ve, escuchar lo que escucha, sentir lo que siente, querer lo que quiere y pensar lo que piensa, usted no tendrá la base necesaria para el poder de lo obvio. •    Deje de maquillarse tanto y deje de maquillar la vida. Trate de ser franco, auténtico, directo. Concientícese de que vale más el realismo que la diplomacia, en la mayoría de los casos. Cuando maquille, recuerde que el maquillaje es un sustituto que no debe confundir con la realidad. •    Cambie sus expectativas, negaciones y miedos por una mayor capacidad de aceptación. Deje de pedirle a la vida que sea distinta y ábrase a experimentar tanto lo que le gusta como lo que le disgusta. Verá que cuanto mayor sea su ecuanimidad, más capacidad tendrá para utilizar el poder de lo obvio. •    No intelectualice tanto. Haga un voto por experimentar en lugar de fantasear. No  explique ni justifique. No pregunte tanto por qué. Aprenda a volver a los datos concretos. ¿Qué ve? ¿Qué siente? ¿Qué toca? ¿Cuál es el dato desnudo que capta de la realidad? Descríbalo. Esto le ayudará a experimentar la vida en lugar de racionalizarla. •    Abra sus sentidos, quiéralos, cultívelos, investíguelos. Juegue son sus ojos, oídos, tacto, gusto, olfato y hasta con el sexto si quiere. Toque la realidad, haga contacto con ella en todas sus formas. ¡Salga, por favor, de su cabeza! Así volverá a acceder al poder de lo obvio. •    Y por último, esté presente, viva aquí y ahora, confíe en su atención y vaya soltando lentamente su adicción al control. Esto abrirá el espacio para que lo obvio emerja ante usted con toda su contundencia y poder transformador.