¿Cómo aprender a perdonar a los que hicieron la guerra?

El proceso de paz que se avecina va a necesitar de una disposición sincera para aceptar a los desmovilizados de nuevo entre la sociedad.

Todos sabemos que una cosa es un proceso de negociación política que lleve eventualmente al cese de la confrontación armada de este país y otra muy distinta el proceso que debe darse en los corazones de los diferentes actores del conflicto, especialmente las víctimas y la población civil. Por eso quiero que abordemos el tema del perdón. ¿Cómo hacer para convivir con personas que anteriormente fueron asesinos, secuestradores, narcotraficantes, explotadores de niños; que ponían bombas y minas antipersona, que perpetraron masacres, que destruyeron comunidades enteras? ¿Cómo hacerlo sin que medie la cárcel del resentimiento, el odio y la venganza en dicha convivencia?

El perdón es, antes que nada, una experiencia. Esto significa que es íntimo e indelegable. Afecta las dimensiones de nuestro pensamiento, de nuestras emociones y de nuestra conducta y no se restringe a ninguna de ellas de forma aislada. El perdón no se instruye, ni se induce, ni se obliga.

Es necesario tener en cuenta que el perdón es una decisión de la víctima. Nadie puede exigírselo ni forzarlo. Ni los perpetradores, ni los grupos políticos, ni nadie. O se tiene voluntad de perdonar o no se perdona.  Perdonar significa renunciar a cobrar una deuda, a una obligación o a ejercer un derecho. El que perdona transforma su relación de dependencia con el perpetrador, ya que suelta su resentimiento y renuncia a la venganza o al justo castigo. Su bienestar ya no depende de qué haga otro o de qué le suceda. El perdón es inusual, atrevido, ilógico, extraordinario. Implica trascender la justicia natural del “ojo por ojo, diente por diente”. 

Con justa razón decía Gandhi: “Ojo por ojo y el mundo acabará ciego”, ya que esta clase de justicia es la base de la violencia, que todos ejercemos de alguna manera: la del sicario pobre y maltratado, la del guerrillero secuestrador que no tuvo oportunidades ni riquezas, la del violador que fue abusado, la del conductor iracundo que fue cerrado por otro carro y la del padre de familia tirano que fue aplastado por su propio padre. 

Del perdón a la libertad

El perdón es libertad de varias formas. Por un lado, la de reconocer que, aunque no podemos elegir lo que nos pasa, sí podemos elegir qué hacer con lo que nos pasa; por otro, la de transformar la inercia del destino a través de una nueva lógica más profunda: la de la compasión; y por último, la de no depender del victimario para liberarse de la cárcel del resentimiento o de la sed de venganza.

El primer beneficiario del perdón es quien perdona. Él es quien se empodera, dignifica, concientiza y transforma. El Dalai Lama dice: “Si no perdonas por amor, perdona al menos por egoísmo, por tu propio bienestar”.

Ahora bien, hacerlo pasa por la decisión de hacer algo distinto con el dolor, las heridas y el resentimiento. Conozco a una persona entrañable, víctima y victimario en la guerra colombiana. Un día, en pleno proceso de desmovilización, un sicario mató a su hermano. Su madre le puso un revólver en la mesa del comedor y le dijo: “Aquí tiene mijo, pa que haga lo que toca hacer”. Mi amigo le dijo: “¿Sabe una cosa, ma? Ese sicario, como yo, tiene un hermano y una mamá; no le voy a hacer lo mismo, porque hay que acabar con esta guerra. Yo le voy a mandar un mercado”. Y así empezó un poderoso movimiento de paz interior que impulsó a un dinámico movimiento social que ha cambiado la vida de muchas personas.

Quiero decir que no creo en el perdón instantáneo y fácil. Me parece más perjudicial perdonar ficticiamente que no perdonar. El perdón es o no es. Por otro lado, perdonar no es negar lo que pasó, ni olvidar. Es recordar sin la amargura de las cosas que están pendientes, es soltar el peso del resentimiento; es aceptar lo que pasó, incluso lo terrible, con la libertad del que ya no empeña su camino ni su integridad.  

Hablamos en todo caso de una tarea difícil que lleva su tiempo, que requiere de un proceso y dar muchas y muchas vueltas. Al perdón se llega solo después de un trabajo. Quien se ahorra este trabajo no perdona, se engaña vanidosamente a sí mismo y a los demás.

El trabajo para perdonar

Lo primero que hay que hacer es reconocer y denunciar con total honestidad la dimensión del daño. Solo va por buen camino quien acepta la realidad de su herida y alberga sin juzgar las emociones que esta genera: dolor, ira, culpa, sed de venganza.  Hay que hacer un profundo acto de verdad: “Fui violado, fui aterrorizado, fui abusado”; “odio a mis victimarios, la ira que siento es superior a mí”. Ese es el único punto de partida realista.

Es necesario procesar las emociones sin juzgarlas, reprimirlas o negarlas. La diferencia no está en qué emociones sentimos, sino en lo que hacemos con ellas. Mientras el perpetrador va al acto de venganza, quien ha decidido cambiar el curso de las cosas abre espacios para expresar creativamente su odio, su dolor, su resentimiento, sin dañarse a sí mismo ni a los demás. La ira hay que procesarla, si hay que gritar, hay que gritar; si hay que golpear, hay que golpear (a un objeto, por ejemplo); si hay que hablar, hay que hablar. Pero procesar las emociones requiere de acciones, de cuerpo, de actos.

Lo anterior abre el espacio para una visión más profunda que comprende de qué manera todos somos parte del círculo de la violencia. Esta mirada ve al otro más allá de las circunstancias, ve la tragedia que vive el perpetrador en su profunda ignorancia, ve que el otro, por ser humano, también necesita libertad, bondad, amor, pero todo lo que tiene es la expresión violenta de esa ignorancia.

Lo último es renunciar a las coartadas que nos brindan el odio y el resentimiento, y hacernos cargo de nuestro dolor y de nuestro recuerdo. Es poner nuestra herida fundamental, ya no en manos de otro, sino en la intimidad de nosotros con la vida. Es ejercer nuestra libertad y no buscar disculpas para seguir eludiendo la entrega y el amor, los únicos antídotos efectivos contra el rostro terrible de la vida.

 

Foto: iStock.

 

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