¿Cómo conseguir una verdadera renovación espiritual en navidad?

El psicólogo Juan Sebastián Restrepo nos recuerda que la navidad es una época de reiniciar una nueva era y dejar atrás viejos obstáculos. ¡Alégrese de verdad!  
¿Cómo conseguir una verdadera renovación espiritual en navidad?

La navidad fue alguna vez un ritual de profundas implicaciones psicológicas, familiares, sociales y espirituales. Era una época para retornar decididamente a la dimensión espiritual –simbolizada por la celebración del triunfo del sol sobre el invierno, el nacimiento de Cristo o la generosidad de San Nicolás– y así nutrir el alma para encarar los rigores del nuevo año. Ahora es una contradictoria mezcla de religiosidad, capitalismo salvaje, expectativas incumplidas, regalos sin alma, tensiones familiares, remordimientos y mucho estrés. No es gratuito que los casos de depresión y suicidio se incrementen en un 40% en esta época.

La celebración de la navidad remonta sus orígenes a la antigua Roma donde se celebraba la Saturnalia, una fiesta que conmemoraba el fin de la cosecha y la renovación de la luz en el punto más oscuro del año: el solsticio de invierno. Marca un quiebre donde la luz renueva su fuerza en el advenimiento del nuevo año. También se le llamaba el nacimiento del sol inconquistable.

En el siglo IV la Saturnalia es integrada al Cristianismo como medio para convertir a los ciudadanos paganos. Bajo el reinado del emperador Constantino la iglesia declara el 25 de diciembre como el día en que se celebra el nacimiento del Salvador. En ambos casos se celebraba –primero, con el triunfo del sol sobre la oscuridad; después, con el advenimiento del Salvador de los hombres– el profundo misterio de la vida, la consciencia y el sentido que triunfan sobre la muerte y el sinsentido.

En ambos casos se alteraban las leyes normales de la cotidianidad: se abolían los deberes, se congregaban las familias, se repartían gratuitamente obsequios y banquetes. Pero lo más importante es que los dos implicaban un encuentro con lo sagrado, un tiempo donde se volcaba la atención desde el mundo hacia lo divino, y el alma se abastecía por un momento de la celebración del misterio.  

Volver a celebrar el misterio

La navidad es aún un patrimonio colectivo. Pero su fuerza no proviene ya de la celebración del misterio, sino de un aparato productivo que desde el “viernes negro” de la acción de gracias multiplica sus ventas y hace los dividendos más importantes del año.

No nos digamos mentiras, todos vivimos en función de la navidad porque todo el aparato económico se configura a partir de esta. Industrias, centros comerciales, gobiernos, todos ajustan sus ritmos a ese momento del año, donde una obligación social nos junta para comprar regalos y salir de vacaciones. La navidad no empieza ya finalizando noviembre, sino incluso desde octubre. La publicidad se disfraza de villancicos;  en las vallas vemos juntos a Santa Claus y el niño Jesús; se arman pesebres con nieve y renos en centros comerciales ecuatoriales.

Se utilizan las imágenes, los mandatos culturales, llamados pseudoreligiosos y una característica melancolía familiar producida, para multiplicar el consumo en todas sus manifestaciones. Todos caemos hipnotizados en este refugio artificial de la navidad. Todos nos vemos obligados, por el efecto de este movimiento, a ser felices, a volvernos más familiares y a celebrar algo que generalmente desconocemos. Algo nos dice que es tiempo de dar. Pero es un dar marcado por el alma del consumismo. La compra de los regalos tiene el agridulce de los deseos insatisfechos, del trabajo empleado en satisfacciones efímeras y de la comparación constante.

Es parte del ritual padecer los trancones extenuantes en los centros comerciales, hacer las filas en las cajas registradoras que suenan rítmicamente. Las caras de las personas se ven cansadas, ansiosas, fuera de todo centro. El observador atento se dará cuenta rápidamente de que todo el escenario navideño produce todo, menos la paz que promueve. Todos sabemos que llegaremos a ese día como quien va con una tarea a medio realizar, sufriendo por los regalos que no alcanzamos a comprar, por falta de liquidez o de tiempo, sintiéndonos culpables por los ausentes de nuestras posmodernas familias fracturadas y recompuestas.

Los niños lloran porque no se abren los regalos, porque no reciben del niño Dios o papá Noel el modelo que pidieron, y una vez los abren se puede ver rápidamente la cara del que se siente damnificado al haber recibido un regalo menos valorado que el de los otros. Es el espacio perfecto para que un padre pueda sentir la magnitud de su frustración vital: otros padres dieron regalos mejores.

El 25 de diciembre no se siente generalmente en el cuerpo como un día donde amanecemos renovados, sino que cargamos una profunda resaca emocional. El día para el que llevamos un año trabajando pasó fugaz como todos los días. Unos deseos quedaron sin cumplir y los regalos desempacados ya no tienen el brillo que tenían cuando eran sueños. Algo falta, aunque las cosas salieron muy bien y el pavo quedó maravilloso. Faltó el verdadero homenajeado de la noche: la celebración del triunfo de la luz o el nacimiento de lo divino en el hombre. Lo olvidamos entre los trancones, el pavo y el papel celofán.

Y como es de esperar, la celebración sin el homenajeado se convierte en una fiesta sin alma. En fin, en lugar de abrirnos la puerta a la participación en el misterio de la vida y de la muerte, las navidades que vivimos dejan el sabor amargo de los rituales vacíos y de las cosas que se repiten hasta el hartazgo. Rescatar la navidad

Haga de la navidad una verdadera celebración. Aproveche para decir gracias por la vida que tiene. Identifique qué partes de usted deben morir con el año que pasa. Revise nuevamente  el propósito profundo de su vida para que deje de ser un simple sobreviviente. No le dé tantos regalos a gente que no le importa y regálese usted mismo a los que sí le importan. Sobre todo, dese tiempo para recuperar el alma perdida entre el sonambulismo y el afán. Recobre el misterio fértil de la vida que goza y prepárese para celebrar un nuevo nacimiento interior. Recuerde: la navidad es para nacer.