¿Cómo manejar el duelo después de un suicidio?

Todos en distintos momentos de la vida nos vemos obligados a afrontar procesos de duelo de los cuales debemos recuperarnos.
¿Cómo manejar el duelo después de un suicidio?

Todos perdemos lo que amamos; es parte de la vida. Las pérdidas nos empujan a vivir crisis y transformaciones que atraviesan todas las dimensiones de nuestro ser. El trabajo del duelo es un concepto que alude a este proceso integral que hacemos cuando vivimos una de ellas.

El duelo, si bien es natural, requiere de nosotros una actitud de no-evasión, de apertura y de honestidad para llegar a buen término. Y también exige la realización de las siguientes tareas: a) aceptar la realidad de la pérdida, asumir que nuestro ser querido murió realmente y no volverá nunca más, b) elaborar las emociones, viviéndolas y expresándolas auténticamente, c) readaptarse a la falta y d) darle un lugar justo al fallecido, honrándolo por haber hecho parte de nuestras vidas y dándole un lugar en el corazón que no nos arrebate nuestra entrega a la vida.

Ahora bien, el impacto y las implicaciones psicosociales del suicidio dificultan las formas de realizar el trabajo de duelo. El suicidio es un evento crítico inesperado. Nos coge por sorpresa, aunque sea avisado. Esto hace que el trabajo de aceptación sea más difícil y que nuestras expectativas y esquemas para entender la vida sean cuestionadas.

Por otro lado, el suicidio es un acto proscrito en nuestra cultura influenciada por el catolicismo. Recordemos que los suicidas son excluidos del funeral católico. Esto genera exclusión en términos sociales y familiares: quien se suicida es un paria. Esto presupone un trabajo deliberado de inclusión de quien se suicida. ¡Hay que darle el lugar justo en nuestros corazones y en nuestras familias!

La radicalidad del acto, que contraría nuestro miedo más profundo, hace que sea difícil ponerse en los zapatos del suicida. Este cruzó un umbral que no considerábamos abierto. Hay que desmitificar el acto sacándolo del secreto y del tabú para quitarle el efecto doble de alejarnos de quien lo comete y de invitarnos a seguirlo.El suicidio es una forma de violencia: es matar y es destruir. Esto genera situaciones emocionales complejas, donde se encuentran y contradicen la rabia, el resentimiento y el dolor. Por eso, una ayuda externa puede ser importante para aprender a ordenar y elaborar las emociones en conflicto.

Pero también es la señal de que el umbral del sufrimiento supera el punto de lo soportable. Esto genera mucha frustración y culpa. En este punto es fundamental el trabajo de aceptación: somos pequeños para ahorrarle el sufrimiento a los otros y no podemos gobernar el destino de nadie.

El suicidio es un acto que denuncia y confronta lo que no funciona en nuestras familias. Aquí es importante que demos un paso de la culpa a la responsabilidad; que en lugar de condenarnos, reconozcamos la necesidad de asumir un cambio y hacerlo. Es tarde para algunas cosas, pero aún es tiempo para no hacer más honda la tragedia.  Lo más difícil de entender y aceptar es que el suicidio es una elección libre. Tratamos de explicar todo para quitarle la elección al suicidio. Pero es su acto, es su elección, es su opción ente las circunstancias.

¿Qué hacer ante una pérdida tan dura?

Lo primero es buscar ayuda profesional y redes de apoyo que fortalezcan las siguientes actitudes y procesos:

• Aceptar la pérdida, la elección y las situaciones de sufrimiento que generan, acompañan y se derivan del suicidio.

• Trabajar las emociones sin negarlas, ni distorsionarlas, facilitando su vivencia y expresión en un ambiente seguro.

• Incluir al suicida afectiva y simbólicamente. No sumergirlo en el secreto familiar, no disfrazar lo que pasó. Darle un lugar justo en la casa y en el corazón.

• Identificar y atender, con responsabilidad y sin culpa, las dificultades familiares e interpersonales que se anudan al acto del suicidio.  

 

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