El deseo, esa tentación que nos atrapa

Cuanto más libres somos en nuestra sexualidad, más nos esclavizamos a ella. ¿Por qué esta contradicción?
El deseo, esa tentación que nos atrapa

Un popular grafiti de mayo del 68 francés invitaba a la multitud: “Desabrochen el cerebro tan a menudo como la bragueta”. Está claro que ya desde entonces nos ha gustado desabrochar la bragueta. Desde los años 60, la década del sexo, las drogas y el rock & roll, hemos vivido una profunda transformación en las actitudes, las experiencias y las prácticas sexuales, alimentadas también por las nuevas tecnologías y la globalización.

Pero dicha revolución se muestra ilusoria cuando ahondamos en la experiencia íntima: la sexualidad sigue siendo un territorio plagado de tabúes, una dimensión que se destaca por los desencuentros y las frustraciones. Aún estamos lejos de encontrar en ella la libertad, la plenitud y la comunión que buscábamos entonces. Cuanto más libres somos en nuestra sexualidad, más atados nos sentimos. ¿Por qué esta contradicción?

Todos somos conscientes de la evolución sexual que trajo la contracultura de los años 60: el feminismo que reivindicó la equidad en una cultura machista, los movimientos de defensa de la diversidad sexual, la crítica de los valores patriarcales, la exaltación del placer, del éxtasis como reforzadores de la vida y la consciencia del cuerpo como campo de acción de las libertades políticas.

La modernidad, por su parte, aumentó el conocimiento de nuestra fisonomía, habilitó espacios alternativos para la sexualidad e inundó nuestras vidas privadas con el lucrativo negocio de la pornografía. Las prácticas sexuales provenientes de culturas ancestrales se han divulgado como recetas de sopa: el taoísmo, el tantra, el kamasutra, el masaje erótico; todas ellas introdujeron formas nuevas de abordar nuestra sexualidad.

No obstante, dicha revolución sexual es ilusoria. Todas estas transformaciones se han dado en la superficie y no han acompañado una verdadera apertura a nuestra profundidad sexual. Las barreras, los miedos y tabúes, las frustraciones siguen siendo parte de la realidad. Nuestra sexualidad omnipresente, invasiva, contrasta con nuestro analfabetismo erótico. 

 

Las trampas del sexo

¿Cómo iba a ser de otra manera si nuestra sexualidad es, antes que nada, un mecanismo político y comercial? Por un lado, en ella se repite la violencia de nuestra mirada que compara, separa, excluye y aísla. Por el otro, es un instrumento para vender carros, ropa, cosméticos, gimnasios, formas de vida, locales de consumo, artículos decorativos y cuantas cosas se nos ocurran.

Nuestra educación sexual es doblemente enfermiza: o somos programados para planificar y prevenir las enfermedades de transmisión, o somos programados para desear compulsivamente desencuentros sexuales. Pero no hay una educación afectiva, que le dé fuerza y sentido a nuestra sexualidad.

¿Cuáles son las trampas de esta sexualidad mediatizada y producida? En primer lugar, encontramos una sexualidad deformada por el desempeño. Hacemos énfasis en las apariencias. Nos mostramos y queremos ser evaluados. Tamaños, repeticiones, intensidades, maniobras, posiciones: todas distanciadas del corazón, del lenguaje instintivo y honesto del cuerpo. La apariencia es el sello del desencuentro.

En segundo lugar, la cultura de la imagen nos vuelve enemigos de nuestro cuerpo. Las imágenes nos bombardean y se vuelven cárceles para nosotros. La desinhibición sexual no nos libra del auto rechazo que sentimos. No vivimos nuestros cuerpos, los padecemos.

También encontramos el “coleccionismo erótico”. Las personas y las experiencias sexuales se vuelven piezas de museo. Tenemos algo de hombres y mujeres corta-cabezas con diarios sexuales, listas de personas seducidas, posiciones realizadas, fantasías llevadas a cabo. Pero nada de esto se relaciona con la vivencia transformadora de lo erótico. La verdadera comunión sexual es siempre presente, no tiene memoria.

También nos perdemos en nuestros juicios: poco o mucho, largo o corto, perverso o santo. Las sensaciones, así, se vuelven datos insuficientes; los encuentros, cadenas. La sexualidad se vuelve erotismo cuando es íntima y no busca asideros externos.

Por otro lado, tenemos mapas fisiológicos sobre los puntos erógenos del cuerpo: el clítoris, el punto “g”, el punto “p”, la cérvix. Pero no tenemos mapas que nos permitan erogenizar el alma. No sabemos cómo atravesar el hielo de las frustraciones que vamos sumando en el cuerpo, para abrirnos y entregarnos cada vez más profundamente en nuestros encuentros amorosos. No sabemos reconocer y sobrepasar nuestras defensas. No sabemos trabajar la consciencia del presente y la capacidad de apertura. Desconocemos las leyes del corazón, del cerebro y del alma y, así, descuidamos los verdaderos puntos erógenos.

Por último, desconocemos que el erotismo es un camino de realización, con sus ángeles y demonios, sus pruebas y dones, sus extravíos y encuentros. Hacer ese camino es la clave para acceder a las dimensiones más profundas de la fuerza y la creatividad humana. Solo la sexualidad sentida nos da el sentido.