Cómo fortalecerse con el simbolismo de Cristo

Independientemente de si somos católicos o no, la muerte y resurrección de Cristo está cargada de símbolos para nuestra propia vida. Reflexione sobre ellos.
Cómo fortalecerse con el simbolismo de Cristo

No hay otro lenguaje que exprese las realidades del alma humana como el de los símbolos y los mitos. Y entre estos, pocos son tan reveladores como el de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Quiero compartir con ustedes lo que me arroja su lectura cuando lo leo con el propósito de comprender lo que dice sobre los procesos de transformación humana.

 

Aparta de mí esta copa

Empecemos por el huerto de los olivos. Reina la zozobra. Cristo sabe que ha llegado la hora. Cuando iniciamos un proceso de transformación, empezamos por este extraño sentimiento que algunas veces es incomodidad y otras, angustia: el ego sabe que sus días están contados, y para el ego no hay miedo más grande que el del dolor y la muerte.

En las relaciones amorosas, en las despedidas de cualquier tipo, en el fin de una etapa evolutiva o ante la inminencia de la muerte de un ser querido, siempre hay un “huerto de los olivos”, donde decimos, por el temor a lo nuevo: “Señor aparta de mi esta copa”.

Pero Cristo nos da dos claves para embarcarnos en este proceso. Primero exclama: “Padre, si es tu voluntad, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

Invita a aventurarnos en nuestros caminos de transformación livianos de equipaje, con un ego que admita su pequeñez, su dolor y su miedo, pero que se entregue al misterioso orden que lo supera. Después, cuando retorna donde sus discípulos, les dice severamente: “¿Cómo es que estáis dormidos?” Hay que aventurarnos a lo desconocido, eso sí, atentos, presentes y despiertos.

El beso de Judas

La pasión inicia con un gesto de amor. Judas, su discípulo, lo entrega con un beso. No nos engañemos: todas las crisis que atravesamos hacia nuestra transformación nos marcan desde el amor o desde el desamor. La puerta por donde nuestro ser se revela en la desnudez, es el amor. Aquello que nos abre a lo desconocido, es el amor. Por eso, nuestras crisis inician siempre con una decepción, una indecisión o una pérdida que toca el centro de nuestro corazón.

La negación de Pedro también nos ayuda a dimensionar el camino de transformación. Hay cosas que no podemos prometer mientras no crucemos los umbrales de nuestra alma y de nuestro destino. El metal tiene que pasar la prueba del fuego: o se tiempla o se rompe. Lo mismo pasa con el espíritu. Todo proceso de transformación pone en entredicho, hace chocar nuestras formas de entender el mundo.

Cristo repite una y otra vez que su reino no es de este mundo, mientras es juzgado por las leyes de Caifás, Pilatos, Herodes y el César. Lo mismo pasa en nuestras crisis vitales: chocan con valores, mandatos, prohibiciones, tendencias históricas, lealtades familiares y sociales. Nuestra escala de valores ya no nos orienta en la sin salida que nos ofrece nuestra vida.

Toma tu cruz

La cruz es, de todos, el símbolo más bello. Cada uno carga a cuestas su propia cruz. Cada uno tiene un punto ciego que no se resuelve con explicaciones, sino con la vida misma. Cada uno de nosotros lleva en sí mismo una contradicción que no puede resolver. Hay tantas como personas. Cada transformación real parte de una cruz; de la imposibilidad de resolver lógicamente un misterio, de la necesidad de decidir desde dónde ya no valen los argumentos de antes.

El momento de la crucifixión está lleno de claves. A Cristo lo crucifican entre dos malhechores: uno que cree y otro que no cree. Es decir, dos partes de nuestro ego: una que copera con la transformación del ser y una que se resiste. La que se resiste se desintegra con la irrupción de lo nuevo. La que coopera renuncia a ser soberana y le entrega las riendas al ser. Es decir, se lanza al abismo, da el salto y por eso Jesús le dice: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Dice el evangelio que los centuriones le ofrecen vino con hiel para anestesiarlo. ¡Jesús lo rechaza! Quiere mantenerse consciente. ¿Cuántas veces nos ofrecen alcohol, excusas, decisiones apresuradas, para evadir la profundidad de ese salto al vacío, de esa muerte de lo que ya no queremos ser? No. Se trata de hacerlo con los ojos y los sentidos bien abiertos, presentes, con fe en lo desconocido.

¿Por qué me has abandonado?

Pero tal vez lo más conmovedor de este mito es su famosa exclamación en la cruz: “¡Elí, Elí! ¿Lema sabactaní?”( ¡Dios mío, dios mío! ¿Me has abandonado?). Cristo asume su humanidad más profunda, su abandono cósmico, la disolución de su ego conocido. Hay un momento de oscuridad, de tensión, de olvido, de desamparo en cada una de nuestras grandes crisis.

Nuestras herramientas, coordenadas y actitudes del pasado ya no nos sirven, pero aún no hemos desarrollado las de nuestro nuevo ser. En este punto se nos revelan las fuerzas de la vida, conocemos la confianza; ya no queremos controlar, nos entregamos a lo nuevo. Aprendemos que existimos más allá de nuestras muertes y que sin ellas nuestro encuentro con nosotros mismos es imposible.

 

El encanto de la resurrección

La unción que le hacen al cuerpo de Jesús, antes de sepultarlo, es una bella metáfora de la consciencia que nace en la persona que muere en su cruz para renacer. Muchos hemos vivido la experiencia de sabernos dueños de un conocimiento que no dan ni los libros, ni las academias, ni los pensamientos.

Es el conocimiento que brinda la muerte y la resurrección: los ojos del que aprende del amor después de un duelo; la ausencia de miedo del que deja de huir y enfrenta sus demonios; el que se lanza a un cambio de vida y encuentra otra casa, otra forma de trabajar, un mundo distinto.

El premio es un nuevo espíritu, un nuevo fuego. Ya no existe la contradicción de nuestra cruz, hemos resuelto el enigma muriendo y naciendo distintos. La vida nos desgarró y nos unió. Podemos decir que algo en nosotros murió, así como podemos decir que algo en nosotros es nuevo. Ese es el gran misterio del hermoso mito de la pasión de Cristo.