El cálido secreto de la libertad

No hay condena más enriquecedora que la libertad y, sin embargo, vivimos huyendo de ella e inventando pretextos para no asumirla. ¿Por qué le tenemos miedo al único don que nos hace verdaderamente humanos? Claves para ser libres.
El cálido secreto de la libertad

Bien lo decía el viejo George Bernard Shaw: “La libertad significa responsabilidad; por eso, la mayoría de los hombres le tiene tanto miedo”. La libertad es nuestro mayor don y, al mismo tiempo, nuestra mayor maldición. La libertad es la única virtud que nos brinda una posibilidad real de crecimiento; pero también es la causante de muchos de nuestros sufrimientos.La psicología ha hablado ya bastante acerca de los traumas relacionados con negarse a ser libres, o con la renuncia a la libertad a cambio de una vida cómoda, pero a fin de cuentas insatisfecha. Son solo coartadas para evadir el hecho inapelable del que escribió Jean Paul Sartre: estamos condenados a la libertad.Re-imaginemos el mito del génesis bíblico: Dios prohíbe morder la manzana para poner a prueba el don más grande de él hacia los hombres: la libertad. Eva es el héroe; Adán, el cómplice; la serpiente, un servidor divino, y la expulsión del paraíso, lo mejor que nos pudo pasar. Interpretado así, podemos aceptar la libertad como aquello que nos hace verdaderamente humanos. Pero la libertad, antes que un don, suele ser un problema. Nuestros mayores padecimientos, nuestras quejas más recurrentes, no provienen tanto de los golpes de la vida como de nuestro temor a la libertad. La odiamos, le huimos, nos produce vértigo. Tanto en la sociedad como en la familia existe el pacto tácito de despreciarla y de fomentar lo contrario: la esclavitud, reflejada en la repetición. Nos educan para repetir normas, tradiciones, destinos y valores para perpetuar nuestros apegos y evadir nuestros miedos; para hacernos predecibles y aprender a predecir. La repetición es una de las marcas de nuestro infantilismo.Construimos, casi siempre sin quererlo y hasta cargados de buenas intenciones, un círculo perenne de control. Nuestro carácter es la muestra de ello: automático, rígido, reiterativo. Nuestra forma de querer, también: cuando encontramos a una persona salvaje y libre, la amamos; pero, tan pronto entablamos una relación, empezamos a quitarle aquello que nos enamora, domesticándola, es decir, negándole su libertad. Desconocemos que, negando la libertad, le arrebatamos la gracia a la vida, suprimimos lo que en realidad admiramos y buscamos secretamente: la autonomía. Por otra parte, es común ver cómo relacionamos la libertad con todo tipo de distorsiones. Basta poner el tema para encontrar opiniones como estas: “Una persona libre es peligrosa”, “la libertad pone en riesgo a los que amamos”, “la libertad hará de nuestra vida un caos”, “nadie puede ser libre completamente”. Son ideas erradas que nos vendemos para no afrontar el hecho de que somos libres. Muy por el contrario, la libertad es la que introduce el verdadero orden porque fomenta la consciencia. Los procesos de desarrollo del alma se dan cuando ejercitamos la libertad, cuando somos protagonistas de nuestras decisiones, cuando damos un paso adelante y nos atrevemos a escoger lo desconocido y asumir las consecuencias. Basta mirar los medios con que tratamos de proveernos de libertad, para darnos cuenta de la precariedad con que la entendemos. Algunos creemos que nos hace falta dinero, otros la buscamos en la fuerza y la seguridad, otros en el reconocimiento, en el carisma, en la justicia, etcétera. Pero la libertad no la otorga ni el dinero, ni el poder, ni la fuerza. No tiene que ver con las condiciones externas: pedimos libertades que no tenemos, como una forma para distraernos de la que siempre hemos tenido. Albert Camus decía que lo importante no es qué mundo nos tocó, sino lo que hacemos con él. No importa en qué condición estemos, siempre tendremos una elección para hacer; incluso en la cárcel o en el lecho de muerte. Lo insoportable no es la consciencia de nuestra esclavitud, sino la consciencia de nuestra libertad, porque esa consciencia nos hace responsables de nuestra vida. La paradoja de la libertadLa libertad es también una paradoja: cuanto más tratemos de ser libres huyendo de las ataduras, menos libres seremos. Por eso existen los esclavos de la libertad. La verdadera libertad se descubre en la entrega. Acoger, aceptar, nos libera; huir y perseguir nos encadena. La libertad no es para los soñadores, ni para los viajeros, porque tiene un lugar y un momento justo: aquí y ahora. No vive en otro espacio, no existe en el ayer ni el mañana.

Hay razones de peso para evitar la libertad: ejercerla nos obliga a decidir. Lo que nos hace libres son las decisiones, no las condiciones. Y decidir implica renunciar y elegir. Por eso las personas prefieren quedarse atadas a medias relaciones, a medias despedidas, a medias realizaciones, a medios trabajos. Somos libres cuando aprendemos a perder y a soltar a cambio de ganar y recibir.Un aspecto que nos hace rehuir la libertad es que para asumirla hay que estar dispuestos a pagar una culpa: la de ser uno mismo. Pararse en los propios pies y hacer el camino propio implica contradecir nuestra tendencia a la manada. La voz del clan nos reclama que no seamos distintos, que no busquemos nuevas formas de existencia ni vayamos más allá de los mandatos de la familia y la sociedad. La madurez significa renunciar a la manada para asumir una identidad propia, libre.Si alguien me preguntara por los indicadores más claros de una persona psicológicamente madura, diría que son los siguientes: quiere responder, pone el pellejo y no busca excusas. Sabe que nada la libra de su libertad. Está condenada a ser libre, y no huye.

¿Por dónde empezar?- Base su vida en elecciones, no en deberes.- Permítase ser honesto hasta con sus deseos más inconfesables.- Cambie de rutas, de palabras, de costumbres. Evite los lugares comunes y rompa hábitos.- Cuando esté en medio de un conflicto, pregúntese cuál es la decisión que no quiere tomar o a qué es lo que no quiere renunciar.- No se pregunte qué necesita para ser libre, revise cuál es la libertad que no ejerce.- Recuerde que la libertad solo existe aquí y ahora.- No busque la libertad huyendo, encuéntrela entregándose.- Asuma la culpa de ser usted mismo. Es la única culpa que vale la pena asumir.