Descúbra en dónde reside el verdadero poder

Vivimos la mitad de nuestras vidas tratando de adquirirlo, y luego nos pasamos la otra mitad preguntándonos por qué no nos ha servido.       
Descúbra en dónde reside el verdadero poder

 “¿El poder para qué?”, dijo alguna vez un famoso político colombiano. Todavía esa pregunta sigue retumbando en el aire, pues no hemos sido capaces de responderla. Hemos sido víctimas y perpetradores de una imagen distorsionada del término que hace énfasis en la posesión, la dominación y la competencia, en perjuicio de un poder más profundo: el de aquel que se conoce a sí mismo, logra ponerle un límite a sus pasiones y cultiva sus virtudes, entrando en grados crecientes de sintonía con la vida, el crecimiento, el amor y la consciencia. 

 La palabra poder designa dos significados bien distintos: por un lado, se refiere a la facultad, potencia, facilidad, posibilidad de hacer algo; por otro, designa el dominio, el imperio, la tenencia, la facultad para mandar sobre algo o sobre alguien. En nuestra cultura patriarcal hemos privilegiado la segunda sobre la primera. Es decir, hemos descuidado el arte de cultivar nuestras potencialidades y las de los otros, y hemos sobrevalorado la facultad de dominar, poseer y explotar. Por eso tenemos tantos caudillos, redentores, gurúes y líderes, y tan poca paz, libertad, sabiduría y equilibrio.  Por eso los presidentes se creen reyes y no servidores; los funcionarios públicos, sin doctorados, se hacen decir doctor de quien les sirve los tintos o solicita sus servicios; los grupos armados se conceden el derecho de matar, de mutilar y secuestrar; los congresistas se creen con el derecho de golpear a sus ex esposas y de volarse de los retenes.  Miremos esta anécdota de la antigua Grecia que relata el encuentro entre el grandísimo filósofo Diógenes de Sinope, que se jactaba de vivir como un perro y dormía en una tinaja de vino, y el emperador Alejandro Magno, que en ese momento gobernaba toda Grecia. Antes de partir a conquistar el Imperio Persa, Alejandro sostiene una conversación con Diógenes. Le dice: “¿Cuando yo sea no solo el rey de los griegos, sino también de los medos y los persas, a quienes haya derrotado en los hechos: no seré (…) completamente rey?”. Diógenes responde: “¡Qué dices! Habrás vencido (…) a los persas. Pero ¿habrás derrotado a los verdaderos enemigos que se te anteponen? Y esos verdaderos enemigos son los enemigos interiores, tus defectos y tus vicios”.Mientras no se libre el combate contra la ignorancia, la desconexión y la ceguera, el poder del dominio esclavizará, nunca será suficiente, nunca será saciado. Al igual que sucede con todas las adicciones y enfermedades psíquicas, el poder succionará la vida de quien lo padece hasta dejarlo sin alma y sin brillo en los ojos.  Tenemos muchos héroes de músculos, armas, estrategias y guerras ganadas, pero muy pocos de auto-trascendencia, generosidad, renuncia, amor, sabiduría, el poder sutil de las conexiones ocultas.  La adicción al poder La adicción al poder, entendida como una búsqueda incesante, compulsiva, automática y ciega de relaciones determinadas por la dominación, la posesividad, la explotación, el control, las relaciones verticales y la superación de los otros, es uno de los mayores problemas de nuestra época. Somos a la vez víctimas y victimarios. La vemos desde la escala de los altos gobiernos hasta la privacidad de nuestras familias. ¿Qué sustenta dicha adicción?En primer lugar, la escala de valores de la cultura patriarcal, que nos impone la estrechez de la imagen del poder explotador. En segundo lugar, cada uno de nosotros deja de ser para pertenecer en el proceso de la crianza. Durante este proceso, se crea una herida, una falta, una desconexión con uno mismo. La dominación, la posesión del otro, es una forma desviada de saciar esta falta. El vacío existencial es proporcional a la fuerza de su compulsión a dominar, un vacío de la propia alma, de amor, de conocimiento esencial. Dicho de otra manera, el adicto al poder se busca en la dominación, pide el amor con las armas, quiere pertenecer cuando pone cadenas.  En tercer lugar, encontramos esa venganza profunda de quienes se sintieron indefensos y humillados. A los adictos al poder los acompaña un sentimiento interno, negado, por supuesto, de vulnerabilidad y fragilidad, que arrastran de su vida infantil y que los lleva a no estar en el lugar del indefenso.  Por ultimo, encontramos una búsqueda de la valoración y la admiración del otro, ya que nos sentimos íntimamente humillados, inválidos. Veo en los adictos al poder esa ansia del niño por ser más que sus hermanitos, por robarse la mirada de sus padres. Se hace grande para que no puedan quitarle la mirada. El arte de empoderar Quiero proponer la imagen del jardinero, en lugar de la del cazador-guerrero: hay otro poder que no radica en poseer, sino en acompañar los procesos, en cuidar de sí y de los otros, en hacer florecer la vida propia y la ajena. Un poder que está en la mano amorosa que hidrata y abona esperando con paciencia la flor y no en el puño de hierro que la rapa. Un poder que está en el que cuida y no en el que apresa. Un poder del que sirve y no del que explota. El sabio Lao Tse lo dice bellamente en el Tao Te King:  Por eso el hombre sabio encausa los asuntos sin actuar.Enseña estando callado. No se opone a los seres que nacen Ni se apodera de sus vidas.Nunca se queda en la obra cumplida.  La única fuente real de poder es nuestro ser profundo. Si no podemos ser, si no podemos realizar nuestra alma, habitar un camino con corazón, entonces de nada sirve el poder de tener o de hacer. Ningún imperio prevalece, no podemos ser dueños de los pensamientos ni de los deseos de los otros; a duras penas lo que más se acerca es el poder de una mirada que ha trascendido sus pasiones y ha abierto las alas de sus virtudes.  Cerremos con una anécdota más –esta vez no les daré prescripciones–: Alejandro Magno va a la tinaja de Diógenes y lo quiere honrar. Y le dice: “Soy Alejandro Magno emperador de los hombres. Quiero honrar tu  profunda sabiduría concediéndote el deseo que tengas”. Diógenes le responde: "Soy Diógenes el perro. Mi deseo es que te quites de la entrada de mi tinaja, para que dejes de taparme la luz del sol". Alejandro comprendió, en ese momento, lo que era el verdadero poder.    

 

 

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