El mejor viaje del mundo, el viaje interior

El mejor viaje que podemos emprender es el viaje hacia nosotros mismos. El objetivo será no llenar la maleta, sino vaciarla, andar cada día más livianos, pero más humanos.
El mejor viaje del mundo, el viaje interior

Ya lo dijo Konstantinos Kavafis: “Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca debes rogar que el viaje sea largo, lleno de peripecias, lleno de experiencias. No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes, ni la cólera del airado Poseidón”.

Uno de los viajes más inspiradores ha sido el de Ulises tratando de regresar a Ítaca, su casa, en La odisea, de Homero. Ulises (también llamado Odiseo) sufrió una transformación tan intensa, que al llegar a Ítaca nadie lo reconoció. Ulises se convirtió, así, en el héroe del viaje interior, en una metáfora para describir nuestro proceso personal, psíquico y emocional, de quienes emprendemos un viaje de desarrollo humano.

Los viajes interiores comienzan en el alma, son el resultado de una pulsión muy íntima que brota dentro de cada uno. Muchas personas viajan alrededor del mundo y llegan muy lejos, pero no lo suficientemente cerca para conocer su corazón, para ver la geografía de su alma. Sólo a través de los viajes interiores y sus caminos de vida, conocemos la verdad de nuestros paisajes emocionales y psicológicos. También nuestros viajes interiores tienen un destino, un volver a casa. Cual Odiseo, debemos dejar que el alma peregrina busque su Ítaca.

El equipaje:

Dicen que al pasajero se le conoce por su equipaje. La maleta de nuestro viaje es la que heredamos de los padres, la que arrastramos a todas partes. El equipaje, al comienzo, tiende a ser pesado y bultoso, pues en la maleta cargamos las ofensas, los “deberías”, las historias de desamor, miles de deseos ajenos, ropa sucia que no nos pertenece, zapatos en los que no cabemos y destinos ya hechos y cansados, sin misterio. En cada frontera, en cada aduana de la vida, es necesario ir dejando caer partes de ese equipaje, para darnos cuenta, al fin, de que para viajar no necesitamos muchos de los enseres pesados e inútiles de nuestra autobiografía. Soltándolos, les iremos abriendo espacio a los deseos genuinos. Ellos también nos brindarán sus propias alhajas: buen humor, ligereza, bondad, amor, ingredientes que surgen por sí mismos cuando emprendemos nuestro propio camino, libres de una carga que no era la nuestra.

El pasaporte:

Los viajeros interiores no suelen salir serios en la foto del pasaporte, sino sonrientes, como prueba de que son capaces de reírse de sí mismos, de que son espontáneos y despiertos. No se apegan a buscar obesivamente la visa de la felicidad, sino que viven los viajes según aparezcan. Se concentran en el puerto que viene y no en el final del viaje, dispuestos a crecer en cada paso, conectados con lo trascendente. Su mayor ambición es encontrarse con sí mismos. Su verdadera aspiración es tener menos y ser más. Viajan lento y sin prisa, mirando los paisajes de su vida y a los otros caminantes con aceptación. No llevan nada más, salvo a sí mismos, y no atienden a las hojas de vida, ni al dinero, ni al poder. Prefieren tropezar una y mil veces hasta ver retoñar en su alma una profunda humanidad.

La llamada para abordar

Todos hemos escuchado el llamado del viaje interior, hemos tenido la necesidad de conocernos, de recorrernos, de descifrarnos y de dejar de buscar culpables afuera, de usar coartadas para no ser felices. Sin embargo, una y otra vez también hemos postergado estos viajes interiores a cambio de convertirnos en sedentarios espirituales. Desoímos el camino y, por el contrario, huímos de él hacia el mundo de afuera: primero la casa, la empresa, la dinámica sin fin de pareja, los inagotables protocolos de la profesión, los hijos… la vida misma. Hasta que una noche es la misma eternidad la que nos despierta y recordamos el olor de lo sencillo, lo valioso de lo pequeño, lo entrañable de lo bueno. Es el llamado, la crisis nos indica que es bueno retomar el camino. El llamado encontrará la manera de recordarnos que somos viajeros, buscadores, seres con preguntas y sin mapas, sólo guiados por la fuerza de nuestra propia fe en nosotros.

Los obstáculos del camino

Perderse es a veces la manera misteriosa de recuperar el sentido de la búsqueda. El tiempo de las pruebas es también parte del viaje. Experimentamos el desierto espiritual, la noche oscura del alma, el sinsabor de mirarnos. Muchas veces el viaje nos cansa, nos desespera, nos confunde, perdemos el norte, el latir, el deseo de caminar, de seguir; experimentamos depresión, angustia, miedos… Entonces es probable que nos aventuremos por otros caminos paralelos, sucedáneos; es posible que bajemos al infierno, y también que subamos al cielo, tratando de llenar nuestro vacío de alma. Y es factible que nos equivoquemos, que creamos que el “tener” sea el sentido de la vida, que lleguemos a ser tan pobres que sólo tengamos dinero, tan miserables que tengamos todo, menos a nosotros. El amor, el dolor, los años y las pruebas nos traerán de vuelta el sentido a nuestras vidas y la reconciliación con el viaje interior. Nunca será tarde para retomar el camino.

Los compañeros de viaje

En los viajes interiores también nos encontramos con personas en el camino, ellos haciendo su propio viaje, nosotros en el nuestro. Y también seres que nos ven partir y que nos saben esperar: padres, hijos, hermanos, esposas, maridos, amigos que cuando perdemos el aliento, nos inspiran; y maestros que están en el camino de vuelta y nos ofrecen un oasis en el desierto, un refugio para los días malos. Porque, como en todo viaje, en el viaje interior también hay descansos, momentos para aprovechar las sombras, para dormir, para detenerse y decantar el recorrido.

El salto a la conciencia... y el regreso

El viaje interior tiene un momento fundamental: cuando el camino exige que saltemos al vacío, que dejemos una dimensión y caigamos en la otra. Parados sobre la cima de la montaña, descubriremos la conciencia, la verdadera, y el poder del aquí y del ahora. Desde ese lugar privilegiado seremos capaces de divisar nuestra Ítaca, el camino de nuestro ser.

Ya podemos regresar y contagiar a los demás. Ahora podemos mostrar las fotos del viaje, recordar los malos hoteles y las exquisitas comidas, hablar de los encuentros con otros viajeros y volver por fin a casa, a la verdad de nuestro ser, descansar en él. Fatigados y arrebatadamente felices, sonreiremos con la madurez psicológica del aquietamiento mental, satisfechos con nuestras emociones.

Ya lo dijo Kavafis: “Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca: llegar allí, he aquí tu destino. Mas no hagas con prisas tu camino; mejor será que dure muchos años, y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla, rico de cuanto habrás ganado en el camino. No has de esperar que Ítaca te enriquezca: Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje”.