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Dentro de Bogotá, ¡Escápate de la ciudad!

Un bosque cerca a la Circunvalar. La quebrada La Vieja es una reserva forestal que de lunes a sábado está abierta a los habitantes de Bogotá para que suban y bajen del páramo. Mientras entre semana caminan solo 250 senderistas, los sábados pueden llegar a los mil. Un buen plan.

Por Carlos Torres
02 de octubre de 2015
Escápese de la ciudad, dentro de la ciudad

Escápese de la ciudad, dentro de la ciudad

Gente fluye de a poco. Sudan a pesar del frío mañanero. Los policías son parte del paisaje. Treinta en total. Saludan, son amables, sus manos las cubren guantes de tela. Saludan con confianza a Marie, una francesa a la que le cuelgan unos audífonos del cuello. Conversa con dos amigas en la quebrada La Vieja. Esta vez va respaldada por compatriotas. “Hace nueve meses lo recorro. Me gusta venir aquí porque es cerca de la ciudad y es fácil encontrarse con la naturaleza”. Tarda una hora yendo y viniendo, si está sola.  Para hoy calcula que el trayecto de ida y vuelta será de hora y veinte minutos. Eludin y María Cristina no son duchas como ella. “El bosque es maravilloso. Me encantan los eucaliptos.  No quiero volver al ruido ni a la polución”, dice Eludin.  Ambas resaltan las bondades del sendero.  María Cristina, por el contrario, tiene un sabor diferente: “es mi primera vez y no es difícil. Más que el bosque, me sorprende la cantidad de policías. Si hay tantos es por una razón…”. 

 

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En cambio a la venezolana Paola Mendoza no la sorprende el número de policías. Si la montaña la recarga de buena energía, la fuerza pública le brinda seguridad. “Como ando rápido, prefiero que la reserva esté solita. Siento que la energía es toda para mí”. Paola es sonriente y sube a través de fases diferentes. Nunca por la misma piedra. “En La Virgen el bosque es realmente mágico. Arriba piensas que no es Bogotá y, con la vista panorámica, te reenamoras de ella”.  El camino de retorno lo realiza por la quebrada. Se le mojan los pies, se relaja un rato escuchando el agua, la bebe. Sabe que en unos minutos volverá a su casa. 

 

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De 5:00 a.m. a 9:30 a.m. es el ingreso a La Vieja. A esa hora hay acompañamiento de auxiliares bachilleres y policías. Tres kilómetros separan la entrada de La Virgen y 5 kilómetros debe recorrer el caminante para alcanzar la cima de la montaña.

 

Fue por una exnovia que Juan Francisco Boada llegó al sendero. Ese primer día se perdió subiéndolo. No sabía que en una zona había un camino que se bifurca. Entró a oscuras, pasadas las 5:00 a.m., por una puerta como la de los parques públicos. Estaba en la Avenida Circunvalar, sobre  un camino rústico de tierra y piedra. Iba con la novia. Estaba a instantes de que su relación con el mundo fuera distinta. Y eso que se encontraba en los pies de la montaña, en pleno ingreso. Experimentaba una sensación de estar a kilómetros de la ciudad y, paralelamente, en ella. Lo pensaba por él, por su pareja y por los auxiliares de policía que caminaban en dirección a la cúspide. Segundos atrás había visto carros, pisando la avenida.  La suela de sus zapatos todavía sabía a pavimento. Pronto el rocío que humedece la tierra marcaría su relación con un suelo único. 

 

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En el Páramo, el punto más alto de la reserva forestal, el senderista conquista los 3.300 metros sobre el nivel del mar. En el camino es usual encontrarse en los bosques de pino con otros senderistas practicando yoga o meditación. 

 
“Ese día me perdí y terminé en los páramos. Hace un año descubrí esta reserva forestal, por mi exnovia. Yo no sabía que existía”.  Entonces la subida en la quebrada La Vieja fue lenta. En doce meses pueden suceder cambios imprevisibles, menos en este sendero. La parada inicial es un punto llamado Claro de Luna. Está a mitad de camino de La Virgen y El Páramo, es plano, diseñado por la geografía para un descanso una vez transcurrida una subida resbalosa y sofocada de media hora. El oxígeno es fresco, idéntico al que envuelve la flora. Solo que unos pulmones promedio, a más de 2.700 metros de altura, necesitan tiempo y descanso. 

 

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“No es una subida dura. Uno encuentra personas de todas las edades. Cada uno va a su ritmo, no es complicado. Se respira aire puro”, observa Juan Francisco. El cielo es claro.  Adentro del cerro se perciben árboles alisos, raques, cajetos. Hay que tener zapatos con agarre, para minimizar el efecto resbaladizo del suelo. La montaña exige, por el bosque que presenta, por el sendero que han demarcado, por el aire limpio. Por eso hay que tomársela en serio. En el Claro de Luna se puede girar a la derecha o hacia el lado opuesto.  “Disfruto llegar al bosque de La Virgen o al páramo de frailejones. Disfruto la subida, sentir el sonido de la naturaleza”, explica Juan Francisco. 

Entre las personas que van con frecuencia está Gonzalo Sánchez. Desde que se volvió caminante, hace 8 meses, no ha vuelto a tomarse un trago.  A sus amigos los ha invitado a que conozcan la montaña. En los ascensos, dos veces a la semana, se contagia por una energía que quiere compartirles.  

 

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“La mayoría de visitantes son residentes de chapinero. un 30 % vienen de otras localidades de bogotá, en bicicleta y transporte público" Hernán Ramírez, guardabosques. 

 

“Yo me descontamino caminando. Procuro hacerlo con frecuencia. Cuando no voy al bosque, vuelve la ansiedad”, dice. Camina ayudado por un palo y con unas botas que lo protegen de las caídas. Saluda a quienes se encuentra de frente. Lo hace con una sonrisa, como si fuera a dar una buena noticia. Es la magia arropadora de la montaña.   

De bajada, incluso a metros de la Avenida Circunvalar, todavía se siente la ciudad lejana. La mañana es abierta, los policías vienen detrás de grupos de gente, advirtiendo que es tiempo de estar en la falda de nuevo. De reintegrarse a sus quehaceres citadinos. 

 

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Considerado un páramo alto andino, en La Vieja hay eucaliptos, pinos y retamos.  El sendero está trazado desde los tiempos de la conquista y comunica con Usaquén, Juan Rey y Monserrate. Se puede hacer caminando, pero sin la protección de la policía no es aconsejable.

 

El guardabosques Hernán Ramírez tiene la llave de la puerta que, de lunes a sábado, abre a las 5:00 a.m. y cierra a las 9:30 a.m. El portón metálico separa el paraíso natural de la urbe. Ajusta un grueso candado que abrirá al día siguiente para que, durante cuatro y horas y media, decenas de personas vuelvan a disfrutar de la ciudad tranquila que se esconde cerca de la otra Bogotá,  la histérica.

 

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De los más de 1.000 visitantes que tiene la reserva semanalmente, apenas 250 lo disfrutan de lunes a viernes. El guardabosques considera que aún es una actividad desconocida para los bogotanos. Sin embargo, en la medida que crezca la afluencia de gente, se incrementará el riesgo de daño en  el cerro. 

 

Caminatas en Bogotá:

 

Quebrada La Vieja

Calle 71 con Avenida Circunvalar.

 

Quebrada Las Delicias

Calle 62 con carrera 13.

 

Horarios: de 5:00 a.m. a 9:30 a.m.

 

Más información: www.amigosdelamontaña.org

Fotos: David Schwarz. 

Por Carlos Torres

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