
Desfile secreto en traje de baño y un voto neutral decidieron la elección
Cerca de cinco mil personas que se hallaban congregadas desde las cinco de la noche del pasado doce de noviembre en la plaza situada frente al Teatro Cartagena, recibieron con murmullos de sorpresa la decisión del jurado calificador del tercer Concurso Nacional de Belleza que acogía el nombre de doña Myriam Sojo, de 16 años, para ceñir la corona de «Señorita Colombia, 1949». Otro tanto sucedía en el interior del teatro, colmado hasta sus últimas localidades, donde más de dos mil personas vestidas en trajes de etiqueta, en medio de una atmósfera calurosa, esperaban conocer el nombre de la nueva reina de belleza. Cuando la señora Olga Salcedo de Medina, delegada por el Atlántico en el jurado, anunció que los jueces habían decidido finalmente, después de una hora y cuarenta y cinco minutos de discusión, acoger el nombre de Myriam Sojo como reina de belleza, la joven barranquillera no pudo menos que demostrar su emocionada sorpresa con un gesto de admiración, y no pudiendo evitar que sus bellos y profundos ojos azules se inundaran en lágrimas.
La decisión del jurado obtenida después de producirse dos empates, y después de largas deliberaciones que hacían inquietar al público asistente al acto de coronación, fue acogida generalmente con agrado, pero constituía para todos un verdadero «batatazo». Efectivamente, hasta las nueve de la noche cuando las candidatas abandonaban los salones del Hotel Caribe en medio de atronadoras ovaciones, los periodistas pudieron informarse que en una quinta reunión celebrada por el jurado en las horas de la tarde del sábado, se había decidido elegir a la reina entre Cundinamarca, Valle, Antioquia y Atlántico. Cundinamarca y Atlántico formaban un grupo, Antioquia y Valle, otro. Se consideraba que el jurado estaba decididamente inclinado a escoger a la reina entre el grupo mencionado de primero, y también se consideraba que entre las dos candidatas que formaban dicho grupo, Lilia, de Cundinamarca, gozaba de más fuerza.
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Tal vez en ninguna otra oportunidad vuelva a presentarse una competencia más enconada que la que le fue dado presenciar a Cartagena con motivo del tercer Concurso Nacional de Belleza. Para poder dar al público una impresión de lo que fue la lucha entre las diferentes candidatas debemos comenzar por hacer una breve historia de los hechos.
Cuando el miércoles llegó este cronista a Cartagena, se encontraban ya en la Ciudad Heroica seis de las candidatas: Cundinamarca, Antioquia, Valle, Bolívar, Magdalena y el Chocó. Faltaba por llegar la Señorita Atlántico. Ese mismo día, miércoles, el cronista pudo saber de fuente muy autorizada que Bolívar no participaría de la competencia. Tal cosa la hicimos saber de nuestros lectores en crónica publicada el viernes pasado bajo el título de «Bolívar abdicará al trono». El sábado, día de la coronación, tales informaciones quedaron plenamente confirmadas.
Sabiendo ya, como sabíamos, que Adalgiza, de Bolívar, en gesto que la honra, se abstendría de participar en la competencia, la situación creada por el jurado se limitaba a escoger entre las tres candidatas llegadas a Cartagena. Eran Amparo, de Antioquia; Lilia, de Cundinamarca, y Clarita, del Valle. Amparo tenía su fuerza en la simpatía. Lilia, en la elegancia, la belleza y el porte. Clarita, en la popularidad. Era pues notorio en toda reunión que Amparo despertaba en quienes la veían un irresistible sentimiento de simpatía. Lilia era admirada como cuando se mira una obra de arte. Clarita arrancaba del público en las calles y en los centros ovaciones desbordantes de entusiasmo.
Desde el miércoles la competencia era reñidísima, y adelantar un pronóstico, un poco peligroso.
Las candidatas engalanaron la ceremonia de graduación de un grupo de guardias marinos en Cartagena.
A una situación de hecho muy difícil, vino a agregarse otro punto de equilibrio. La llegada de Myriam, del Atlántico, hacía subir a cuatro el número de candidatas que podrían alcanzar el título. Fue entonces cuando comenzó el movimiento ininterrumpido hasta el sábado a las doce y quince minutos de la madrugada, de los delegados de los cuatro departamentos.
Cuando el viernes Myriam descendió a la playa breves instantes, la perfección de su cuerpo, unida a su juvenil e ingenua sonrisa, ocasionó que muchos que consideraban favorita a otra de las candidatas adhirieran al reinado de la Señorita Atlántico.
El viernes por la mañana el comité organizador procedió a elegir el jurado calificador. El problema fue bastante espinoso. Sucedía que el contralor general de la república había depositado su voto con anticipación en sobre cerrado y sellado. De hecho el contralor era miembro del jurado. Sin embargo, el viaje inesperado del doctor Ordóñez Ceballos le impidió conocer a la candidata del Atlántico. Cuando se reunió por primera vez el jurado, la delegada del Atlántico, doña Olga Salcedo Medina, solicitó que el voto del contralor no fuera aceptado, por la circunstancia arriba mencionada. Otros miembros del jurado se oponían a tal determinación porque alegaban que el doctor Ordóñez Ceballos ya conocía a Myriam desde semanas antes cuando la visitó en Barranquilla. Fue este el primer impasse de una serie interminable, que se presentaría para la elección de la Señorita Colombia. Ese día no se tomó una determinación definitiva sobre el voto del contralor.
En la tarde el viernes se reunió nuevamente el comité sin llegar a ningún acuerdo. Posteriormente durante el cocktail bailable del Club La Popa, aproximadamente a las doce de la noche, el jurado solicitó que las candidatas desfilaran ante ellos. Así se hizo y pudo comprobarse una vez más que el jurado se encontraba en aprietos para tomar una determinación. Surgió nuevamente la discusión sobre si el voto del contralor era o no válido. Finalmente se acordó que dicho voto no sería aceptado. La discusión se prolongó por varios minutos y el delegado de Cundinamarca, Enrique Gómez Campuzano, se retiró voluntariamente, entrando a reemplazarlo doña Sophy Pizano de Ortiz.
Anulado el voto del contralor, el jurado fue partidario de que esta agrupación tuviera un número impar de miembros y no par como hasta ese momento. Se solicitó entonces de Bolívar que designara un delegado. Vicente Martínez Martelo se opuso enérgicamente, hasta el extremo de retirarse del salón. Apresuradamente alguien anunció que el delegado por Bolívar en el jurado sería nombrado esa misma noche. Adalgiza Porto se opuso a tal nombramiento si no era escogido personalmente por ella.
Este era el segundo impasse. Su solución solo vino a lograrse en la mañana del sábado, cuando se conoció la determinación oficial de Adalgiza de no entrar en la competencia. (Sea dicho de paso, Adalgiza podría ser hoy la reina de la belleza)
Esa mañana del sábado fue verdaderamente agitada tanto para los miembros del jurado como para las candidatas. Amparo, de Antioquia, anunció su determinación de retirarse inmediatamente del concurso. No adujo razones, y se negó a dar declaraciones. Pocos momentos después, Clarita, del Valle, anunciaba también que se retiraría del concurso. Se creaba de esta manera otro impasse, este de características muy graves, pues podría acabar con el concurso.
Se convocó entonces a una reunión extraordinaria al jurado –que según tenemos entendido a esa hora ya había tomado una decisión definitiva de elegir a Lilia de la Torre– para las diez de la mañana en los salones del Hotel Caribe. Se logró después de cerca de hora y media de conversaciones que Amparo y Clarita no retiraran sus nombres, pero entre los miembros del jurado se habían presentado rozamientos que posteriormente ocasionarían nuevas discusiones, nuevos debates prolongados. Durante esa reunión matinal, el jurado parece que nuevamente reiteró su decisión de elegir a la Señorita Cundinamarca, pero dicha decisión era informal y no alcanzaba la mayoría de los votos.
La llegada de una cámara de última generación fue la excusa perfecta para que Garrido fotografiara a la Señorita Cundinamarca en las playas de Cartagena.
El descontento, sin embargo, era general entre todas las candidatas. Indiscretamente escuchamos a Lilia de la Torre emitir algunas opiniones sobre el concurso mientras se sometía a la dictadura del peluquero que debía arreglarla para el acto de coronación. Lilia se manifestaba francamente molesta por la intervención de intereses regionalistas en el jurado y dijo:
–Esto es una farsa… Todo se hace a base de politiquerías y regionalismo…
Esta frase de Lilia se confirmó posteriormente cuando el cronista escuchó en círculos allegados a cada una de las candidatas opiniones como estas:
–Si eligen a Clarita, es que los de Bolívar quieren sacar la «pata» y congraciarse con los caleños que están muy bravos por lo del año antepasado.
–Si eligen a Amparo es porque pesa mucho el poderío de Antioquia, y las influencias de toda índole.
–Si eligen a Lilia, de Cundinamarca, es porque todo tienen que dárselo a la capital.
En este estado las cosas, era prácticamente imposible que el jurado lograra tomar una definitiva determinación, y era también notorio que las candidatas se mostraban más y más molestas a medida que se acercaba la hora de la elección. Por esto el comité resolvió reunirse nuevamente, esta vez para que las candidatas desfilaran ante ellos en vestido de baño, lo que hasta ese momento no habían hecho.
El desfile tuvo lugar a las doce del día, en el más completo secreto. El jurado, reunido en cónclave, procedió nuevamente a votar nominal e informalmente. La situación después del desfile fue aún más delicada, porque Myriam, del Atlántico, que hasta ese momento, aunque gozaba de generales simpatías, no parecía contar con fuerza arrolladora, impresionó notablemente al jurado.
Incertidumbre
A partir de esa reunión la incertidumbre en todos los comités regionales era extraordinaria. Un fuerte sector de antioqueños residentes como turistas en el hotel organizó barras que se mantuvieron vivando a Amparo durante toda la tarde y cantando canciones típicamente antioqueñas.
Esto impresionó al público, que creyó que Amparo había conquistado el título. Sin embargo Cundinamarca por su parte, sabía que nuevamente el jurado le había dado la mayoría.
Lilia de la Torre, Señorita Cundinamarca, visitó a los niños del Hospital Infantil de Cartagena días antes de la elección. Los enviados especiales de El Espectador la siguieron paso a paso.
Nueva reunión del jurado
Una nueva reunión extraoficial del jurado tuvo lugar a las nueve de la noche en el Teatro Cartagena. Se acordó entonces el sistema de votación. Cada miembro votaría una vez por su respectivo departamento. Luego votaría por una candidata diferente a la cual representaba. En esto el jurado se mostró de acuerdo, y fue entonces quemado el sobre que contenía el voto del contralor.
Salen las reinas
Aproximadamente a las nueve y media de la noche comenzaron a bajar de sus habitaciones las diferentes candidatas para tomar el coche hasta el teatro. La barra antioqueña nuevamente prorrumpió en gritos de vivas a Amparo y le tributaron prolongadas ovaciones. Los trajes de las candidatas quedan escritos en otra parte de esta edición.
La entrada en el teatro
Mientras tanto, desde las ocho de la noche, la plaza localizada frente al Teatro Cartagena estaba congestionada de gentes. Y el teatro, lleno de espectadores en traje de etiqueta, presentaba un aspecto imponente. Las reinas entraron en medio de prolongadas ovaciones. Afuera, dando una muestra más de su popularidad, Clarita cosechó los más estruendosos aplausos del pueblo situado frente a la entrada.
El desfile se hizo por orden alfabético, y Lilia de la Torre, Señorita Cundinamarca, quien con el porte exquisito con que sabe lucir su figura, despertó en el público murmullos de extraordinaria admiración, que se convirtieron luego en cerradas ovaciones prolongadas por varios minutos.
En improvisadas sesiones fotográficas, las candidatas mostraban sus atributos. No hubo desfile en vestido de baño.
El jurado calificador se retiró al segundo piso del Teatro Cartagena a deliberar a puerta cerrada. Este cronista pudo enterarse posteriormente de interesantes aspectos de la prolongadísima y discutida reunión del jurado.
Cuando se procedió a votar después de las deliberaciones del caso, y cada uno de los miembros depositó su voto según el sistema antes expuesto, pudo comprobarse que tres candidatas habían obtenido dos votos cada una. Eran ellas Cundinamarca, Antioquia y Valle.
Como este sistema de votación había dado por resultado un empate, el jurado discutió la aceptación de un nuevo sistema que consistía en formar dos grupos, uno integrado por el Atlántico y Cundinamarca, y otro, por Antioquia y Valle. Así se hizo, y el jurado votó favoreciendo la mayoría al grupo primero.
Se procedió entonces a votar para escoger entre Myriam y Lilia a la reina de Colombia. La votación resultó nuevamente empatada.
Ante una situación tan delicada –las deliberaciones se habían prolongado una hora y cuarenta y cincuenta minutos, y el público ya se mostraba cansado, pues vistiendo trajes de etiqueta de por sí calurosos en un local cerrado, el ambiente se estaba haciendo imposible– el jurado acordó llamar al excelentísimo señor embajador de Chile en Colombia para que depositara su voto, como neutral a favor de una u otra candidata.
El embajador de Chile que hasta ese momento, al igual que el senador Pretelt, solo tenía voz pero no voto en las deliberaciones del jurado, solicitó un poco de tiempo para dar a conocer su voto.
La expectativa fue entonces extraordinaria. El embajador depositó su voto. Realizado el arqueo pudo comprobarse que cuatro votos eran por Myriam, del Atlántico, y tres por Cundinamarca.
Después de una hora y cuarenta y cinco minutos de discusiones, votaciones y nuevas discusiones, doña Olga Salcedo de Medina, autora en gran parte del triunfo de su candidata, pues trabajó como una verdadera electorera con grande habilidad e inteligencia, anunció al público, visiblemente emocionada:
–El jurado calificador ha elegido por mayoría de votos «Señorita Colombia 1949» a doña Myriam Sojo, del Atlántico.
La sorpresa, como queda dicho al iniciarse el comentario, fue general. El público permaneció en silencio durante breves instantes y luego ovacionó a la soberana.
La juvenil reina de belleza fue tal vez la más sorprendida de todas las personas presentes en el acto. El dramático final del concurso, con triple empate, con discusiones larguísimas y con tanta igualdad de posibilidades de varias candidatas hacía que la joven reina se mostrara visiblemente nerviosa. Las lágrimas inundaron sus profundos y bellos ojos azules. Amparo de Antioquia la abrazó, y luego cada una de las candidatas la felicitó con cordialidad extraordinaria, gesto que fue muy aplaudido por el público.
Posteriormente la juvenil reina de 16 años brindaba en los salones del Cartagena por su gran triunfo. Y como es ingenua y es tímida, soñaba con el viaje que próximamente realizará en un barco de la Grace Line como premio de su reinado a Estados Unidos.Myriam, a los 16 años, tiene un novio abogado que trabaja en Bogotá.
Y para terminar este resumen del dramático final del tercer Concurso Nacional de Belleza, que tuvo características desacostumbradas de espectacularidad, solo resta decir que de las siete candidatas, solo una podía ser reina. Escoger entre ellas era problema bien difícil. Así por lo menos lo entenderá el lector después de conocer parte de las intimidades que precedieron a la elección de Myriam primera de Colombia.




