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Diálogos de la vagina, por Martin Tournier

"No sé ustedes, pero yo creo que ningún hombre olvida la primera vez que vio una vagina en vivo y en directo"...

Por Martin Tournier

12 de febrero de 2014

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Tal vez sea un asunto casual, señoras, tan trivial, incluso, que puede que nunca en la vida se crucen con un ex novio o ex amante que les diga: ‘Hey, ¿cómo estás?, qué nostalgia que aún guardo por el día en que nos vimos frente a frente, tu coño y yo’.

Sin embargo, la experiencia es tan extraordinaria y las impresiones tan singulares, que me resulta difícil pensar que haya un hombre que no recuerde esa primera vez en que -visual y lejana- descubrió lo que poetas y filósofos llamarían la “otredad” femenina.

En mi caso, nunca olvidaré esa imagen, esa rareza de formas indefinidas, de texturas inimaginables, aquél ente casi vivo, agazapado allí, respirando, tranquilo, como un animal que duerme.

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Esa primera vez, en muchos casos –el mío, con certeza– es el equivalente genital de los encuentros de la gente del común con la farándula. Hay que ver la cara de tarados que ponemos cuando vemos a la diva en un restaurante. Pues así mismo sucede con el tema que nos atañe: de la pantalla o las páginas de una revista prohibida a la vida real. Imagínenme: la mirada estupefacta, la boca abierta.

Pero vamos más allá. El encuentro de un hombre y una vagina siempre será un hecho social (congraciémonos con los sociólogos); un acontecimiento perdurable en la memoria, que incluye, además, información infinita, sumamente útil que–consciente e inconscientemente- nutre el proceso de toma de decisión de aquel que busca compañera de sábanas y/o reproductiva y/o sentimental.

Debo reconocer que en ocasiones fue ese cara a cara el que sentenció mis impresiones y sentimientos hacia un prospecto de compañera. Hace unos años, por ejemplo, las cosas podrían haber funcionado con una conocida, pero justo la noche del desliz, tuve a bien conocer sus intimidades llevándome una ingrata sorpresa. En cueros, la chica parecía sacada de un libro de educación sexual de los setenta: su concha era una idea inalcanzable, resguardada tras un manojo de felpa que comenzaba en el vientre y se escurría en las profundidades.

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Lo contrario fue igual de memorable. Si bien los hombres de nuestra generación crecimos dando por hecho que la mujer allá abajo debe, cuando mínimo, podar el asunto una vez al mes, nunca nos prepararon –y esto es en serio, nunca– a que en algunos casos nos encontraríamos con un terreno absolutamente desmontado, tristemente baldío a la vista y áspero al tacto y al gusto. Recuerdo con impresión y nostalgia (debo reconocerlo) la primera vez que avisté una vagina de este tipo. Fue una sensación exótica, de esas que no se repiten.

Ojalá pudiera uno entrar en las memorias secretas y personales de aquellos y de aquellas. ¿No les parece? Vaya uno a saber con qué impresiones se fueron quedando de uno. Díganme, señoras, ¿se ha colado algún recuerdo de improviso?

noesencillo@yahoo.com.ar

Por Martin Tournier

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