El brain fitness, tendencia para fortalecer y cuidar el cerebro

La tendencia del fitness se basa en buscar la salud en el ser humano mediante el ejercicio físico como herramienta para llegar al ideal de vida sana. Sin embargo, el fitness ha traspasado esa limitación de simplemente buscar planes para ejercitar el cuerpo y, en busca de su ideal, se ha concentrado en sacarle provecho a todas las áreas de nuestro cuerpo.

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Llevar un estilo de vida saludable y tener el cuerpo soñado es para muchos la razón de incursionar en el mundo fitness. Sin embargo, existen otros beneficios que se desprenden de su práctica como por ejemplo la prevención de las enfermedades neurodegenerativas.

Bajo esa premisa surgió en 2013, el Brain Fitness, entendido como el fundamento para entender que el ejercicio físico, también es crucial en la prevención del Alzheimer, el Parkinson, u otras enfermedades asociadas a problemas circulatorios como la demencia por multiinfartos cerebrales.

El dúo deporte/cerebro como la forma de llegar a una vejez sana, no es nada nuevo. Pero el Brain Fitness explica, profundiza y pone en práctica las razones del por qué este dúo es indispensable en la vida del ser humano.

Las enfermedades neurodegenerativas surgen cuando la capacidad mental (cognitiva) se reduce significativamente, en el proceso del envejecimiento, ligado, la mayoría de veces, a la herencia genética. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en el mundo existen 47,5 millones de personas que padecen diferentes tipos de demencia (abril de 2017), cada año son aproximadamente 7,7 millones de nuevos casos entre los cuales, el 60% y el 70% la enfermedad del Alzheimer es la protagonista.

Lo que sucede con este tipo de demencia, en palabras de Juan Carlos Caicedo, docente del Laboratorio Interdisciplinar de Ciencias y Procesos Humanos – LINCIPH de la facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad Externado de Colombia, es que, a nivel de las neuronas, se produce la acumulación anormal de ciertas proteínas (proteína beta-amiloide y ovillos neurofibrilares asociados a la proteína Tau).

Según Caicedo, estos cambios pueden estar asociados a ciertos genes, se “asocian con aumento de la muerte neuronal y tienen mucho que ver con un empobrecimiento de la conectividad del sistema nervioso, sobre todo a nivel del lóbulo frontal y áreas conectadas con éste”, de modo que este tipo de demencia es “una clásica enfermedad en la que las personas van perdiendo capacidades cognitivas de alto nivel de forma progresiva”.

En otras palabras, el cerebro tiene una capacidad brillante de transmitir y guardar información mediante un proceso llamado plasticidad sináptica, que es lo que permite la comunicación entre las neuronas y la formación de conexiones y redes de información entre ellas.

Dichas redes no permanecen estáticas, varían o caen en desuso de acuerdo con cómo empleemos nuestras habilidades, pero en todo caso dependen de la integridad y cantidad de las neuronas y sus conexiones, que es lo que está afectado en este tipo de patología.

De manera consecuente, prácticas o condiciones que ayuden a mantener la densidad de las redes neuronales fortaleciendo su conectividad y plasticidad, pueden prevenir el deterioro mental en estos pacientes al funcionar como una “reserva cognitiva”.

La Alzheimer’es Disease International (Federación Mundial de Asociaciones de Alzheimer), dedicada al estudio e investigación de esta enfermedad, y al cuidado de las personas que la padecen y sus cuidadores, reveló en su informe mundial en 2015, que el costo total de esta enfermedad paso de 604.000 millones de dólares en 2010 a 818.000 millones en 2015.

De ahí la importancia de saber que prevenir el deterioro del intelecto asociado al envejecimiento del ser humano y el desarrollo de este tipo de enfermedades es posible a través de una vida social e intelectual activa y la práctica regular de actividad física.

Este último se basa en importantes estudios científicos como el de CAIDE (Finish Cardiovascular risk factors, Aging and Dementia), que contó con la participación de 1.149 personas en la edad media de 50 años cuando se inició el estudio (entre 1972, 1977, 1982 y 1987). Por más de 20 años estas personas fueron monitoreadas y en 1998 se determinó que 117 personas (de entre 65 y 79 años) desarrollaron demencia y 76 padecieron la enfermedad de Alzheimer.

Para comprobar que la actividad física al menos dos veces por semana estuvo asociada a una notable reducción del riesgo de demencia y de Alzheimer, los investigadores emplearon un aparato estadístico (análisis de regresión múltiple).

Años más tarde, en 2008, el grupo sueco Andel y colegas, publicó los resultados de su estudio de más de 30 años, en el que mostraban la evaluación y seguimiento que realizaron a 3.134 gemelos suecos nacidos en el año de 1926. El nivel de su actividad física fue evaluado durante la edad media de 48 años y su estado mental se evaluó a la media de 80 años. Los científicos comprobaron que la actividad física ligera y el ejercicio intenso, reducían el riesgo a padecer de demencia.

En 2015, siete años después, estos resultados fueron confirmados gracias al estudio realizado por el grupo escandinavo Tolppanen y colegas. Al igual que el estudio de CAIDE, pero con más años de seguimiento (esto es, de 21 a 28 años), comprobaron que las personas con hábitos sedentarios tenían un 40% más de probabilidad de padecer demencia.

El Brain Fitness se sustenta en esta capacidad del cerebro para aumentar, robustecer y optimizar estas redes neuronales en cada persona. Es una práctica que emergió en Estados Unidos, apoyada en múltiples investigaciones y, que desde finales del milenio pasado, busca no solo mejorar las capacidades cognitivas de cada individuo sino mejorar su salud en general, ha mostrado que ejercitando el cerebro se pueden prevenir y reducir riesgos y enfermedades asociadas a la neurodegeneración.

Prácticas que resultan relevantes para el Brain Fitness en la obtención de beneficios en el cerebro, logrando mayor capacidad protectora de la corteza cerebral y de la conectividad sináptica, son la meditación y las técnicas de control consciente de la respiración, que ayudan a reducir el estrés, el envejecimiento celular y a mejorar las capacidades creativas de quien las practica. El sistema inmune parece ser otro beneficiario. Al disminuir los niveles de estrés disminuye también la producción de hormonas potencialmente inmunosupresoras como el cortisol.

Por otra parte, el ejercicio físico ha mostrado efectos directos sobre la protección de las redes neuronales. Algunos tipos de ejercicio que recomiendan los expertos son:

* De resistencia, a baja intensidad y con una duración de al menos 30 minutos, como correr, caminar, trotar, nadar, hacer senderismo, y montar en bicicleta.

* De fuerza, con una duración más determinada y descansos entre los ejercicios, como subir y bajar escaleras, levantarse y sentarse en una silla, apretar una pelota antiestrés.

* De coordinación fina, como pintar evitando salirse de las líneas, recortar papel, coser, hacer origami, obligando al cerebro a estar concentrado en las labores; y de coordinación gruesa, como jugar pin pon, botar un balón con una o ambas manos, mantener pelotas en equilibrio sobre algún objeto plato, jugar bádminton o tenis, y bailar en coreografías.

* De puntería, que puede realizarse en infinitas formas, incluyendo los ejercicios tradicionales como la petanca y los dardos.

En el caso de la actividad física cardiovascular (ejercicio aeróbico), que mejora la oxigenación de los músculos, pero también de todo el cuerpo, incluido el cerebro, podría resultar fundamental en la labor de prevención, sobre todo de patologías como la demencia por multiinfartos cerebrales (derrames cerebrales) y el Parkinson, según explica Juan Carlos Caicedo, Médico y Doctor en Ciencias Biomédicas.

“Cuando uno hace ejercicio y no está acostumbrado, al día siguiente le duelen los músculos. Pero si uno empieza a acostumbrarse, los músculos dejan de doler. Esto se explica en la medida en que, cuando duelen es porque han tenido que forzar su metabolismo y se produce una sustancia llamada ácido láctico que genera dolor, pero cuando la persona toma el ejercicio como una práctica habitual, el organismo, en lugar de forzar el metabolismo de la célula y ponerla a producir energía en ausencia de oxígeno,

prefiere hacer algo mejor, y es optimizar el aporte de oxígeno a los músculos, pero para eso, lo que hace es que genera estímulos químicos” para producir nuevos vasos sanguíneos y mejorar la circulación (angiogénesis)”, explica.

De acuerdo con Caicedo, lo interesante de esto es que las señales de angiogénesis, según investigaciones, no se limitan solo a los músculos, sino que le aportan también a todo el organismo incluido el cerebro, mejorando su patrón circulatorio. “El ejercicio también mejora la producción de sustancias llamadas factores de crecimiento (neurotrofinas) que inducen mayor conectividad entre las neuronas y disminuye señales de neuro-inflamación, que dañan las células”.

En el caso del Parkinson, explica el docente, “hay también factores como la neuroinflamación y un tipo de sobrecarga de impulsos eléctricos llamado “excito-toxicidad”, que parecen afectar una zona denominada “sustancia negra”, la cual se deteriora en esta enfermedad produciendo una caída en los niveles de “dopamina”, que termina por afectar el sistema motor”

Estos fenómenos están asociados con el estrés y el ejercicio físico ha mostrado ser un potente modulador de señales estresoras: “Por esta razón, nuevamente parece haber un bucle indirecto que haría que el ejercicio mejore la condición clínica de estos pacientes y retarde la progresión de la enfermedad, como le señalan algunos estudios”.

Según el experto, es importante tener en cuenta que, cuando una persona tiene mejor oxigenación cerebral, así tenga la carga genética de una de las enfermedades mencionadas, es posible que ésta no se exprese aceleradamente, lo que no quiere decir que desaparezca, sino que se retrase muchos años.

Así, elementos que modulan el impacto de este tipo de demencias como: una vida basada en la práctica de actividad física e intelectual y, una buena alimentación, son la clave para tener mejor rendimiento cardiovascular, mejor conectividad cerebral y redes sinápticas más fuertes, que se convierten en un factor protector, que no borra la causa del problema, pero si atenúa el curso de la enfermedad, incluso si ésta tiene una base genética.

Pensar en la importancia del fitness y en las posibilidades que brinda para ralentizar el deterioro del intelecto provocado por las enfermedades neurodegenerativas, es la manera por medio de la cual, se puede perseguir vivir más, pero optimizando la calidad de vida.

 

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