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El culto por el cuerpo, una obsesión que nos quita la paz

El deseo de verse bien o de verse mejor, diferente a quien se es en realidad, nos somete a ritos de esfuerzo, autocrítica y rechazo.

Por Sebastián Restrepo. Psicólogo gestaltista y sistémico.

10 de diciembre de 2016

El culto por el cuerpo, una obsesión que nos quita la paz

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Un astronauta nos dice que los seres de un planeta tienen la singular ocupación de tratar de parecerse a unas imágenes de luz que proyectan cajitas de todos los tamaños, que llevan a todas partes y que para lograrlo están dispuestos a cortarse trozos de piel, moverse repetitivamente frente a espejos hasta bañarse en sudor, inyectarse veneno de criaturas letales, incrustarse pedazos de plástico en la carne, vomitar hasta el cansancio o hacer prolongados ayunos. A esto le agrega que, a esos seres, ese pasatiempo les parece angustiante y que todo el día se atormentan por no parecerse a las imágenes de luz que proyectan las cajitas. 

 

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Todos sabemos que esta absurda descripción del astronauta describe en realidad una tragedia bastante conocida: la de la obsesión por un cuerpo “perfecto” y  la consecución y el mantenimiento de una apariencia imposible en términos de juventud, delgadez, vigor, pulcritud. Esta obsesión, en el mejor de los casos, nos lleva a una constante lucha contra nuestra naturaleza, hace que la vida se centre en ritos cotidianos de esfuerzo, autocrítica y rechazo y nos somete al afán de perseguir una apariencia cada vez más esquiva; y en el peor de los casos, nos conduce a la locura y la muerte, como en la anorexia.

 ¿Pero cómo entender este culto al cuerpo, esta obsesión que nos quita la paz? Empecemos por aceptar que la nuestra es una sociedad esclava de las imágenes, que vive en función del simulacro y la apariencia. Que no nos invita ni nos enseña a ser, sino a aparentar. Esto implica que seamos fachadas con poco contenido. Y mientras más ponemos nuestra atención en la fachada, más hondo sentimos el hueco de nuestra inexistencia interior. Y mientras más hondo es este último, con más fuerza buscamos refugio en las fachadas que no pueden dárnoslo. 

 Pero de todas las apariencias y fachadas que nos esclavizan, ninguna lo hace de una forma tan poderosa y destructiva como la imagen del cuerpo perfecto. El culto al cuerpo es un credo, una ley que nos imponen los medios. Desde niños nos inyectan barbies lánguidas y superhéroes musculosos. Cuando somos jóvenes nos invaden modelos, actores, actrices y deportistas que no son de carne y hueso, sino mitos creados para cautivarnos y vender cuerpos perfectos a los que tenemos que aspirar a toda costa. 

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 Y estas imágenes terminan por volverse mandatos e imposiciones, con tal fuerza, que la imagen del televisor es el tormento del espejo, y los ojos con que vemos nuestro reflejo, unos implacables verdugos que nos hostigan, persiguen y condenan. Buscamos todos los días en el espejo una imagen que nunca encontramos. Y encontramos un cuerpo que no aceptamos ni queremos, porque no es la imagen que buscamos. 

Me asombra la docilidad con que aceptamos esta tiranía de la imagen del cuerpo “perfecto”, la facilidad con que nos adherimos a este juego cruel, la pasividad con que le entregamos nuestro valor, paz, dignidad, salud y amor propio a un ideal de perfección y unas expectativas sociales totalmente artificiales, interesadas, antinaturales, inviables y ajenas. 

Y con la misma obediencia empezamos una guerra entre el cuerpo que somos y el cuerpo que debemos ser. Ha ocurrido una tragedia: estamos divididos, alienados y enfrentados. Nos quedamos sin cuerpo, sin materia, sin raíces. Somos una imagen perdida que nunca llega y la angustia de no ser nada y no obstante tener un cuerpo que no valoramos ni habitamos. 

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Empezamos a creer que el cuerpo nos traiciona porque una y otra vez es distinto a la imagen que nos vendieron. ¿Cómo puede comportarse un pedazo de carne y hueso tan distinto a la imagen etérea de los Peter Pan y las Wendy, las Natalia París y los Brad Pitt de nuestros televisores y de nuestros computadores?¿No se da cuenta de que cada que se engorda un poco nos vuelve seres miserables y angustiados? Y lo peor es que no podemos borrarle pedazos con Photoshop. ¿No se da cuenta de que sacarnos de ese instante llamado juventud nos lleva a la peor de las obsolescencias programadas? 

Odiamos nuestro cuerpo por comportarse como un cuerpo y no como una imagen. 

La otra tragedia es que además de estar divididos vamos hacia ninguna parte. ¿Se han preguntado para qué contamos con angustia las calorías, corremos kilómetros sin alegría, cortamos pedazos de cuerpo en “carnicerías” asépticas, nos metemos materia muerta bajo la piel, nos inyectamos veneno de las serpientes que siempre temimos?¿Se han preguntado para que libramos una guerra imposible contra la gravedad y contra el tiempo? Es sencillo: para que nos quieran y para ser felices. 

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¡Qué tonto auto-engaño! La verdad es que ni la silueta, ni la nariz, ni el índice de grasa corporal, ni las tetas de silicona paradas para siempre, ni la mirada inmóvil por el botox, ni la belleza, han sido la causa verdadera ni del amor ni de la felicidad. 

Precisamente porque ni el amor, ni la felicidad son condiciones que se dan entre fachadas, simulacros y apariencia. 

La obsesión por el cuerpo perfecto y la guerra contra el cuerpo real sí garantizan el desamor. Porque somos nuestro cuerpo y cuando lo criticamos, maltratamos, despreciamos y odiamos, lo que hacemos es criticarnos, maltratarnos, despreciarnos y odiarnos a nosotros mismos. Y creo que el amor verdadero empieza por amarse a uno mismo. Así queda develada la trampa de este juego: buscando el amor, hacemos lo que nos conduce al desamor. 

Propongo entonces que no seamos tan dóciles, que denunciemos la terrible violencia que genera la obsesión por el cuerpo perfecto, que renunciemos a las fachadas y los simulacros, que asumamos el coraje de la imperfección y la diferencia, que recuperemos la dignidad de ser lo que somos, que vivamos la libertad de romper los moldes estrechos y que reivindiquemos nuestro derecho de querernos, queriéndonos.

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- Un video

 

 

Pieza realizada para Pablo Dacal y la Orquesta de Salón, del tema El mundo del espectáculo. Un cuestionamiento musical a los medios y el culto a la imagen. Disponible en Youtube

 

- Un documental 

Obsesión, cuerpos que gritan, anorexia y bulimia, de National Geographic. Analiza y cuestiona los trastornos de la anorexia y la bulimia. Comparte el testimonio de la cantante Anahí, que seguía el “método de los 11 días”, en los que no consumía alimento alguno. “Te conviertes en tu peor enemigo”, dice la mexicana. 

 

- Un corto

Instrucciones para anoréxicos, advierte de manera contundente sobre los riesgos. Una breve “guía de instrucciones” para engañar a los demás termina con la invitación No mueras por una dieta y a visitar la página www.dontdieforadiet.com

 

 

Por Sebastián Restrepo. Psicólogo gestaltista y sistémico.

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