Son muchas las mujeres víctimas de agresiones físicas y sicológicas. Denunciar al agresor suena muy fácil, pero el miedo impide que actúen.
Por Redacción Cromos
27 de julio de 2015
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Por: Mónica Rodriguez.
Miedo. Quizá el sentimiento más difícil de enfrentar para las mujeres víctimas de violencia intrafamiliar. Miedo a denunciar y que el agresor tome represalias, miedo a la soledad que puede traer una ruptura sentimental, miedo a que los hijos se den cuenta de lo que sucede y miedo hasta al qué dirán.
Yo fui víctima de violencia intrafamiliar, de agresión física y sicológica. Hoy lo puedo aceptar y contar para que otras mujeres no cometan los errores que yo pude haber cometido. Mi agresor tenía un problema muy serio: cuando le daba un ataque de rabia se descargaba conmigo y con los objetos de nuestra casa. Yo no hacía nada, no lo denunciaba, ni siquiera lo hablaba con mis amigas, ¡o con mi familia!, por miedo y porque no quería cargar sobre los hombros de otros un problema, que sentía que era solo mío.
Tampoco quería ser tildada de “masoquista”, como se le escucha decir injustamente a muchos cuando se enteran de que alguna mujer es víctima de estas agresiones. La mayoría de las mujeres no denuncian porque tienen MIEDO. Nos sentimos tan hundidas que increíblemente no podemos escapar de ahí. En mi caso, pensaba que esa situación iba a acabar, que cambiaría, que solo actuaba así por las difíciles circunstancias económicas del momento. Pero no fue así y un día desperté de esa pesadilla, toqué fondo y dije: no puedo más.
En el momento en que sentí que nuevamente podía destruir todo lo que tenía por delante llamé a la policía, me separé y decidí seguir sola. Les confieso que sentí alivio, la paz que no tenía hacía muchos meses y la fuerza para salir adelante con mis hijos. Pero ojo, el maltrato no solamente se experimenta de manera física. El sicológico es igual de agresivo y deja cicatrices difíciles de borrar. Empieza con formas sutiles: nos descalifican, nos hacen sentir que sin ellos no somos nadie. Comportamientos que no siempre se evidencian durante el noviazgo como en mi caso, sino que surgen cuando ya se adquirió un compromiso más formal.
La violencia intrafamiliar no distingue raza y mucho menos condición social. En mi caso, además del miedo fue el amor propio que perdí en esa época. Pensaba que nadie más me iba a querer y tenía mil barreras mentales que me impedían exigir el buen trato que merecía.
Afortunadamente una vez tomé la decisión, poco a poco fui recuperando el amor propio. En ese entonces no tenía posibilidad de ir al sicólogo, entonces mi cotidianidad me bastó para recuperarme de cierta manera. El trabajo me empoderó, me di cuenta de que podía sacar a mis hijos adelante sola y que nada valía más que mi tranquilidad.
Hoy quiero hablar desde mi experiencia, desde la postura de una mujer que vivió el maltrato en mente y cuerpo.
Lo primero que hay que hacer es buscar ayuda, en una amiga, en la familia, en la línea 155 que atiende las 24 horas a las mujeres que requieren ser escuchadas en su dolor y ojalá ¡DENUNCIAR! No temamos, las mujeres somos más fuertes de lo que creemos y de lo que el agresor piensaMiedo. Quizá el sentimiento más difícil de enfrentar para las mujeres víctimas de violencia intrafamiliar. Miedo a denunciar y que el agresor tome represalias, miedo a la soledad que puede traer una ruptura sentimental, miedo a que los hijos se den cuenta de lo que sucede y miedo hasta al qué dirán.
Yo fui víctima de violencia intrafamiliar, de agresión física y sicológica. Hoy lo puedo aceptar y contar para que otras mujeres no cometan los errores que yo pude haber cometido. Mi agresor tenía un problema muy serio: cuando le daba un ataque de rabia se descargaba conmigo y con los objetos de nuestra casa. Yo no hacía nada, no lo denunciaba, ni siquiera lo hablaba con mis amigas, ¡o con mi familia!, por miedo y porque no quería cargar sobre los hombros de otros un problema, que sentía que era solo mío.
Tampoco quería ser tildada de “masoquista”, como se le escucha decir injustamente a muchos cuando se enteran de que alguna mujer es víctima de estas agresiones. La mayoría de las mujeres no denuncian porque tienen MIEDO. Nos sentimos tan hundidas que increíblemente no podemos escapar de ahí. En mi caso, pensaba que esa situación iba a acabar, que cambiaría, que solo actuaba así por las difíciles circunstancias económicas del momento. Pero no fue así y un día desperté de esa pesadilla, toqué fondo y dije: no puedo más.
En el momento en que sentí que nuevamente podía destruir todo lo que tenía por delante llamé a la policía, me separé y decidí seguir sola. Les confieso que sentí alivio, la paz que no tenía hacía muchos meses y la fuerza para salir adelante con mis hijos. Pero ojo, el maltrato no solamente se experimenta de manera física. El sicológico es igual de agresivo y deja cicatrices difíciles de borrar. Empieza con formas sutiles: nos descalifican, nos hacen sentir que sin ellos no somos nadie. Comportamientos que no siempre se evidencian durante el noviazgo como en mi caso, sino que surgen cuando ya se adquirió un compromiso más formal.
La violencia intrafamiliar no distingue raza y mucho menos condición social. En mi caso, además del miedo fue el amor propio que perdí en esa época. Pensaba que nadie más me iba a querer y tenía mil barreras mentales que me impedían exigir el buen trato que merecía.
Afortunadamente una vez tomé la decisión, poco a poco fui recuperando el amor propio. En ese entonces no tenía posibilidad de ir al sicólogo, entonces mi cotidianidad me bastó para recuperarme de cierta manera. El trabajo me empoderó, me di cuenta de que podía sacar a mis hijos adelante sola y que nada valía más que mi tranquilidad.
Hoy quiero hablar desde mi experiencia, desde la postura de una mujer que vivió el maltrato en mente y cuerpo.
Lo primero que hay que hacer es buscar ayuda, en una amiga, en la familia, en la línea 155 que atiende las 24 horas a las mujeres que requieren ser escuchadas en su dolor y ojalá ¡DENUNCIAR! No temamos, las mujeres somos más fuertes de lo que creemos y de lo que el agresor piensa.