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El refugio de las risas, el motel de mi familia

Tuve una infancia feliz. Crecí en un lugar que no suele ser apto para niños, que me permitió convertirme en una mujer segura y libre.

Por Redacción Cromos

22 de enero de 2018

Copas sobre la cama llena de pétalos

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Por: Natalia Católico Pérez

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Para mí, los cuerpos desnudos, el sexo y los orgasmos hacen parte de la vida, como respirar, caminar o trabajar. 

 

 

No había mayor felicidad que la de salir a vacaciones y saber que íbamos a Neiva a visitar a la familia. En cada viaje vivíamos nuevas aventuras en ese lugar mágico llamado El Refugio, que estaba rodeado de árboles  y vivía  lleno de animales. Lindaba con el río Magdalena, a donde iba con mis primos a jugar en la orilla y a mirar los pequeños botes pesqueros.

 


Al principio nos quedábamos en una casa ubicada en el centro. Era grande y bella, pero no tenía el encanto de El Refugio, que se dibujaba en mi cabeza como un castillo de diversión para aquellos que, como yo, amábamos los animales.

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El televisor: Solía estar desconectado pero, en uno de los canales, personas desnudas hacían acrobacias.

 


A medida que fui creciendo empecé a percatarme de algunos detalles que no eran tan comunes en una finca cualquiera. Cuando llegaban carros desconocidos, sonaba la campana del quiosco. La gente no iba  a saludar, sino que se metía en las pequeñas casas de colores marcadas con números, a las cuales teníamos prohibido entrar. Ahí se quedaban por un buen rato. Después, de manera muy grosera, se iban sin despedirse; incluso cuando habían llamado para que les pusieran una película o les llevaran comida y bebidas.

 


Al anochecer, debíamos ir a uno de los cuartos para seguir jugando, pero los adultos nos desconectaban el televisor. La habitación era blanca y tenía un espejo frente a la cama o encima de ella. Para mí no tenía sentido. Pensaba: “¿quién podría maquillarse o arreglarse con un espejo en semejante posición?”. Por debajo de la cama había un interruptor que, al presionarse, encendía una luz fosforescente que llenaba el espacio de vida y de maravillosas sombras. Llevo en mi memoria todos los juegos y las risas que surgieron en El Refugio, así como una que otra historia de terror. 

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Descubrir la verdad

 


Cuando cumplí 9 años comencé a descifrar qué había detrás de esos detalles que me parecían extraños de aquel lugar. Recuerdo que un día, en la cabaña, cuando mis papás no estaban, me arriesgué, curiosa, a prender el televisor. Sintonicé los únicos cuatro canales que entraban: RCN, Caracol, uno de música y el último, que mostraba personas haciendo acrobacias que, al parecer, les dolían, porque gritaban o gemían. Cuando terminé de ver aquel espectáculo, desconecté el televisor y salí al calor opita para seguir jugando.

 

 

Los espejos: En el techo había un espejo que era poco práctico para peinarse o maquillarse.  

 

 

En una de esas noches de juegos en el cuarto, les mostré los acróbatas a mis primos. Ellos, mayores que yo, se veían muy interesados con lo que sucedía en la pantalla. Confundida les pregunté qué era eso y me respondieron que era porno. En mi cabeza solo había una interpretación: “por no… ¿qué?”. A continuación hubo una explicación muy clara sobre esas imágenes que hasta entonces eran un misterio para mí. Ese fue mi primer acercamiento al sexo. Por fin entendí el tipo de refugio que era El Refugio.

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Crecer libre de barreras

 


Desde ese momento un nuevo mundo se abrió para mí. Poco a poco entendí el tipo de servicio que se prestaba en aquel reino encantado. En cada viaje a Neiva aprendía más sobre el mundo de las cadenas moteleras.

 


A mis 15 o 16 años veía que mi primo descargaba videos porno por horas para luego trasmitirlos en las pantallas de las cabañas y así amenizar la experiencia de los amantes. Para ese momento, ya había visto todo tipo de penes, senos, vaginas y posiciones sexuales. Todo era muy normal para mí. Sin embargo, cuando hablaba con mis amigos del colegio sobre mis vacaciones, se mostraban excesivamente interesados en saber más. Y cuando le conté a uno de mis profesores, percibí cierta consternación. Al parecer no era tan común que alguien de mi edad estuviera tan sumergido en el mundo del sexo. A mí me daba igual lo que los otros pensaran. Ese lugar era maravilloso para mí.

 

 

La cama: Por debajo de la cama había un interruptor que encendía una luz fosforescente, que producía maravillosas sombras.

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 Haber pasado gran parte de mi niñez en el motel El Refugio me permitió conocer la importancia del sexo. Mi identidad se formó en medio de orgasmos, así que no tengo ningún tipo de tabú. Acepto mi cuerpo y cualquier tipo de cuerpo, y los gemidos son tan normales para mí como el llanto o la risa, la reacción a un estímulo. Incluso los gemidos pronunciados de manera zoomorfa, como el de la ‘gatica’ quien, gritando y maullando a lo que el pulmón le diera, pedía su ‘leche’ sin pausa y sin pudor.

 

 

Foto: Istock

Por Redacción Cromos

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