
La movida bogotana de los años setenta, una época de oro
Por: Eduardo Arias
Periodista independiente
Fotos: David Schwarz
El primer viaje en la vida de Carlos Vives fue de niño, cuando sus padres se trasladaron de Santa Marta a Bogotá. Allí, más exactamente en el Colegio Hispano Americano Conde Ansúrez (más conocido como el «Chaca») encontró nuevos amigos, algunos de los cuales, como Santiago Moure, lo acompañaron en su proyecto de televisión La Tele.
Sin embargo, desde antes ya sentía una gran fascinación por Bogotá. «En mi vida samaria había una ilusión que se llamaba televisión. Yo vivía feliz, jugaba fútbol en la calle, la playa era chévere, pero llegaba frente a la televisión y había algo muy especial allí. Yo veía a todos estos músicos por la televisión y muchos años después me los encontré. Un día los empecé a ver en persona, a cantar y tocar con ellos. Eso mismo me pasó con los actores. Yo los veía en mi televisor y de pronto un día me vi frente a frente con Amparo Grisales».
Para armar mejor la historia de su viaje musical por Bogotá, Carlos Vives se reunió con varios de esos músicos que había conocido en la pantalla, en la radio, y que luego fueron compañeros de ruta en el comienzo de su carrera, y otro más con el que trabaja desde hace veinte años. El lugar, Gaira Cumbia House, el restaurante y teatro donde ha hecho realidad su sueño de apoyar a otros artistas. El resultado, una charla un tanto caótica, como suele ser cualquier buena charla de amigos que se reencuentran para contar anécdotas y recrear recuerdos que, a estas alturas del siglo XXI, ya acumulan varias décadas de antigüedad.
LAS HUELLAS DEL VIEJO ROCK
Carlos Vives llegó a Bogotá en 1972 pero comenzó a enterarse de lo que ocurría en las noches capitalinas hacia 1980, cuando se graduó del colegio. En aquel momento el rock colombiano pasaba por uno de sus peores baches y eran muy pocas las agrupaciones que existían en Bogotá. Una de ellas era Crash. Sin embargo, Carlos no la pudo ver nunca en concierto. «Crash era una banda de estadio. Siempre estaba en conciertos grandes, uno no la veía tan fácilmente».
Pero en pequeños bares era posible oír a varios de los músicos que habían protagonizado el rock bogotano de los años sesenta y primeros setenta. Allá iban los ex integrantes de los Flippers, los Speakers, la Banda Nueva, Malanga, la Banda del Marciano. Todos ellos habían vivido el auge del hippismo chapineruno en el parque de la 60, en el pasaje de la 60, en discotecas como La Bomba, que contaba con un escenario circular que permitía que se presentaran dos grupos sin que fuera necesario interrumpir la música. Un movimiento que también tuvo en La Calle, a espaldas del edificio donde funcionaba el hotel Hilton.
Esta parte de la historia (o de la prehistoria de Vives, como la llama Martelo), comienza a nutrirse de anécdotas que los comensales disparan como perdigones. Mario Sarasti recuerda el estudio que él hizo, llamado Más Música, en el barrio Teusaquillo, donde Jorge Barco, Ernie Becerra y Carlos Vela grabaron Kyrie Eleison, el primer álbum de rock progresivo que se grabó en Colombia. Martelo habla de la importancia que tuvo la banda Hope, en la que él participó, integrada por músicos de Estados Unidos que, dice él, les enseñaron a todos a tocar. Recuerdan la última mitad de los años sesenta y los comienzos de los setenta, cuando los Speakers y los Flippers tuvieron gran éxito. A estos roqueros también les tocaron los conciertos de James Brown, Santana, Chambers Brothers, Christie y Canned Heat, quienes se presentaron en el Coliseo El Campín de Bogotá en los tres primeros años de la década de los setentas.
Ese vacío de finales de los setentas y comienzos de los ochentas tuvo varias explicaciones. Ernie Becerra señala que hubo un par de períodos presidenciales donde fue prácticamente prohibido el rock 'n' roll en Bogotá. También culpan al auge de la música disco y, sobre todo, a la mala promoción de los grupos colombianos por parte de las casas disqueras. Jaime Córdoba da su punto de vista: «Yo fui músico de sesión y me acuerdo de haber grabado muchísimos cantantes solistas. Malísimos, buenísimos, había de todo, y grababan y grababan. El problema es que la gente no compraba los discos, se perdía la inversión y no volvió a pasar nada».
Los comensales de una hipotética banda de rock y fusión. De izquierda a derecha: Hernando Becerra (Ernie Beat), guitarrista, formó parte de la Banda del Marciano; Mario Sarasti, productor, bajista, formó parte de Génesis; Jaime Córdoba, baterista, formó parte de la Banda Nueva; Carlos Vives, cantante, integrante de La Provincia; Augusto Martelo, bajista, formó parte de Hope, Malanga y Crash; Eduardo Arias, locutor sin licencia, integrante de Hora Local; Carlos Iván Medina, teclista, parte de Distrito Especial, integrante de La Provincia.
LA PANTALLA CHICA
La televisión fue bien importante para Carlos Vives. Por ella pudo ver, a comienzos de los años setenta, a agrupaciones como Génesis y Malanga. Pero también era la época en la que pegaba muy fuerte la canción protesta, con varios exponentes que sonaron mucho en la radio como el dueto de los hermanos Ana y Jaime (Valencia), y Pablus Gallinazus. Al primer bar que llegó Carlos Vives fue Ramón Antigua. Allí se encontró con Alfonso Córdoba, el «Brujo», que tenía un grupo que se llamaba El Brujo y la Timba. «De ahí salieron dos orquestas de salsa. Una fue Niche y la otra Guayacán. Ahí estaba Jairo Varela». Luego Carlos Vives conoció otros lugares de la ciudad con música en vivo, como San Antonio Rosé, La Cacerola y Doña Bárbara.
Fue en Doña Bárbara donde encontró a todos los personajes que ahora lo acompañan en la mesa. Allí tuvo su primera experiencia musical. «Como la noche era roquera, a mí me llevaron a un show más tempranero, o sea, a las siete de la noche. Yo cantaba unos boleros brasileros. Yo no sé qué pasó, no les caí muy bien. Cuando terminaba de cantar, Fercho Reyes subía y me regañaba. “Ah, pero mira como dejaron esto, ah, pero mira como pusieron esto, ah, este cable aquí, y este coso acá”. Era un man agreste».
Vives siguió cantando en Doña Bárbara, y también en otros lugares como El Café de las Plantas, en cuanto café concierto lo invitaban. En alguna ocasión unos directivos de Producciones Punch lo vieron cantar. Al terminar la presentación, se le acercaron y le preguntaron si actuaba. Carlos les contó que estudiaba en la Escuela Nacional de Arte Dramático, y lo llamaron a una telenovela. «Era un proyecto de bajo presupuesto, de un pelado que quería ser músico y su familia no quería. La novela la pasaban al mediodía y alguna vez la vio Fercho Reyes. “¿Ese no es el mariquita que va a tocar allá a Doña Bárbara?”. El hecho es que se pegó de la historia. Un día llego yo y dice, “venga, chino Vives, bien, chino Vives”. Cambió la forma de ser conmigo. “¿Entonces qué va a hacer, va a cantar hoy? Venga, yo le ayudo, lo estoy viendo en la televisión”, me decía. Él se volvió una persona muy especial conmigo y todo por una telenovela».
Carlos Vives recuerda también la gran importancia que tuvo en su formación la llegada del rock argentino a Bogotá a finales de los años setenta y, sobre todo, en los primeros años ochenta. Era una música que circulaba en una especie de boca a boca, de casetes que circulaban de mano en mano. La televisión también empujó a Vives a la música puesto que en varios de los programas que actuó podía cantar, como en Pequeños gigantes, la telenovela Tuyo es mi corazón, el seriado Loca pasión y, sobre todo, Escalona.
En el acogedor ambiente de Gaira, un sofá heavy con viejos amigos. En el menú de Hernando Becerra, Augusto Martelo, Jaime Córdoba y Carlos Vives, hubo rock, vallenato y música protesta.
EL PATRÓN BOGOTANO
Poco antes de que Escalona le ayudara a relanzar su carrera musical, la escena bogotana le dio nuevas claves para encontrar su estilo. En 1989 Carlos Vives tuvo en el barrio La Candelaria, de Bogotá, el bar Estación Central, donde Distrito Especial tocaba casi todos los fines de semana. Y Distrito lo marcó profundamente. «Ellos tocaban blues. Pero como Einar Scaff, el baterista, era barranquillero, entonces a veces invitaban a un gaitero o a un tamborero. Era estar en el blusesito y pum, caer a la cumbia. Esas referencias fueron fundamentales para pensar en que había algo de la tropicalidad que podía ser diferente. Era encontrarle el rock a la cumbia». A ese cruce, Vives lo bautizó «El patrón bogotano».
Él ya traía marcada desde Santa Marta toda la tradición del Caribe, así como del jazz y del blues de Estados Unidos que, al unirse con la cumbia en orquestas como las de Lucho Bermúdez y Pacho Galán, habían logrado fusionarse y conectar el río Magdalena con el Mississipi. «El cruce de la cumbia con el jazz dio como resultado el porro, que es la improvisación en la cumbia».
Pero él no era el único. Sus ídolos de la juventud también traían esas influencias muy marcadas. Martelo, cartagenero, lo explica así: «Yo fui criado por la música del Caribe. Además, entre nosotros se daba la fusión porque las bananeras estaban llenas de gringos, Cartagena estaba llena de gringos, la mayoría de los beisbolistas eran gringos, el Caribe era gringo». Por su parte, Jaime Córdoba recordó que en su casa se oían muchos géneros. «Frank Sinatra, Escalona, bambucos, de todo, de todo». El propio Vives no es solo influencia Caribe. «Mi mamá, que es paisa, escuchaba a Gardel, al Dueto Antaño y tocaba bandola. Entonces yo tenía que cantar paisa también».
Izquierda: Banda Nueva empezó a sonar en radio a mediados del 73. Integrantes: Orlando Betancur (ex integrante de Los Flippers), Gustavo Cáceres, Jaime Córdoba, y Juan Carrillo.
Derecha: Era un colectivo de músicos influenciados por el rock clásico y el postpunk. Integrantes: Alejandro Gomes-Casseres (Aterciopelados), Pablo Bernal (baterista de Carlos Vives) y Jota García.
Y si se hace un repaso del rock colombiano de los años sesenta y setenta, es evidente la fusión. Nievecita, de Malanga, es un tema de rock latino. Génesis trabajó con ritmos e instrumentos de toda Colombia. El éxito mundial de Carlos Santana, tras su interpretación de Soul sacrifice en el festival de Woodstock y luego con sus tres primeros álbumes, marcó de manera definitiva al rock colombiano de comienzos de los años setenta.
Vives tampoco olvida la importancia de «los ingleses». Se refiere a Andrew Loog Oldham, primer productor de los Rolling Stones e inventor de su imagen rebelde y salvaje, quien se casó con la modelo colombiana Ester Farfán y echó raíces en Bogotá. En 1987 produjo algunas canciones de Compañía Ilimitada. Vives también se refiere a Richard Blair, mano derecha de Peter Gabriel en los estudios Realworld, quien produjo a Totó la Momposina y, al conocer Colombia, se enamoró de ella y en 1997 creó la banda Sidestepper. «Ellos se encontraron con nosotros buscando el vallenato, la cumbia, con una visión diferente de la tropicalidad».
En ese momento interviene Carlos Iván Mejía, que hasta este momento solo había escuchado la voz de sus mayores. «Mi papá era un melómano empedernido y conocía músicos. Me llevó a Doña Bárbara porque conoció a Jeanne Galvis tocando piano y me dijo, “mijo, oiga a esta loca tocando piano”, ella me dio clases». Él también le presentó a Carlos Iván a Mario García, Julio Poveda y Carlos Cardona, integrantes del grupo Cascabel. «Ese trío fue la inspiración que tuve para formar Distrito Especial. Yo pasé las vacaciones del colegio de 1977 en la casa de Mario García, en Suba, donde tenía instrumentos y equipos de amplificación».
Izquierda: Este fue el segundo disco de los Speakers, titulado La casa del sol naciente. Salió al mercado en 1966 y fue uno de los mayores éxitos de esta banda, la más popular de la época.
Derecha: Los integrantes de Hora Local se reencontraron en 2007, para reeditar algunos de sus éxitos del rock de los años noventa y aprovecharon para que Carlos Vives, Aterciopelados, Odio a Botero y Pornomotora interpretaran sus canciones.
Carlos Iván, integrante de Distrito, sería fundamental en la formación de La Provincia. Y él ha vivido de primera mano la evolución musical de Carlos Vives. Marcado en su infancia por el vallenato y obsesionado en su primera juventud por el rock argentino, encontró el camino que buscaba cuando cayó en cuenta de que todo está unido. «Que la ciudad de Nueva Orleans se parece a Barranquilla», como cantaría más de diez años después. Que el río Misissipi se toca con el Magdalena a través de las aguas del Golfo de México y del Caribe.
«Yo siento de Carlos la intuición salvaje, el que realmente hizo posible que ese equipo de trabajo de La Provincia se uniera y creáramos lo que creamos», remata Carlos Iván Medina. «Carlos nos enseñó a creernos colombianos, a ser nosotros mismos y a hacer lo de nosotros mismos para nosotros mismos. Yo tiraba la puerta cuando mi papá ponía vallenatos, me emputaba. Yo oía Genesis, Yes, Emerson Lake and Palmer, y oír un vallenato me parecía asqueroso. Tocar, esforzarse por entender, producir y entender lo nuestro, esa fue una de las cosas que Carlos les sembró a los colombianos con La Provincia y dejó a todo el mundo con la boca abierta».
Carlos Vives se nutrió de los sonidos del rock de Bogotá, que a su vez era una amalgama de Liverpool, Los Ángeles, Memphis y Buenos Aires, pero también de México, Cuba y Puerto Rico. Él y sus músicos se encargaron de acoplarlos con vallenato y porro traídos de Santa Marta. El viaje, que comenzó cuando el niño Carlos se maravillaba ante los músicos en la televisión, tocó tierra firme con Los clásicos de la provincia y, sobre todo, con La tierra del olvido. En la gran ciudad había nacido «el rock de mi pueblo».
El rock and roll fue la fuente de la que bebieron varios músicos colombianos, amigos y contemporáneos de Carlos Vives, a pesar del bache por el que pasó ese género en Bogotá en los años 60.






