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Encuentro con el mamo Camilo Izquierdo, líder espiritual arhuaco

A la orilla del mar Caribe, cerca de la desembocadura del río Don Diego, al pie de la Sierra Nevada de Santa Marta, el mamo nos contó el verdadero significado de las aseguranzas: un compromiso para cuidar la Sierra y, de paso, recuperar el planeta. Un encuentro genuino y honesto con muchas lecciones para nosotros, los hermanos menores.

Por Redacción Cromos
18 de septiembre de 2014
Las enseñanzas del hermano mayor
Las enseñanzas del hermano mayor

Las enseñanzas del hermano mayor

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Por: Fernando Gómez Garzón
Jefe de redacción de CROMOS

Fotos: David Schwarz

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Desde el aire, la Sierra Nevada de Santa Marta es un gigante que descansa al pie del mar en un ámbito propio. Aislada de la cordillera, la montaña descomunal, coronada por dos picos blancos que se levantan a 5770 metros sobre el nivel del mar, infunde un respeto reverencial. La Sierra es un mundo.
 
Desde Santa Marta, en cambio, es difícil detectar su majestad. Es una extensa falda de selva que se eleva hasta perderse entre las nubes y a la que, según el desencantado arqueólogo Guillermo Rodríguez-Navarro, suben sobre todo extranjeros (europeos, la mayoría) en busca de la Ciudad Perdida de los taironas, una meta más en su bitácora de aventuras turísticas que quedará registrada en una cuenta de Instagram para orgullo propio y deleite de sus amistades. 
 
Guillermo fue, precisamente, uno de los restauradores de Ciudad Perdida (que los indígenas llaman Teyuna) y uno de los creadores de la Fundación Pro Sierra Nevada de Santa Marta. Lleva más de treinta años dedicado al estudio y el cuidado de la Sierra, y es el amo y señor de Villa Ludovica, una enorme casa republicana situada en el cerro de La Pradera, en el corazón de la ciudad, que es a la vez hotel y jardín etnobotánico y se hizo famosa por servir de locación a un video musical que filmó Carlos Vives con Sofía Vergara. Su humor negro es más una manifestación de desasosiego: «No hemos entendido nada. Nadie se ha dado a la tarea de comprender lo que los indígenas quieren significar con sus ofrendas. Creen que las aseguranzas son un seguro de vida. Mientras las tengan amarradas en las muñecas, se sienten protegidos, y si se les llega a reventar la pita, corren de nuevo donde los mamos a que les pongan otras».
 

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Nuestro encuentro con Guillermo fue el preámbulo de una cita que veníamos buscando desde hacía días con el mamo Camilo Izquierdo, líder espiritual de la comunidad de los arhuacos, uno de los cuatro grupos indígenas nativos de la Sierra Nevada de Santa Marta junto con los kogis, los wiwa y los kankuamos, para conocer, justamente, el significado de las aseguranzas, ese par de hilos de algodón que los mamos atan a cada muñeca en un breve rito tras el cual quien las recibe queda protegido y libre de las malas energías. Fueron las mismas que los mamos de las cuatro comunidades le entregaron al presidente Juan Manuel Santos en 2010 justo antes de posesionarse para su primer período. Las mismas que han recibido mandatarios nacionales como Álvaro Uribe y Andrés Pastrana, y extranjeros, como José María Aznar y Bill Clinton.

 
Sin embargo, debíamos actuar con cautela, pues es sabido que los mamos no reciben foráneos así no más. Recelosos de sus costumbres, primero deben saber cuál es el motivo de la visita y después considerar si es prudente conversar sobre los temas propuestos. Para fortuna nuestra, el mamo Camilo, luego de varios días internado en la Sierra, había bajado ese día a Katansama, un lugar de reunión que los arhuacos montaron hace dos años cerca de la desembocadura del río Don Diego –en el límite del resguardo que da al mar, a unas dos horas de Santa Marta por la carretera hacia Riohacha–, y estaba dispuesto a recibirnos. 
 
En realidad, hace rato el mamo Camilo resolvió que había llegado la hora de abrir el conocimiento de los arhuacos a los «bonachi», que es como los indígenas de la Sierra llaman a quienes no son indígenas, con el objetivo de hacerles comprender (hacernos comprender) la urgente necesidad de curar a la madre tierra, intoxicada y herida por las costumbres «civilizadas» contrarias a la naturaleza. Así que la cita, conseguida por intermedio del indígena arhuaco Daniel Alberto Torres, no había resultado tan difícil como imaginábamos. «El mamo Camilo es una excelente persona, siempre está dispuesto al diálogo, es muy lúcido. Seguro que les irá muy bien –nos dijo Guillermo–. Eso sí, sería bueno que le llevaran un presente en retribución a su generosidad. De pronto algo de comida, que siempre les viene bien a los indígenas cuando retornan a la Sierra», concluyó antes de despedirnos.
 
   
Cita bajo la bonga
 
Katansama está protegida de la vista de paseantes desprevenidos por el espeso follaje que la cubre. La entrada solo es visible desde la playa, adonde se llega por un estrecho camino sin desmontar, en una finca cuyas tierras los arhuacos reclaman como suyas y que, según ellos, está en proceso de extinción de dominio. Katansama, cuyos dominios se extienden desde el río Don Diego hasta el río Palomino en unos cinco kilómetros de playa, ha sido, si se quiere, una manera de apropiarse de la salida al mar que siempre les ha pertenecido y que hace parte del resguardo de la Sierra Nevada. Incluso, es allí donde Camilo ha instalado una escuela de mamos, ajena por completo a la educación occidental, para perpetuar el conocimiento arhuaco, que se transmite de generación en generación por vía oral. 
 
El caserío es un conjunto de casas cuadradas según la tradición arhuaca, construidas en caña brava y techo de palma seca, donde abunda el silencio. Solo algún movimiento esporádico anuncia la presencia de los indígenas. Al fondo, bajo una hermosa bonga que lo cobija del sol, aguarda el mamo Camilo, sentado sobre un butaco de piedra, al pie del grueso tronco de la ceiba. Está vestido de túnica blanca, con dos mochilas terciadas a lado y lado; en las manos porta su tradicional poporo, una especie de calabaza, gorda de base, coronada de un grueso cilindro de color amarillo, moldeado a fuerza de frotar con un palo la mezcla de hoja de coca que mambea en su boca, y el caracol de mar molido que ha echado en el fondo del recipiente. El mamo, sin pararse, saluda con un efusivo apretón de mano, una mano pequeña pero enérgica como sus ojos oblicuos que miran con determinación a lado y lado del ceño fruncido.
 

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Javier Villafañe tradujo lo que el mamo Camilo nos quería decir: «Si no cuidamos la naturaleza, la madre tierra se encargará de cobrar». 

 

A escasos metros de él, vestido de paisano, está sentado Javier Villafañe, quien nos servirá de intérprete. Tiene también terciada su mochila, y en las manos, su propio poporo, mucho más delgado que el del mamo. Saluda con una sonrisa apenas perceptible y, después de un breve silencio, nos pregunta, a petición del mamo, la razón de nuestra visita. Sentado a unos tres metros de Camilo, sobre un tronco pelado, le explico que venimos a conocer el significado de las aseguranzas, ese ritual que, según he leído, sirve de protección y que las hemos visto colocar, entre otros, en las muñecas del presidente Juan Manuel Santos.
 
Mientras Javier habla en arhuaco con el líder espiritual, el mamo Camilo parece ensimismado en sus pensamientos. Introduce el palo en el centro del poporo y luego se lo lleva a la boca, lo unta de saliva y empieza a raspar el cilindro amarillo. Se queda en silencio un instante y comienza a hablar durante varios minutos. Javier se toma su tiempo para interpretar. Se nota que le cuesta trabajo encontrar las palabras adecuadas en español. Y entonces se anima:«El mamo dice que está de acuerdo con la visita y que son bienvenidos siempre y cuando esta conversación sirva para difundir el mensaje y hacer tomar conciencia a los hermanos menores de la necesidad de proteger la naturaleza, de defender la Sierra y curar a la madre tierra de los agravios a los que ha sido sometida durante tantos años». Tras una pausa y por pura impertinencia, intento agradecer con palabras el gesto del mamo, pero Javier me lanza una mirada con la que me dice, a todas luces, que guarde silencio, que aún no ha terminado. Es, quizás, la manía de nosotros, los habitantes de la urbe, siempre en constante alharaca, nerviosos frente al silencio, más atentos a responder que a escuchar. Y los arhuacos adoran el silencio y la reflexión. Javier continúa: «Con respecto a la pregunta suya, el mamo dice que las aseguranzas son un registro para ser reconocidos en el mundo natural. La creación es continua, uno es un mundo y tiene que ser registrado. Desde el principio ha sido así. La aseguranza no es más que el derecho a pertenecer. La protección está dada por el simple hecho de pertenecer, la madre tierra te cobija. Pero pertenecer implica unos derechos y unas obligaciones con los códigos ancestrales de la madre, de velar, de cuidar, de no dañar. Al presidente Santos los cuatro mamos le dieron las aseguranzas para que él comprendiera y se comprometiera con las leyes naturales de la Sierra, para que se comprometiera a respetar nuestra propiedad y nuestros códigos, para que aprendiera las leyes de la Sierra. Él se comprometió a respetar las leyes ancestrales, pero no las ha atendido». 
 
Javier toma otra pausa y raspa su poporo, que es una manera de reflexión, de concentración en sus pensamientos. El mamo Camilo vuelve a hablar, y cuando lo hace no nos mira sino que se dirige al horizonte, a la naturaleza que lo rodea. 
 
 

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El mamo Camilo parece ensimismado en sus pensamientos. Y cuando habla, no se dirige a nosotros sino a la naturaleza que lo rodea.

 

«Hubo un principio en que había una sola forma de diálogo. Era una sola lengua. Pero después supimos que no podíamos continuar así, que existen los hermanos menores, quienes ahora deben también conocer nuestra realidad, la realidad de todos en conexión con la naturaleza. Por eso se ha establecido que las aseguranzas también sean para ellos, para quien las solicite. En el momento en que se les hacen las aseguranzas, esas personas quedan registradas en el mundo ika (arhuaco), y adquieren un compromiso con la tradición, con nuestras costumbres, con el mantenimiento de la madre tierra, ante el mundo. Esas personas adquieren el compromiso de respetar el mundo ika».
 
 
La conexión con la madre tierra
 
El mundo ika, así como el kogi, el kiwa y el kankuamo, que en realidad son el mismo expresado en diferente lengua, lleva una tradición de varias centurias de conexión con la naturaleza. Descendientes de los taironas, que fueron prácticamente exterminados durante la conquista española, heredaron una prodigiosa capacidad de administrar los recursos en armonía con el medio ambiente. En su cosmovisión, la Sierra es considerada el corazón del mundo, regido por la ley de la Madre, que es la naturaleza. La ley de la madre es sagrada, perenne e inmutable y es ella la que dicta las pautas de comportamiento para que los hombres puedan aprovecharla, sin dañarla. El líder que interpreta estas leyes, y las pone en práctica en cada miembro de su comunidad, es el mamo, conocedor de una profunda sabiduría, comunicada de generación en generación. 
 
 

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En Katansama, en el corregimiento de Don Diego, Camilo Izquierdo ha montado una escuela de mamos.

 
 
Contrarios a las costumbres impuestas por la civilización occidental, que se basan en la explotación de la tierra, los indígenas de la Sierra viven del cuidado de su entorno. Mediante un conjunto complejo de códigos y normas que tienen en cuenta los ciclos naturales de las lluvias, los vientos, las lagunas, los ríos y las plantas, trazan unas lineamientos de conducta que incluyen determinadas ceremonias en lugares sagrados (distribuidos alrededor de toda la Sierra) dedicados a las diferentes fuerzas y ritmos de la naturaleza (las plantas, los animales, el aire, la noche, el día); y otros rituales con los que intentan devolver, a manera de pagamentos, lo que han tomado de la tierra. Ciudad Perdida, a la que acuden cientos de visitantes a tomarse la foto de ocasión, es un ejemplo magnífico de la manera con que los indígenas de la tierra lograron transformar el paisaje sin erosionarlo, de aprovechar el bosque sin afectar las cuencas; de filtrarse, en fin, con la naturaleza con la conciencia de ser parte de ella y no oponiéndose a ella. Esta intrincada red de normas, rituales y sitios de ofrenda es la que les ha permitido permanecer por centurias enteras, muy a pesar de la colonización de sus tierras bajas, de la usurpación de sus lugares sagrados y, en general, de la intervención de esos «hermanos menores» que han saqueado la Sierra por todos sus flancos, al punto que hoy el 75 % del bosque nativo ha desaparecido.
 
En su inmensa sabiduría, corroborada por expertos como Guillermo Rodríguez, los mamos tienen la capacidad de conectarse con la tierra para interpretar sus dolencias y restaurar el equilibrio mediante sistemas que solo los especialistas entienden pero que las autoridades gubernamentales se niegan a comprender: «Desde que cambiamos a la diosa naturaleza por el dios dólar, se acabó esta vaina. La naturaleza indígena es cuidar la tierra, pero nadie entiende. Es un show. Ahí está el Presidente, poniéndose las aseguranzas por un lado y por el otro carburando la locomotora minera. Eso es una contradicción».
 
 
La tierra es un ser humano
 
Mientras el mamo Camilo afila nuevamente el palo contra su poporo, no dejo de pensar en esa costumbre tan ajena a la nuestra. Mascar la hoja de coca los conecta con sus pensamientos, que son también los de la madre, puesto que son uno solo. Y la mezcla que sale de untarla con el caracol, que los conecta también con el mar, va acumulándose en la corona del poporo. A falta de escritura, es la forma en que los mamos, y los demás indígenas de la Sierra, van construyendo su pensamiento. Y vaya uno a saber la cantidad de reflexiones que van a parar al poporo, compactadas en esa escultura del color del nácar.  El mamo habló, por petición nuestra, de la crisis ecológica, del empeño de los bonachi por seguir expoliando a la madre tierra para sus satisfacciones efímeras, de la ceguera que nos nubla la mente por ponerles más atención a las leyes de los hombres, siempre cambiantes a capricho de quien las elabora, en vez de confiar nuestra vida a la ley de origen, que es la que garantiza nuestro futuro. Ahora entiendo la manera de pensar de los arhuacos: no les interesa evolucionar, sino permanecer. Gozar el equilibrio que nos fue dado desde el principio de los tiempos. 
 
 

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Minutos más tarde, el mamo Camilo está dispuesto a otorgamos, si así lo deseamos, nuestras propias aseguranzas. Javier traduce, como preámbulo al rito: «Si uno se registra, es reconocido, pero también adquiere un compromiso de hacer saber a muchas personas que esto es algo cierto, que es real, que así se tiene que entender la vida. De resto, están en contra de la madre tierra. El mamo dice que la vida en el mundo ika no acepta cambiarla por la modernización, por la plata, por la riqueza artificial, eso es lo que nos tiene acabados, no reconocer la realidad. Entonces, el hermano mayor les va a hacer las aseguranzas, con el compromiso de que empiecen a conocer esa realidad y a respetar la ley de origen. El mundo es como un ser humano. Si le cortamos las venas, si le extirpamos sus huesos, si le intoxicamos el aire, la madre sufre y se enferma, como enfermos estamos ahora. Si seguimos violando las leyes de origen, vamos a llegar a un estrecho sin salida y la madre tierra se va a encargar de cobrar».
 
Con nuestras aseguranzas puestas, y para que todo el ritual tenga sentido, hemos adquirido el compromiso de vernos tres veces más, que sumarán cuatro, para que no sea solo un encuentro fortuito, una simple oportunidad de escribir un artículo que se acumule en el inventario de nuestro trabajo. Al mamo Camilo toca visitarlo tres veces más para que reconozca que nuestra aseguranza es real, que hemos comprendido su verdadero significado, y no la ocasión para la foto que luego todos verán publicada.
 
Mientras nos despedimos del mamo Camilo y de Javier, después de entregarles nuestro presente al pie del mar, al borde de la Sierra que se me otorga infinita, no dejo de pensar en la paradoja que me sobrevendrá cuando aborde el avión que nos devuelva a Bogotá: todo lo que el mamo dice es cierto, y todos lo hemos sabido desde siempre. La avalancha de la modernidad, con toda su carga de rituales tontos que no hacen sino distraernos de nuestra verdadera conciencia, nos está asfixiando, nos está matando lentamente, pero ya no somos capaces de frenar. Sí, la madre tierra se encargará de cobrar. 
 

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El mamo Camilo parece ensimismado en sus pensamientos. Introduce el palo en el centro del poporo y luego se lo lleva a la boca, lo unta de saliva y empieza a raspar el cilindro amarillo.

 

 

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