
Referirse a las mujeres como “niñas” es una particularidad colombiana. Pareciera que la palabra “mujer” sonara demasiado grande o posuda, quizás por una connotación sexual muy fuerte. Pienso en las letras del tropipop, en concreto en canciones de amor, tipo Fonseca, que son dedicadas a niñas que en realidad son mujeres. Hay una versión intermedia: “chica”, que tiene su versión masculina, al igual que “pelada”. Suelen usarse para personas entre la adolescencia y la adultez temprana. Parece que nos diera una especie de miedo decir “mujer” y “hombre”.
La última vez que alguien me dijo “niña” fue en un programa de noticias en vivo, en Colombia. Yo estaba participando en la discusión a través de Skype, desde Barranquilla, y uno de los panelistas, hombre muy respetado, de repente dijo algo así como “retomando lo que dijo la niña de Barranquilla...” Quizás si aún viviera en Colombia no me habría dado cuenta de lo ofensivo que fue el gesto. Una de las mejores formas de comprobar si algo es sexista es hacer un espejo del comportamiento, poniendo en el centro a un hombre. Así que, cuando volvió mi turno de hablar en el programa de noticias en vivo, afirmé “como dijo este niño de Argentina”. El panel entero saltó y la periodista moderadora me pidió respeto. “Él tiene nombre”, aclaró. Por supuesto que fue ofensivo llamar así a un panelista barbado y con canas. Pero cuando la niña era yo se sintió tan natural que apenas me di cuenta. El panelista explicó que me había llamado niña porque no recordaba mi nombre. Sin embargo, aún sin saber que me llamo Catalina Ruiz- Navarro, creo que es bastante claro que yo no soy una niña, soy una mujer de 34 años. Alguna habrá tomado esto como un cumplido, del tipo “se ve joven para sus 34”, pero, de nuevo, esto jamás habría sido un cumplido para un hombre. Porque los hombres son hombres, con nombre y apellido, no nos parecen infantiles ni mucho menos parecen intercambiables.
A esto hay que sumar que el “niña” colombiano también es clasista. “Niña” le decimos a las meseras, a las empleadas domésticas, a las cajeras del banco, a las mujeres que están en trabajos de servicio. Es la forma en que persiste el “esta niña” que usaban las abuelas blancas para no tener que aprenderse los nombres ‘difíciles’ de sus empleadas, usualmente domésticas.
Infantilizar a las mujeres es un práctica desempoderante que se siente muy natural. Miren nada más cómo los hombres son siempre señores, mientras que a nosotras nos preguntan si somos señora o señorita, ya que nuestro estatus cambia si estamos casadas (o si hemos perdido la virginidad). ¿Por qué no le decimos simplemente “señora” a todas las mujeres mayores de edad? ¿Por qué en su título tenemos que anunciar su estatus marital o su vida sexual? Luego es hasta ofensivo decirle a alguien “señora” porque parece que le estuviéramos diciendo “vieja”. Seguir usando el niña y el señorita refueza la idea de que las mujeres tenemos un lugar subordinado en la sociedad, en el que valemos más si somos jóvenes, pequeñas, vírgenes. Nos hacemos obsoletas una vez que llegamos a viejas, que es cuando por fin logramos tener algo de poder. Infantilizar a las mujeres disminuye nuestro poder y desautoriza nuestras palabras. Somos mujeres y somos señoras, no somos niñas. Que no nos hagan creer lo contrario.
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