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Está bien ser la 'Guisa'

Le tenemos pánico al rechazo, a que a los otros no les guste cómo somos. Nos cuesta entender que valemos, simplemente por existir.

Por Matilda González Gil

26 de enero de 2018

Mujer haciendo pistola

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Cuando salgo con un man se me alborotan todas las inseguridades. Durante las conversaciones de las primeras citas, una niña chiquita desesperada por amor quiere agradarle a la persona que ve al frente, mientras otra ‘yo’ interna, más madura, la calma y le dice que ella es suficiente y que, en realidad, el príncipe azul que le dijeron que en algún momento iba a llegar a rescatarla no existe. Pero esa niña es terca y quiere seguir creyendo que los cuentos de princesas solo tienen un final feliz si hay amor romántico al lado de un ‘mancito bien’ (estudiado, lindo, platudo, blanco, bien vestido y masculino).  Casarse, a lo bien, sigue siendo el objetivo de esa niña: es su condena incuestionable. 

 

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Y es que resulta que a esa pequeña la criaron en Manizales, en medio de una obsesión social por el dinero, el poder y la plata. Le enseñaron a medir el éxito –y la calidad de las personas– en términos económicos y materialistas. En esta ciudad la gente es ‘bien’ si tiene ‘buen apellido’; si va a los colegios privados del Opus Dei o a los bilingües de precios exorbitantes; si se viste con marcas conocidas, si tiene likes  y amigos en Facebook; si ha salido del país y si tiene plata. Cuando terminé primaria me cambié de colegio y llegué al Colegio Granadino, un colegio bilingüe, en donde no había nada peor a ser ‘un guiso’: una persona que no provenía de familias ricas y poderosas, que no tenía plata, que no tenía ‘buen gusto’, que no sabía pronunciar bien el inglés, o alguien que tuviera cualquier otra característica que les recordara a los pobres, que tanto les habían enseñado a despreciar. 

 


Todo se vigilaba y, si algo no cumplía con los altísimos estándares de calidad, se marcaba con el sello de ‘la guisada’: usar chanclas rosadas de fomi, echarle ensalada a los fríjoles, decir “setso” en vez de sexo, tener amigos de otras clases sociales, vestirse con cosas fosforescentes o peludas, y hasta decir “colocar” en vez de “poner”. 

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El cambio de colegio fue un choque cultural, porque mi abuelita ha tenido casi toda su vida una farmacia en la galería de Manizales. Los compradores habituales siempre han sido campesinos y personas de escasos recursos. Por eso, siempre que surgía el tema sobre las clases sociales se me ponía el corazón a mil: “Van a descubrir que vengo de un lugar que es más cercano a los guisos que a las personas de ‘bien’”.

 


Mi miedo consistía en pensar que yo era una impostora y que si llegaba a ser descubierta corría el riesgo de perder amistades. Corría el riesgo de ser rechazada, de no ser invitada a los paseos en las fincas con piscina, de no poder entrar como invitada al Club Manizales y de ser ubicada en la base de la estructura jerárquica de mi colegio. Nadie jamás podía enterarse de mi terrible insuficiencia.

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Entre tantas exigencias clasistas que nos enseñaron para encajar y aparentar, se les olvidó recordarnos algo que aprendí este año en terapia: somos suficientes por el simple hecho de existir (¡que Dios bendiga a mi terapeuta!). No somos menos que el príncipe azul que viaja por todo el mundo, él no nos ‘complementa’ porque nunca hemos estado incompletas. Quizás lo que necesitamos, para recordárnoslo –porque dudo mucho que sea la única traumada–, son ambientes menos tóxicos y más empáticos, en los que se valore a las personas por lo que son y no por lo que tienen. 

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Foto: Istock

Por Matilda González Gil

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