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Gambetas de risas agudas

Han trabajado juntas desde las selecciones sub-17, ahora les corresponde conformar la selección mayor.

Por Diego Alarcón

28 de marzo de 2011

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Es difícil escucharlas y entender cómo logran comunicarse en la cancha con tanta armonía. Los gritos cruzan por los pasillos, y van de habitación en habitación vibrando por el suelo. Quizá la razón es simple: están acostumbradas a hablar en espacios abiertos y a grandes distancias, tal vez por eso estar en medio de la Selección Colombia de fútbol, dentro del hotel de concentración, resulta toda un prueba para los tímpanos. Son 21, unas más calladas que otras y cinco o seis que unidas bastan para dejar al silencio tendido sobre el césped, después de rotundas gambetas de risa aguda y pases de palabra entre voces que generan un altísimo volumen de ataque.

Todas recuerdan que en algún momento el fútbol era prohibido para las mujeres, cuando eran felices desafiando las tradiciones de este mundo. Y sí, en una oportunidad alguna de ellas se quitó la camisa para dar vía libre a la emoción de celebrar un gol, por una razón que los jueces del pudor nunca entenderán. Ahora ellas sonríen porque las críticas pasan sin molestarlas.

La historia se repite una y otra vez. Al fútbol llegaron muy pequeñas, porque en Colombia los pequeños todavía juegan en los barrios. Comenzaron a competir con niños cuando descubrieron el encanto de patear una pelota o vieron a padres, hermanos o abuelos corriendo en el campo, o sufrieron por algún equipo querido desde la tribuna del estadio. El fútbol siempre ha sido un territorio de hombres pero ellas decidieron conquistarlo.

Cuando la bulla, las carcajadas y los gritos se calman, estas mujeres hablan de las diferencias con los varones como si se tratara de un tema del que conversan a diario y sobre el que hay consenso: a diferencia suya, los hombres viven de jugar fútbol, pagados por equipos profesionales. Su caso es distinto, ellas juegan porque les encanta. Antes que un trabajo es un deber con el grupo y con la camiseta, como dicen, y el no recibir paga a cambio no les ha contaminado el corazón para correr por cada balón como si se tratara del último de la historia universal.

En otras palabras y para emplear sus términos, los hombres son agrandados y fanfarrones que se olvidaron de que la pureza del profesionalismo está en la entrega y no en el consuelo de pensar que la derrota sería más fácil de llevar en sus casas cómodas, en sus carros de vanguardia. “Nosotras nos arrastramos por la camiseta”, dice con un suave acento costeño Katerine Castro, una delantera a la que la encanta Lionel Messi y Leonel Álvarez también.

“Si vamos perdiendo puede que juguemos mal pero seguro el equipo rival la va a pasar mal con nuestro empuje”, quien habla es María Catalina Usme, una de las líderes del grupo. Mientras se ríe nerviosa relata que a los jugadores prefiere no acercárseles, desde que uno de ellos, uno de largo recorrido en el fútbol colombiano y paso por la Selección Colombia, la rechazó en un aeropuerto: no tenía tiempo para tomarse una fotografía a su lado. “Un hombre agrandado. Y ahora que lo pienso, no era tan buen jugador”.

Del grupo, la mayoría son jóvenes que vienen trabajando juntas desde las selecciones sub-17, que se conocen muy bien dentro y fuera de la cancha y a quienes ahora les corresponde conformar la selección mayor. Se ríen, no están acostumbradas a posar en tacones y mucho menos para una revista. Piden los guayos a gritos porque así se sienten más cómodas, pero de todos modos sonríen para la cámara. Posan y caminan con cuidado, no quieren que un mal paso les impida entrenar al día siguiente.

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