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Julián Alberto Medina, el sabio pescador de Tolú

«Hacemos reuniones periódicas y evaluamos el trabajo. Hablamos de la importancia de no arrojar basura al mar, de no capturar peces pequeños. Si los capturan, deben devolverlos vivos al mar para que se reproduzcan. Hay que preservar las especies, ya todos son más conscientes de eso.»

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Por Dora Glottman Giraldo
08 de abril de 2015
Julián Alberto Medina, el sabio pescador de Tolú
Julián Alberto Medina, el sabio pescador de Tolú

Julián Alberto Medina, el sabio pescador de Tolú

Desde el amanecer, el golfo de Morrosquillo pertenece a los pescadores. Mucho antes de que salga el sol, se agrupan en torno a sus canoas de madera, pintadas con colores alegres que disimulan los muchos años que algunas llevan en el mar. El cielo y el mar son de un solo color, un azul muy claro, casi transparente, que no permite distinguir el horizonte. El pequeño pueblo, Tolú, aún duerme. Son pocas las luces amarillentas encendidas mientras los pescadores se suben silenciosamente a sus barcas para almacenar las sardinas que les servirán de carnada. A medida que va saliendo el sol, los pescadores, ya con su carnada, se van alejando de la costa. Se despierta Tolú y ya no hay rastro de los precarios navíos que regresarán cuando llegue la hora de preparar el almuerzo. 

 

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Julián Alberto Medina es uno de ellos; pero no es pescador por mera necesidad. En su caso fue una elección de vida. A los cinco años aprendió a pescar del mejor de todos: Juan de Dios Medina, su papá, quien a tan corta edad lo llevaba al mar desde el amanecer. Según Medina, su padre le enseñó mucho más que a pescar durante esas largas horas solos en su canoa. «Él me inculcaba sus valores. Me enseñaba la importancia de preservar. Era un tipo muy aguerrido. Entonces le estoy siguiendo las aguas a él, le estoy siguiendo la corriente, como decimos acá». Juan de Dios era un convencido de que si se pescaban peces jóvenes, no se alcanzaban a reproducir, lo cual afectaría no solo la supervivencia de la especie, sino también la del pescador. Cuenta su hijo que más una vez prefirió regresar a la costa con las manos vacías, antes que sacar del mar un pez joven.

Pero Juan de Dios no quería que Julián Alberto fuera pescador. Soñaba con que él y sus diez hermanos fueran profesionales, con que fueran más educados y acaudalados que sus padres. Se esforzó mucho para poder pagar la educación de sus hijos. Julián Alberto estudió Administración de empresas en Cartagena y alcanzó a ejercer su profesión antes de que su padre muriera. Pero cada vez que regresaba a Tolú, era evidente el deterioro de su padre y el mar. La sobrepesca, la contaminación, los derrames de crudo y la ignorancia de los pescadores estaban acabando con la pesca artesanal de la que vive esta comunidad. Juan de Dios se quejaba de la falta de respeto hacia los peces y el medio ambiente. La pesca ya no era como la de antes.

Murió Juan de Dios y a Julián Alberto le cambió la vida. La ausencia de su padre solo hizo que su mensaje se escuchara más fuerte en su corazón. Tan fuerte que un día dejó su trabajo en Cartagena y regreso a Tolú con una misión. Julián se dedica a educar a los pescadores sobre el cuidado que deben tener con las especies que pescan. «Yo los convoco. Hacemos reuniones periódicas y evaluamos el trabajo. Hablamos de la importancia de no arrojar basura al mar, de no capturar peces pequeños. Si los capturan, deben devolverlos vivos al mar para que se reproduzcan. Hay que preservar las especies, ya todos son más conscientes de eso».

 

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Julián Alberto reúne semanalmente a los pescadores de Tolú y no solo los educa. Les enseña sobre sus derechos, sobre el medio ambiente y sobre cómo hacer que su pesca artesanal sea más eficiente. Al igual que su padre, enseña por medio de ejemplo. En esas madrugadas en Tolú, su canoa es la primera en el agua y, en medio del silencio del alba, su voz es la única que se escucha: el llamado para respetar los ciclos del mar. Los toludeños lo escuchan atentos… al fin y al cabo se trata de un hombre educado pero, sobre todo, del hijo de Juan de Dios Medina, el pescador arraigado que supo enseñarle a su hijo a pescar.  

Por Dora Glottman Giraldo

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