Kathy Saenz fluye y se transforma

Esta mujer no para. Entre la grabación de dos series de televisión, una película, sus tres hijos y su esposo, Sebastián Martínez, anda con la vida al 100%
Kathy Saenz fluye y se transforma

A primera oída, los nombres despistan: Shenoah, Alana y Amador. A segunda oída, uno ya sabe que la actriz Kathy Sáenz, antes que bella, antes que actriz, es una madre, y que sus dos hijas (de cinco y cuatro) y su hijo menor (un año y seis meses) le cambiaron y definieron la vida. A tercera oída, cuando uno la tiene en frente, y ella habla sin parar y sin tapujos, uno se entera de que Shenoah, Alana y Amador son, además , los nombres de su vida, tres palabras que resumen todo lo que fue y es, pues Shenoah es una búsqueda; Alana una pérdida y Amador un encuentro.

Shenoah

La historia comienza con una niña pequeña. La menor de ocho hermanos, nacida en 1974, la consentida irrevocable de su papá. Kathy Sáenz nace entre bellezas, y por eso no se sabe bella: tiene tres años cuando su hermana Shirley es coronada reina nacional; tiene ocho cuando su hermana Julie Pauline se lleva el mismo título.

Las dos reinas Sáenz eran clásicamente hermosas: de rasgos finos y redondos, piel clara. La hermanita menor, en cambio, no contaba con esas gracias. Vaya uno a saber en qué misterioso momento de su historia genética, salió con la piel trigueña y trazos de oriente, irrevocablemente aindiados. Rasgos únicos, rebeldes; su belleza, poco obvia.

Sin embargo, asegura que nunca le preocupó ser linda. Porque ella flota por la vida. No se afana. Le va llegando todo, como si fueran regalos.

-Cuándo niña, ¿Qué querías ser cuando grande?

Se ríe. “Yo nunca tuve planes, ¿sabes? Yo siempre fui pues… como… ‘lo que me pongan’. Siempre iba haciendo lo que me iba llegando, y lo hacía bien”. Así habla ella. Un como y un pues entre cada frase. En lugar de fiesta, pachanga; en lugar de problemas, pedos . La auténtica rola hecha mujer en la Bogotá de los noventa.

Una rola a la que la vida se le va armando por el camino. Nunca supo a ciencia cierta qué estudiar. Le apostó a la literatura, por puro olfato, pero no funcionó. Luego mercadeo, no funcionó. En esas la llamaron, a comienzos de los noventa, para que siguiera la tradición familiar en Cartagena. Llegó a ser virreina durante el reinado de Paula Andrea Betancourt.

Entonces, la niña de papá, la súperprotegida, la única a la que nunca le aceptaron los novios, se rebeló. Se fue de la casa. Le dio el sí a la vida, a la fama y la pachanga, a Víctor Mallarino, con quien duró un año de casada y a una larga lista de ofertas como modelo y actriz, que hasta el sol de hoy no le faltan.

Y entre viaje y viaje, se le cruzó un novio, y con el novio, Chile, y con Chile, el renacer de una “conexión muy loca” que dice tener desde niña con los pueblos aborígenes americanos. Por eso arrancó al sur, a cientos de kilómetros de Santiago, y durante dos meses se internó en la Comunidad del Cóndor Blanco, “mix de ecoturismo, aventura y crecimiento personal” –se lee en su página web– donde conoció las enseñanzas del escritor Suryavan Solar, “un chamán” gracias al cual comenzó su despertar “espiritual”. Y Kathy hace el gesto de las comillas con las manos cuando dice espiritual. Y se ríe.

Años después, su primera hija sería bautizada con un nombre que trae recuerdos de esos tiempos. Shanoah, paloma blanca en la lengua de los indígenas Dakota, territorio norteamericano que no ha podido (aunque lo anhela) visitar.

Alana

Hay un lugar que Kathy Sáenz ha visitado recurrentemente durante la última década. En él hay un hombre que la escucha, le ayuda a resolver sus pedos. También hay un cuadro grande en el que aparece un anciano de barba y turbante blancos. El hombre es Luis Fernando Leal, su terapeuta. El anciano es Sant Ajaib Singh Ji (Sant Ji), maestro yogui, fallecido en 1997.

Al consultorio del doctor Leal llegó en un momento difícil y salió con su vida transformada. Los últimos años no habían sido fáciles. Con 22 años, cuando buscaba estudiar dirección de cine en España, fue señalada por pertenecer presuntamente a una red de lavado de dólares. Lo explicó y salió bien librada: ella y su grupo de amigos no tenían idea. Había sido su compañero de piso, a sus espaldas. Al final el hombre pagó dos años de cárcel en Colombia y se suicidó al tiempo. Sáenz tuvo que soportar muchas veces la insubsanable mala prensa con la que vienen este tipo de incidentes.

Luego vinieron mejores meses. A su regreso de España le salieron muy buenos contratos. Pero entonces llegó la muerte, por primera vez, a su vida. Y se llevó –siendo Sáenz una mujer reservada, de pocos confidentes– a su hermano del alma, a su mejor amigo: Alan Rausch.

Así, profundamente adolorida, sin entender la muerte, hablándole a los idos en la noche, así llegó Kathy al consultorio del doctor Leal y así también se fue un rato para Francia, con su compañero Sammy Bessudo. De su fuga a Europa nació la determinación de tener hijos (y con ella el adiós a la rumba) y con su llegada a la terapia comenzaría a procesar la pérdida y acercarse a Dios: “Comprendí que uno no se muere, que uno perdura, fue una magia que me acercó a ese tema tan duro”, recuerda.

En honor a su viejo amigo, ese dolor que la hizo transformar, bautizó a su segunda hija. Le puso Alana, que es también un nombre celta que significa: pacífica.

Amador

Es medio día. Es agosto. Su hijo Amador entra hoy al jardín. Su esposo, el actor Sebastián Martínez, quiere llevarlo, a como dé lugar. Horas antes han puesto una bomba en Bogotá. Kathy está radiante. Come fresas.

La historia con Sebastián Martínez es ya un clásico de la chismografía criolla. Se conocieron hace cinco años grabando la novela Juegos Prohibidos. Él tenía 22; ella nueve años más. Se enamoraron. Saenz dejó a Sammy Bessudo, compañero y padre de sus dos hijas. Desde entonces están juntos. Llevan cinco años. Un año y medio de casados.

-¿De verdad me vas a decir que no ha sido difícil mantener esta relación?-

-Yo no sé… es que te juro que yo no he tenido en mi vida esos paradigmas. La gente sí estaba preocupada, en su video. Pero yo me enamoré de la persona que es Sebastián, del ser que hay ahí, tuviera 20, 24, 30…

Para ella todo es sencillo. Todo pasa, sin mayores explicaciones, sin mayores rodeos. Un día, sabiendo que estaba embarazada de Martínez y mientras tendía la cama, el nombre Amador se le metió en los pensamientos. Le tomó meses convencer a su esposo de aceptar el nombre. Hasta que un día pasó. Así se llama el pequeño de un año y medio que les tiene ocupadas las tardes. Amador, que no tiene traducciones. Así de sencillo, sin mayores rodeos.

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