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La alta costura en París

Por Redacción Cromos

08 de agosto de 2014

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Visitar el Museo Palais Galliera, en París, con su monumental fachada de columnas, escaleras de piedra y sus bellos jardines que dan a la avenida del Presidente Wilson, es ideal si se quiere revivir los inicios de la alta costura.

Como consecuencia de la Depresión de 1929, nombres como Frederic Worth, Jaques Heim, Paul Poiret, Gabrielle Chanel, Elsa Schiaparelli, Jaques Fath, Jeanne Lanvin y Cristóbal Balenciaga, vivieron el cambio radical de una época que venía radiante y llena de excesos (la Belle Epoque), y pasó a la austeridad, la tristeza y la depresión de los tiempos de guerra. Una mujer soldado, vestida en colores sombríos y cortes masculinos con telas baratas y sin caída.
Terminada la guerra, en 1947, el diseñador y artesano Christian Dior lanzó su primera colección de alta costura, y le dio al mundo de la moda una nueva esperanza. Dior presentó estampados alegres, florales y de rayas, cortes amplios, faldas «corolle» voluminosas, corpiños entallados, cintura de avispa, caderas redondeadas, hombreras, largos hasta el tobillo y la emblemática chaqueta Bar, inmortal hasta nuestros días. Desde Nueva York, la editora de moda de la revista Harpers Bazaar bautizó esta colección, generosa en sus cortes y formas, con el nombre de «New Look». Zapatos puntudos complementaron el tafetán de los drapeados, los vestidos de coctel amplios bordados a mano, con incrustaciones en encaje y cristales en todos los tamaños.
Al mismo tiempo, nació una moda desenfadada, relajada, con pantalones corsario, jeans y suéteres de cuello de tortuga que veríamos en las divas de la época como Brigitte Bardot, Marilyn y Grace Kelly.
Los años siguientes al New Look fueron cruciales. En 1954, después de más de veinte años de retiro, regresó a los 71 años mademoiselle Chanel, con su sastre recto y estricto y el renacimiento de su vestidito negro, sine qua non de la elegancia femenina. La moda minimalista. Balenciaga hizo lo propio con sus sastres de línea evasé, con las amplias hombreras, las mangas trompeta y las líneas rectas.
En 1950 nació la Asociación de Costureros Asociados. Jaques Fath, Robert Piquet, Paquin, Carven y Jean Desses fundaron la primera asociación francesa del Prêt-è-porter. Francia vivió su época de oro en esa primera década de la posguerra. La muerte de Dior, en 1957, y el nombramiento del delfín, su sucesor y mano derecha hasta entonces, Yves Saint Laurent, de 21 años de edad, abrió una nueva etapa. Llegaban los sesenta con Courreges y la minifalda, las botas y chaquetas en plástico corrugado y brillante. Pierre Cardin y sus sombreros como cascos tiesos y vestidos con agujeros y colores vivos muy futuristas. Paco Rabanne y sus trajes con placas de metal como armaduras modernas llenas de cadenas, y un Saint Laurent rebelde e independiente abriendo, en el lado izquierdo del Sena, La Rive Gauche.
Hoy vemos reaparecer la historia con sus protagonistas, que no dejan de mirar atrás hacia sus mentores. Lo vimos en las colecciones de la alta costura 2014-15 con Raf Simons, el belga que sucedió a Galliano en Dior y que lleva varios años posicionando la marca con la permanente nostalgia del Dieu Or, el dios de oro, como lo bautizó Jean Cocteau en sus días de gloria.
Es imposible ver hoy colecciones que no traigan el peso del pasado. Como lo dijo muy bien la diseñadora inglesa Vivienne WestWood: «Es imposible crear hacia el futuro sin mirar hacia atrás». También lo vimos en la colección para Chanel de Karl Lagerfeld, en el Gran Palais, un homenaje permanente a Coco Chanel, a sus icónicas perlas y los calzones de la revolución francesa, o bicicleteros del siglo XXI, debajo de cada sastre en tweed. Diseñadores como Jean Paul Gaultier, Pierre Cardin, Thierry Mugler invocan permanentemente la historia.
Pero París sigue siendo París, donde el savoir faire de sus creadores con materiales iconoclastas, piezas excepcionales, costuras y terminados impecables, siempre genera una especie de culto religioso alrededor de sus creaciones.

Como consecuencia de la Depresión de 1929, nombres como Frederic Worth, Jaques Heim, Paul Poiret, Gabrielle Chanel, Elsa Schiaparelli, Jaques Fath, Jeanne Lanvin y Cristóbal Balenciaga, vivieron el cambio radical de una época que venía radiante y llena de excesos (la Belle Epoque), y pasó a la austeridad, la tristeza y la depresión de los tiempos de guerra. Una mujer soldado, vestida en colores sombríos y cortes masculinos con telas baratas y sin caída.

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Terminada la guerra, en 1947, el diseñador y artesano Christian Dior lanzó su primera colección de alta costura, y le dio al mundo de la moda una nueva esperanza. Dior presentó estampados alegres, florales y de rayas, cortes amplios, faldas «corolle» voluminosas, corpiños entallados, cintura de avispa, caderas redondeadas, hombreras, largos hasta el tobillo y la emblemática chaqueta Bar, inmortal hasta nuestros días. Desde Nueva York, la editora de moda de la revista Harpers Bazaar bautizó esta colección, generosa en sus cortes y formas, con el nombre de «New Look». Zapatos puntudos complementaron el tafetán de los drapeados, los vestidos de coctel amplios bordados a mano, con incrustaciones en encaje y cristales en todos los tamaños.

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Al mismo tiempo, nació una moda desenfadada, relajada, con pantalones corsario, jeans y suéteres de cuello de tortuga que veríamos en las divas de la época como Brigitte Bardot, Marilyn y Grace Kelly.

Los años siguientes al New Look fueron cruciales. En 1954, después de más de veinte años de retiro, regresó a los 71 años mademoiselle Chanel, con su sastre recto y estricto y el renacimiento de su vestidito negro, sine qua non de la elegancia femenina. La moda minimalista. Balenciaga hizo lo propio con sus sastres de línea evasé, con las amplias hombreras, las mangas trompeta y las líneas rectas.

En 1950 nació la Asociación de Costureros Asociados. Jaques Fath, Robert Piquet, Paquin, Carven y Jean Desses fundaron la primera asociación francesa del Prêt-è-porter. Francia vivió su época de oro en esa primera década de la posguerra. La muerte de Dior, en 1957, y el nombramiento del delfín, su sucesor y mano derecha hasta entonces, Yves Saint Laurent, de 21 años de edad, abrió una nueva etapa. Llegaban los sesenta con Courreges y la minifalda, las botas y chaquetas en plástico corrugado y brillante. Pierre Cardin y sus sombreros como cascos tiesos y vestidos con agujeros y colores vivos muy futuristas. Paco Rabanne y sus trajes con placas de metal como armaduras modernas llenas de cadenas, y un Saint Laurent rebelde e independiente abriendo, en el lado izquierdo del Sena, La Rive Gauche.

Hoy vemos reaparecer la historia con sus protagonistas, que no dejan de mirar atrás hacia sus mentores. Lo vimos en las colecciones de la alta costura 2014-15 con Raf Simons, el belga que sucedió a Galliano en Dior y que lleva varios años posicionando la marca con la permanente nostalgia del Dieu Or, el dios de oro, como lo bautizó Jean Cocteau en sus días de gloria.

Es imposible ver hoy colecciones que no traigan el peso del pasado. Como lo dijo muy bien la diseñadora inglesa Vivienne WestWood: «Es imposible crear hacia el futuro sin mirar hacia atrás». También lo vimos en la colección para Chanel de Karl Lagerfeld, en el Gran Palais, un homenaje permanente a Coco Chanel, a sus icónicas perlas y los calzones de la revolución francesa, o bicicleteros del siglo XXI, debajo de cada sastre en tweed. Diseñadores como Jean Paul Gaultier, Pierre Cardin, Thierry Mugler invocan permanentemente la historia.

Pero París sigue siendo París, donde el savoir faire de sus creadores con materiales iconoclastas, piezas excepcionales, costuras y terminados impecables, siempre genera una especie de culto religioso alrededor de sus creaciones.

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