Fotos: Daniel Álvarez.
Mamá Minda cuenta hasta tres y Julia deja escapar el aire entre risas atropelladas. Que es una niña, que viene de lado, que el embarazo es de alto riesgo porque Julia tiene 14 años. Uno. Dos. Tres. Más aire. Más risas. El vientre tenso y brillante. Enorme. Para parir, aún le quedan tres semanas, pero si la niña no se gira hoy, tendrá que nacer por cesárea. Que estás nerviosa, muchacha. Que te relajes porque ella te siente. Que cierres los ojos y te conectes con el de arriba, que le hables a él y no pienses en nada. Las manos de Minda masajean por debajo del ombligo. Cautas y respetuosas. Se mueven en círculos y alrededor. Uno… El pecho se levanta. Dos… el estómago se infla. Tres… el aire sale en un soplo sin pausa y algo empuja desde las entrañas de Julia.
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Ya está.
Esa misma noche, los ojos verdes de mamá Minda me atraviesan en su nicho de consultas. Y ahora, mi niña, háblame tú, que las hierbas curan, pero no adivinan. Me pierdo en explicaciones no pedidas. Hablo de creer y no creer. De alergias y de dolores de cabeza.
Entonces, me callo y me acomodo en el ridículo que deja el escepticismo sin razones.
Y es que partear no es solo traer niños al mundo. Partear es saber que en la mujer hay suficiente fuerza para inducir la vida y velar por ella. Que la Orisha Yemayá nació con la Luna y es la madre protectora de todo lo creado. Que la virginidad no es más que un himen que se rompe. Partear es saber que un hervido de calabacitos biches y aceite de almendras cura los tumores. Que en el bebedizo que sirve para todo hay viche de caña y veinticinco hierbas maceradas. Que a los hombres hay que amarlos y ayudarlos a entender. Partear es saber cantar: Duérmete mi niño que estás en la cuna, que no hay mazamorra ni leche ninguna. Duérmete mi niño que estás en la hamaca, que no hay mazamorra ni leche de vaca.
Una guía
Cada partera tiene una especialidad diferente. Unas son más pacientes, a la hora de lidiar con las mamás primerizas.
Pero partear, además, es organizarse para que el saber no muera. Es pensar en estatutos, en reuniones, en actas. Es lidiar con abogados, gobernadores y, sobre todo, insistir. Estrellarse contra el sistema de salud y ahogarse en impotencia. Caminar, corregir, borrar. No rendirse y comenzar una y otra vez.
—La gente me tildaba de loca, dice Minda. Imagínese usted, yo corriendo con mis papeles debajo del brazo para organizar unas parteras.
El 3 de mayo de 1991, la Asociación de Parteras Unidas del Pacífico (Asoparupa) quedó conformada ante la Cámara de Comercio y Rosmilda Quiñones, Minda, se convirtió legalmente en su representante. De eso van ya 29 años y dos generaciones. Cuarenta parteras activas, 256 registradas en Buenaventura y casi 1.600 entre Nariño, Valle, Cauca y Chocó. Van a charlas en Brasil, México, Ecuador, Venezuela y Estados Unidos. Menciones de honor que llegan de todas partes y la inclusión de su hacer en el patrimonio cultural colombiano. De ese 3 de mayo quedan las huellas de José Emir, María Rosa y Veneciana recién nacidos. Los bebedizos que prepararon para sus mamás y las oraciones que los protegen todos los días. Queda la memoria, queda el orgullo. Queda la fuerza de la madre Tierra.
Partear es enseñar y ser aprendiz toda la vida. Saber que un parto es una alegría. Que en la barriga, los niños brincan desde el principio y las niñas, desde los cuatro meses. Que cuando una mujer se embaraza se embaraza toda la familia. Es curar el pasmo y el mal de aire. Tratar los cólicos con prontoalivio y el cáncer con anamú y venturosa amarilla. Es trabajar sin paga porque la partería es de la comunidad y no de las parteras. Cantar arrullos, cuidar los niños. Mediar en la guerra y sanar el alma de quien la lleva a cuestas. Partear es servir, es creer. Es seguir insistiendo.
El nicho. Este es el nicho de Martina. Un espacio sagrado, donde las mamás llegan a celebrar la fiesta que es dar vida.
Los contrastes. "El ombligo se corta con tijeras, porque a la medicina de los hospitales hay que reconocerles las cosas buenas", Melliza.
Martina
Lo de Martina son las hierbas. Lo dice ella y lo dicen todos. Guayaba, ortiga y lenteja para curar la anemia. Matarratón para la fiebre. Destrancadera y hoja de la virgen para el parto. Tomas para los que no pueden tener hijos. Botellas para el mal de ojo. Lo de Martina son las hierbas y son los males. Rezos para los ojeados y baños para los ojeadores. Curas para el mal de espanto.
—Al que queda ‘ojijo’ le duele todo, me dice, y cuando uno lo mide siempre tiene un lado más largo que el otro. Le sobresalen los dedos cuando junta los pies o las manos. El espanto es otra cosa, es un espíritu que hay que sacar porque ese mata. Si suena un ruido y usted brinca, tiene espanto. Si le da angustia por cualquier cosa, la espantaron, mija. A mí me pasó una vez. Estaba flaca y sin alientos. Ya me iba muriendo cuando me hicieron los rezos. Nunca supe quién fue, uno no se da cuenta. Pero el que tiene ojos ojeadores siempre sabe cuando echa el mal.
Lo de Martina son las hierbas, son los males y son los partos. Comenzó parteando en Bocas de Satinga, un municipio en el norte de Nariño que el río Sanquianga se traga desde hace más de veinte años. El suyo es uno de esos saberes heredados, que se aprenden de la mamá y se enseñan a las nietas. Un instinto con el que se nace. Un talento que tienen pocos. A Buenaventura llegó huyéndole al agua del río. A sus arremetidas furiosas que se lo llevaban todo. Su esposo se hizo celador y ella siguió parteando.
—Sacaba hasta cuatro muchachos en un solo día. Por la mañanita, a las doce, por la tarde y por la noche. Venían a buscarme de todas partes. Del Alberto Lleras, de Matia Mulumba. No le digo mentiras, cuando llegaba a la casa, llegaba boca abajo. Todas querían conmigo. A las nietas y a las bisnietas también las saqué yo. Es que aquí donde me ve tengo 70 años y casi soy tatarabuela, la mujercita de la primera ya esta bien grande. Ninguna se me enfermó. A la hija que vive en Bogotá le habían mandado cesárea. Me llamó llorando: “Mamá, me quieren dañar la barriga”. Llevé mis hierbas y me eché la bendición. Con el favor de Dios ese niño sale. Y ahí está, tremendo muchacho que es.
Lo de Martina son las hierbas, son los males, son los partos, pero no las cuentas. De la primera vez que trajo un niño al mundo ya no se acuerda. Unas veces dice que fue a los 15, otras, que era muy niña y no cumplía los 12. Cuando pregunto cuántos lleva ya, ni siquiera lo intenta.
—¡Es que han sido tantos que la cuenta la tengo perdida!
De una barriga recostada a la izquierda nace un varón. si es niña, la consulta es más barata porque a las mujeres les toca más duro en la vida.
Liceth
“Me llamo Liceth Quiñones y parí en un orgasmo. Como está dicho por la madre Tierra, como debe ser. Como era antes de que llegara el machismo y nos tragara la guerra. De que nos llenáramos de miedos y nos perdiéramos por el camino. 'Con dolor parirá los hijos, tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos', dice la Biblia. No te voy a mentir: duele. Duele como un carajo. Pero es un paso. Uno corto y sin importancia. Y es que un parto es una fiesta. Por eso arreglas la casa, por eso te pones bella. Por eso está tu mamá, tu familia y el hombre que amas.
“Tengo 29 años y te hablo sin tapujos. Ya te irás enterando de la famita que tengo. Las mujeres podemos mover el mundo con las piernas. No digo ¡ataquemos al hombre! Solo digo que no le entreguemos todo. Por eso hay que disfrutarnos, somos las únicas con un órgano sexual que no es reproductivo. Te estoy hablando del bendito clítoris, porque dime tú si no es bendito. Nos identificamos con la tierra, con las plantas, con la sangre y con nosotras mismas. Es un poder muy grande, uno que nos han quitado y que hay que traer de vuelta para vivir en paz. Hay que zafarse, hay que creerse, hay que soltar. Sobre todo eso. Soltar.
“Soy hija de mamá Minda. De ella saqué la estampa y la partería. Comencé viéndola. Minda que salía a un parto y yo que me le iba detrás. Un día, llegaron a la casa preguntando por ella y como no estaba, me fui sola. ¡Qué regaño que me llevé! Pero el niño nació sano, la mamá estaba bien y yo había resuelto hacerme partera. Empecé por donde creímos que se empezaba. Por estudiar Enfermería en Bogotá. ¡Qué estrellón! Me decían calentana porque andaba en sandalias, se burlaban de mi acento y los profesores querían cambiarme las materias por cama.
“Lo peor de todo fue el ego. Cada vez que volvía a mi casa traía la cabeza en las nubes. Llegaba creyendo que sabía más. ¡Qué grosería! Yo pensándome mejor que quienes me han enseñado todo. Pasaron dos años y hasta ahí llegué. Me devolví a Buenaventura y mi mamá me mandó a vivir en zona rural. Entonces, comencé a entender. Me levantaba a las tres de la mañana para escuchar el silencio. Conocí las plantas y caminé la tierra. Sentí miedo, sentí rabia. Sané y me deshice de todo eso que me había dejado Bogotá.
“Me fui a estudiar a una escuela de parteras indígenas en Cuernavaca, México, y entendí que la partería es un don universal; que nosotras, en el Pacífico, no estamos solas. Aprendí de las nawal, de las mayas. De unos hombres parteros en Perú y de una maestra chamánica, en Brasil. Parto en agua, parto espiritual, recibimiento humanizado y medicina tradicional. Pero las lecciones más grandes me las dio mi embarazo. Miguel nació en casa, lo recibió su abuela y lo tuve en un orgasmo. Miguel nació como hay que nacer.
“De eso hace 22 años. Asoparupa ya existía y mi mamá andaba persiguiendo un proyecto de ley. Venían médicos de hospitales a darnos capacitaciones. Ellos hablando desde sus gráficas y las parteras durmiendo. Ya nadie atendía parto en cuclillas, ya nadie amarraba con hilo el cordón umbilical para cortarlo. Todo eran fonendoscopios, tensiómetros y pinzas. Nos hablaban de ‘parto limpio’, como si el nuestro fuera sucio. Nos querían imponer lo suyo, como si lo ancestral no valiera.
“Le dije a mi mamá: 'nos estamos extinguiendo'. Paramos. Le cerramos la puerta a todo el mundo y replanteamos Asoparupa. Comenzamos a capacitarnos entre nosotras. Si la Reyes es la mejor sacando el frío de los dolores intensos, la Chembé es la mejor con primerizas bajas de hueso. Todas enseñamos, de todas aprendemos. Fueron años difíciles, no voy a decir que no. Dudamos, nos caímos, nos endeudamos con los bancos. Pero al final dimos con los nichos y nos inventamos un sistema propio”.
Y es que un nicho es un espacio de fe, un consultorio tradicional. Una cama y un jardín para cultivar las plantas. Es un pendón y un registro. Qué tenía, cómo llegó, qué le recomendamos. Un nicho es mamá Apolonia, Mamá Cilia, Mamá Minda. Cuarenta parteras que se encuentran los sábados para compartir lo que saben. Que cuidan a sus nietos y atienden a sus hijos. Que lavan ropa y venden gallinas. Un nicho es una mujer.
Liceth (izquierda)
Se fue a Bogotá a estudiar Enfermería, pero en realidad aprendió de las nawal, de las mayas, de unos hombres parteros en Perú y de una maestra chamánica, en Brasil.
Melliza
Melliza es la aprendiz de su abuela Brígida. Sabe que una embarazada no puede hacer remiendos ni trenzarse el pelo porque el niño se tranca. Que de una barriga recostada a la izquierda nace un varón y que si es niña la consulta se cobra más barata porque a las mujeres les toca más duro en la vida. Melliza tiene 12 años y todos le dicen que aprende de una de las mejores. Que Mamá Brígida está parteando desde hace medio siglo y que nadie tiene tanta paciencia con las primerizas.
Melliza contesta el teléfono, lleva recados y hace mandados. Viene de una familia de curanderos que empieza mucho antes de su abuela. De sabios que entendían de pasmos, de espantos y picaduras de culebra. De hombres y mujeres que leían el tabaco, el naipe y las piedras del río.
Melliza sabe que el agua de manzanilla se cuece, se tapa y se cierne con trapos limpios. Que se embotella y se tiene lista para ahorrarles infecciones a las parturientas. Que sin aceite en las manos no se puede partear y que, después de que sale el niño, la matriz se limpia con agua de galve. Melliza sabe porque le enseña su abuela. Una partera vieja de Anchicayá que recibe hasta cinco recién nacidos por semana. Que se levanta a las 4:00 de la mañana y se duerme a las 11:00 de la noche. Que adoptó tres enfermas a las que cuida con devoción.
Melliza busca jeringas y peras para lavados. Sabe que al bebé hay que limpiarlo con trapos húmedos cuando nace, pero nunca bañarlo porque crece con apegos. Que el baño viene después, en un hervido tibio de acedera, yasmandé y gotitas de alcohol. Melliza vive con su abuela porque su mamá está volando, porque se fue un día y no sabe bien si va a volver.
Melliza sabe que la plata es poca. Que hay que pagar energía y que todo es caro. Que el bus pasa lejos y que en las noches, de su casa, solo se sale caminado. Sabe que el ombligo se corta con tijeras, porque a la medicina de los hospitales hay que reconocerles las cosas buenas, que el bebedizo de pipilongo alivia los males del hombre y que un pringue de aguacate quita los dolores del parto.
Y es que Melliza sabe, me lo dijo su abuela hinchándose de orgullo.