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¿La caballerosidad es afrodisíaca?

Una buena dosis de miradas y sonrisas, no es suficiente para encontrar el amor.

Por Martín Tournier

17 de junio de 2016

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Hay de cierto en este dicho popular, que flota hace años de boca en boca y que, en una de sus versiones menos normativa, presume que para las mujeres la caballerosidad irreflexiva no es del todo afrodisiaca.

En otras palabras: a las chicas les gustan las cochinadas; que les hablen, las aborden y las miren como putas, en su justa dosis y en el momento adecuado. Ya hemos discurrido en este espacio acerca de la incuestionable ventaja que, a la hora de seducir, tienen los hombres de comportamientos dominantes, machos alfa que no se arrodillan y que, al contrario, se aprovechan de esa extraña y paradójica condición femenina según la cual entre mejor las traten menos atención prestan.

Yo intuyo que son esos mismos mecanismos los que se disparan cada vez que les digo a ustedes cochinadas –en la cama, por supuesto, aunque esto es lo más obvio, y en la calle–. Decirle cochinadas a una mujer es un arte tan complejo como el del banderillero o el francotirador. Se necesita agudeza para identificar el momento oportuno, rapidez para ejecutar y recursividad en el procedimiento. Una mínima falla en alguna de estas dimensiones y una sonrisa se convertirá al instante en un bofetón.

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Ser cochino tiene su ciencia. No se puede caer en el lugar común ni en la grosería descarnada. La cochinada perfecta se suelta una y solo una vez, es irrepetible, como una flor que se arranca y se entrega. Y debe ocurrir frente a unos pocos que entiendan el gesto de sucio galanteo.

¿Cómo sabe un seductor si maneja el arte de hablar cochinamente? Basta con mirarlas de reojo y disfrutar, si es el caso, ese delicioso sonrojar que no pueden contener cuando les dices eso que, en otro contexto, te hubiera costado un doloroso moretón.

 

Foto: Istock.

Por Martín Tournier

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