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La deshonesta infidelidad

Una reflexión personal sobre la infidelidad. Nos lleva a terrenos como la deslealtad, la exclusividad sexual y la ética. ¿Estamos todos a salvo?

Por Redacción Cromos

02 de marzo de 2015

Foto: Latinstock

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Por: Juanita Kremer

Soy una víctima de la infidelidad. Tengo en mi mente un recuerdo del que no me puedo zafar. Era una niña cuando recorría una de las calles de Buga (Valle) cuando me encontré, de frente, con mi papá besando a una mujer que, para mi sorpresa, no era mi mamá. La pareja, que para mi parecía de otro planeta, pues la imagen de mi papá no coincidía con la de este señor, que además sujetaba la mano de una desconocida, se quedó grabada en mi memoria para siempre. De hecho, es de los pocos recuerdos que tengo de mi infancia.

Tiempo después mi papá me afirmó que lo que yo había visto podía resultar más bien un espejismo y que la escena imborrable era falsa, que no había existido. Mi papá podía asegurarlo con toda la certeza, pero mis ojos no me engañaban.

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Hoy pienso que si él me hubiera confesado la verdad, y con toda  la madurez del caso me hubiera sometido a unos minutos de esa realidad que pudo ser incómoda, muchos aspectos de mi personalidad serían diferentes. Las parejas, especialmente las que tienen hijos, no miden las consecuencias de este acto.

La infidelidad es sinónimo de deshonestidad. La asocio, más allá de lo carnal, con una deslealtad desmedida, con una falta de respeto con la inteligencia y los sentimientos del otro. Estoy convencida del derecho que tienen  las parejas a enamorarse y a desenamorarse, pero la premisa debe ser la honestidad. Resulta mucho más práctico poner las cartas sobre la mesa, contar la verdad, lo que está sucediendo y terminar una relación y empezar una nueva vida como le plazca, sin mentiras.

Debo confesar que ese episodio vivido de niña me dejó marcada de muchas maneras. Pienso que en cualquier momento puedo ser víctima de un engaño. Es claro que los matrimonios pasan por diferentes etapas, unas difíciles, monótonas y aburridas que pueden llevar a uno de los dos a fijarse en otra persona, pero eso no significa que se  deba llevar una doble vida. Si el acuerdo al casarse o unir sus vidas, bajo cualquier rito,  fue la fidelidad debe respetarse. Si las dos partes están de acuerdo en tener una relación en la que pueden entrar y salir terceras personas para mí esta bien, pero que sea acordado con anterioridad. Esa es la infidelidad, faltar a lo que se estableció  por mutuo acuerdo desde el principio.

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Creo sinceramente que nadie esta exento a esto, el asunto está en cómo se maneja el engaño y cómo se pueda continuar con la relación, si es que sigue.

Finalmente, dejando de lado a la pareja y centrándonos en una responsabilidad que va más allá de nuestro deseo carnal y nuestros sentimientos como individuos, debemos pensar en la educación de nuestros hijos.

Si los quieren educar para el poliamor, bien, si los quieren educar para la fidelidad, está bien también, pero por favor no los eduquemos para el engaño que es tan nocivo en todo nivel.

Eso no es lo que deben ver, ni aprender y, mucho menos, perpetuar.

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Alexandra Pumarejo: Implica mentiras, deslealtad y sufrimiento (así los infieles digan que no). Si una pareja tiene problemas, debe solucionarlos y no meter a una tercera persona.

Mónica Rodríguez: Tengo mi ética y mis normas pero no estoy exenta, por eso no hay que ser tan duro. La infidelidad molesta e indigna, pero nadie se salva.

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Flavia Dos Santos: Muchos confunden exclusividad sexual con fidelidad, por eso el sexo resulta esclavo de las propias inseguridades. No se puede renunciar al deseo.

Por Redacción Cromos

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